Donald Trump parece haber descubierto un adversario contra el cual su habitual arsenal de amenazas, decretos, insultos y presión política sirve de muy poco: la memoria colectiva. Puede cambiar nombres en mapas federales, imponer aranceles, despedir funcionarios, atacar periodistas y llenar Truth Social con proclamas sobre su propia grandeza. Lo que no puede hacer es ordenar cómo deberá recordarlo la historia. Y quizá por eso le molesta tanto que, mientras él intenta colocarse a sí mismo en la cima del panteón presidencial estadounidense, las encuestas sigan otorgando a Barack Obama una valoración que Trump evidentemente quisiera para sí.
Los datos son bastante reveladores. Pew Research Center preguntó a estadounidenses cuál de los presidentes de los últimos cuarenta años había hecho el mejor trabajo. Barack Obama quedó en primer lugar con 36% como primera opción y 49% al sumar primera y segunda preferencia. Ronald Reagan obtuvo 21% como primera elección y 42% en la combinación, mientras Donald Trump registró 19% y 31%, respectivamente. No estamos hablando de una proclamación académica definitiva ni de un veredicto eterno de la historia. Estamos hablando de opinión pública. Pero precisamente por eso resulta interesante: años después de abandonar la Casa Blanca, Obama conserva una valoración retrospectiva que supera claramente a la de quien actualmente la ocupa.
Otro sondeo de CNN mostró hace apenas unos meses una imagen semejante: 57% de los encuestados tenía opinión favorable de Obama, frente a 34% de Trump. Lo interesante no era solamente la ventaja, sino la explicación señalada por analistas de la propia cadena: Obama ha mejorado con el tiempo entre votantes independientes y sectores que hoy comparan retrospectivamente su presidencia con la realidad política actual. Es un fenómeno frecuente. Los gobiernos suelen adquirir otra dimensión cuando dejan de juzgarse mediante la urgencia cotidiana y empiezan a compararse con aquello que vino después.
Obama no fue un presidente perfecto y sería absurdo presentarlo como tal. Su política exterior tuvo contradicciones, algunas promesas quedaron incumplidas, enfrentó profundas divisiones raciales y políticas, hubo decisiones discutibles en Medio Oriente y su presidencia no consiguió superar muchas de las fracturas que posteriormente explotaron con mayor fuerza. Quien pretenda convertirlo en personaje sin defectos sustituiría análisis por nostalgia. Pero justamente ahí está lo importante: con errores incluidos, el tiempo parece estar tratándolo bastante bien.
Trump, en cambio, tiene una relación peculiar con el juicio histórico. No parece dispuesto a esperar a que otros lo formulen. Hace unos días compartió una clasificación en la que él mismo aparecía como el presidente “más grande” de la historia de Estados Unidos, colocado por encima de Abraham Lincoln, George Washington y Franklin D. Roosevelt. Obama, Joe Biden y Jimmy Carter fueron enviados a la categoría de los fracasos. No se trataba de un estudio de historiadores ni de una evaluación académica que Trump estuviera citando con distancia. Compartió con entusiasmo una clasificación que lo coronaba a él mismo.
La escena es extraordinaria por aquello que revela. Todos los presidentes quieren dejar legado. Sería ingenuo pensar lo contrario. Construyen bibliotecas, publican memorias, defienden sus decisiones y esperan que el tiempo valore favorablemente su gestión.
Pero existe una diferencia entre aspirar a ser bien recordado y pretender redactar personalmente el veredicto antes de que termine la propia presidencia. Trump quiere ser juez y parte de su lugar en la historia, y no cualquier lugar: el primero, por encima de Lincoln, quien preservó la unión y abolió la esclavitud; de Washington, fundador de la república; y de Roosevelt, que condujo a Estados Unidos durante la Gran Depresión y buena parte de la Segunda Guerra Mundial. La autoestima no le falta. El problema es que la historia tiene un método considerablemente más complicado que publicar una gráfica en una red social: primero espera, después compara y finalmente juzga, a veces con enorme crueldad.
Lo ocurrido con Obama resulta especialmente incómodo para Trump porque la rivalidad entre ambos lleva años ocupando un espacio que trasciende la simple competencia partidista. Trump construyó parte de su ascenso político atacando personalmente a Obama y cuestionando incluso su lugar de nacimiento. Después convirtió prácticamente cualquier decisión del demócrata en ejemplo de aquello que aseguraba que Estados Unidos debía abandonar. Obama, por su parte, representó durante años buena parte de aquello que el movimiento trumpista rechazaba cultural y políticamente. Sin embargo, una década después, el expresidente demócrata no necesita estar todos los días explicando que fue grande. Una parte importante de los estadounidenses lo hace por él. Ésa es probablemente la diferencia que más duele. Trump necesita proclamar su grandeza; Obama puede dejar que otros la discutan.
Y los propios datos de Pew contienen detalles interesantes. Obama no solamente obtiene valoraciones elevadas entre liberales. Dentro del grupo que el centro denomina tuned-out middle, integrado por ciudadanos menos comprometidos ideológicamente, también aparece primero con 36%. Incluso entre republicanos relativamente moderados agrupados como pragmatic and polite right, Obama recibe 23% como mejor presidente reciente, mientras Trump obtiene 14%. Naturalmente, Trump domina ampliamente entre los segmentos más fieles de la derecha, pero la fotografía demuestra que la valoración de Obama se extiende más allá de quienes alguna vez fueron su base electoral natural.
Eso es particularmente relevante porque una presidencia puede alcanzar niveles extraordinarios de adhesión dentro de su propio movimiento y, sin embargo, no conseguir la misma valoración fuera de él. Trump conserva una conexión excepcionalmente intensa con una parte del electorado republicano. Esa relación explica buena parte de su extraordinaria supervivencia política y su regreso a la Casa Blanca. Pero una cosa es ser adorado por los propios y otra convertirse en figura positivamente recordada por sectores más amplios de la sociedad. Obama parece haber conseguido algo que probablemente resulta más difícil: sobrevivir políticamente al paso del tiempo sin necesitar gobernar la conversación todos los días.
Y no es solamente cuestión de personalidad. Existe una explicación histórica. Las presidencias cambian cuando se observan a distancia. Problemas que parecían insoportables en su momento pueden adquirir otra dimensión cuando se comparan con crisis posteriores. Políticas duramente criticadas terminan institucionalizándose y algunas decisiones inicialmente impopulares se vuelven parte normal del sistema. Ocurrió en buena medida con la reforma sanitaria de Obama. El llamado Obamacare estuvo cerca de convertirse en uno de los mayores costos políticos de su presidencia; años después forma parte mucho más estable del sistema estadounidense y algunas de sus disposiciones poseen considerable respaldo.
También funciona el contraste. Los ciudadanos no evalúan únicamente lo que ocurrió durante un mandato; lo comparan con aquello que vino después. La presidencia de Trump ha sido mucho más estridente, polarizante y conflictiva. Su regreso al poder profundizó ese estilo y lo acompañó de una concepción todavía más personal del Ejecutivo. El presidente interviene constantemente en asuntos culturales, institucionales y simbólicos y convierte una enorme cantidad de controversias en plebiscitos sobre sí mismo. Eso tiene una ventaja política evidente: prácticamente nadie puede ignorarlo. Pero también tiene un costo: todo termina vinculado con él. Cuando las cosas funcionan, reclama el crédito. Cuando fallan, resulta mucho más difícil escapar de la responsabilidad.
Y hoy esa factura empieza a aparecer. La encuesta Reuters/Ipsos publicada al cierre de agosto colocó la aprobación de Trump en 33%, el nivel más bajo registrado durante sus dos periodos presidenciales y el tercer sondeo consecutivo en ese punto. La preocupación se concentra particularmente en costo de vida, guerra con Irán y economía.
Un 71% de los encuestados desaprobó su manejo del costo de vida, incluido un porcentaje considerable de republicanos. Eso importa porque Trump podría intentar controlar prácticamente cualquier debate político salvo uno: el del bolsillo de los ciudadanos. Puede decir que la economía marcha extraordinariamente, culpar a la Reserva Federal, responsabilizar a otros países o señalar a administraciones anteriores, pero cuando alguien paga gasolina, alimentos, renta o una hipoteca, tiene su propia medición.
Y las elecciones intermedias están cada vez más cerca. Los demócratas muestran mayor entusiasmo electoral que los republicanos y, según Reuters/Ipsos, incluso han recuperado ventaja en la percepción sobre quién posee mejores ideas económicas, algo que durante años había favorecido claramente al Partido Republicano. Eso vuelve todavía más extraña la obsesión de Trump con su legado histórico en este momento. La historia puede esperar. Los votantes de noviembre no. El presidente parece concentrado en ser considerado el más grande mientras una parte considerable del país quiere saber qué ocurrirá con precios, empleos, guerra y seguridad económica. Hay algo profundamente revelador en esa diferencia de prioridades. Trump quiere ganar contra Washington, Lincoln, Roosevelt y Obama. Sus electores quieren ganar contra la inflación. Y quizá ahí se encuentre uno de los principales problemas políticos de su segunda presidencia.
La preocupación por el legado no es nueva. Todos los gobernantes que saben que su tiempo en el poder es limitado empiezan eventualmente a preguntarse cómo serán recordados. El segundo mandato de un presidente estadounidense acelera inevitablemente ese proceso porque no existe una reelección posterior que perseguir. El reloj político cambia y cada decisión empieza a verse también desde la perspectiva del lugar histórico. Pero existe una paradoja: cuanto más intenta un presidente imponer su propia grandeza, más insegura parece esa grandeza. Lincoln nunca tuvo que llamarse a sí mismo el mejor presidente de la historia. Washington tampoco. Roosevelt no necesitó colocar su nombre por encima del de sus antecesores en una tabla autopublicada. La historia hizo ese trabajo, y puede modificarlo nuevamente, precisamente porque ningún ranking es eterno.
Las reputaciones presidenciales cambian durante décadas. Harry Truman salió de la Casa Blanca con niveles de aprobación extraordinariamente bajos y posteriormente fue revalorado por historiadores. Ulysses Grant pasó buena parte del siglo XX desprestigiado y en décadas recientes ha recibido evaluaciones mucho más favorables. Otros mandatarios que alguna vez parecieron gigantes terminaron perdiendo prestigio conforme aparecieron documentos, investigaciones y nuevas perspectivas históricas. El tiempo es un editor implacable. Trump debería entenderlo. También Obama.
La valoración actual del expresidente demócrata no significa que dentro de veinte años conservará exactamente el mismo lugar. Nuevas generaciones juzgarán su política exterior, economía, manejo racial, uso de drones, expansión del Ejecutivo y consecuencias políticas de su Administración con perspectivas distintas. Pero hay una diferencia fundamental: Obama ya entregó el poder. Su expediente está esencialmente cerrado. El de Trump sigue escribiéndose.
Por eso comparar retrospectivamente a uno con un presidente todavía en funciones tiene límites. Trump aún puede mejorar su legado o deteriorarlo profundamente. Cuatro meses de una guerra, una crisis económica o una decisión internacional pueden modificar percepciones de manera acelerada. Y todavía queda tiempo para que su segunda presidencia produzca acontecimientos cuyo impacto no conocemos. Precisamente por eso resulta todavía más absurda la autopremiación. El partido aún no termina y Trump ya quiere levantar el trofeo.
Quizá su propia personalidad no le permita esperar. La necesidad de vencer parece acompañarlo incluso donde no existe una competencia inmediata. El edificio debe llevar su nombre, el acuerdo debe ser el mejor, la multitud la más grande, el resultado el mayor, el adversario el peor y él mismo el presidente más importante. Todo necesita superlativo. Eso funciona extraordinariamente bien como herramienta comunicativa porque obliga a los demás a discutir dentro de sus términos. Si Trump dice que hizo el mejor acuerdo de la historia, una parte de la conversación termina discutiendo si fue efectivamente el mejor o apenas bueno, en vez de preguntar bajo qué criterios debería evaluarse.
Con la historia presidencial ocurre igual. Colocarse por encima de Lincoln es tan desmesurado que provoca inmediatamente discusión. Trump consigue atención. Pero llamar la atención no equivale a ganar el argumento. Y hay un componente particularmente interesante en el contraste con Obama: la dignidad del retiro.
Desde que salió de la Casa Blanca, Obama participa en política, respalda candidatos, pronuncia discursos y defiende causas. No desapareció. Pero tampoco convirtió cada semana en intento por mantener control personal sobre el Partido Demócrata ni exigió que cada decisión de sus sucesores pasara por él. La capacidad de abandonar el poder también forma parte del legado presidencial. Washington es venerado no solamente porque fue el primer presidente, sino porque pudo haber intentado perpetuarse y decidió retirarse. La democracia estadounidense construyó parte de su fortaleza alrededor de esa idea: los presidentes pasan y la institución continúa.
Trump ha tensionado ese principio como pocos mandatarios modernos. De ahí que su obsesión con el recuerdo resulte todavía más significativa. Él parece querer permanecer presente incluso antes de marcharse. Obama, paradójicamente, parece crecer en valoración cuanto menos necesita reclamarla. No deberíamos convertir esta comparación en competencia infantil entre dos hombres. Hay algo más importante detrás: la diferencia entre popularidad, poder y legado.
La popularidad se mide hoy. El poder se ejerce mientras dura el mandato. El legado empieza realmente cuando ambos terminaron. Un presidente puede tener enorme poder y poca popularidad. Otro puede salir desgastado y ser posteriormente reivindicado. Uno puede ser adorado por su partido y rechazado por la mayoría. Otro puede haber dividido profundamente al país y años después ser recordado con mayor afecto. Nada de eso puede decretarse.
Por eso resulta tan interesante observar a Trump intentando controlar algo que, por definición, ya no le pertenecerá. Su legado será escrito por estadounidenses que hoy ni siquiera han nacido, por historiadores que analizarán documentos todavía secretos, por economistas que medirán consecuencias que tardarán años en aparecer, por aliados que recordarán cómo fueron tratados, por adversarios que evaluarán sus decisiones y por ciudadanos que compararán el país que recibió con el que dejó. Truth Social no tendrá la última palabra. Tampoco Pew, CNN, Reuters ni ningún columnista. La historia irá construyendo su propia respuesta.
Pero las encuestas actuales ofrecen una fotografía y esa fotografía contiene una ironía difícil de ignorar: mientras Obama encabeza la valoración de los presidentes estadounidenses de las últimas cuatro décadas, Trump comparte una gráfica donde se coloca a sí mismo por encima de Washington y Lincoln. Uno gana terreno en el recuerdo. El otro intenta conquistar el recuerdo antes de tiempo.
Y todavía aparece una diferencia adicional. Trump puede presumir que entre algunos segmentos republicanos es ya una figura más admirada que Reagan. Eso es políticamente extraordinario y demuestra hasta qué punto transformó al Partido Republicano. No hay razón para minimizarlo. Para millones de conservadores, Trump no es simplemente otro presidente: es el dirigente que redefinió su movimiento. Pero transformar un partido no equivale necesariamente a ser considerado un gran presidente por el conjunto del país. Son evaluaciones distintas.
Ronald Reagan sigue obteniendo valoraciones fuertes incluso fuera de los sectores republicanos más trumpistas. Obama muestra una amplitud considerable más allá de los demócratas. Trump continúa dependiendo mucho más de una adhesión intensísima dentro de determinados grupos de derecha. Eso puede bastar para ganar elecciones. Para ganar la historia probablemente se necesita algo más.
Y aquí está quizá la lección que ningún gobernante personalista quiere escuchar: el poder termina. Llega un día en que ya no existe conferencia presidencial, no hay decreto, no hay vocero, no hay mayoría legislativa y no hay aparato gubernamental capaz de reforzar el relato. Queda solamente aquello que se hizo.
Obama está atravesando ahora esa etapa. Puede influir, hablar y participar, pero ya no controla los instrumentos del Estado. Y aun así su valoración permanece elevada. Trump todavía posee todos esos instrumentos y su aprobación está en 33%. No significa que Obama haya sido mejor presidente en todos los aspectos ni que Trump esté condenado históricamente. Significa algo mucho más sencillo y quizá más irritante para él: la gente tiene derecho a juzgar por sí misma y no siempre llega a la conclusión que el gobernante desea.
Los elefantes, por cierto, tienen fama de no olvidar. La sociedad tampoco olvida fácilmente, aunque sí reinterpreta. Conserva imágenes, resultados, crisis, prosperidad, guerras, palabras y formas de ejercer el poder. Con los años elimina parte del ruido y empieza a distinguir aquello que parecía gigantesco en el momento pero terminó siendo irrelevante de aquello que parecía menor y resultó decisivo. Obama ya está pasando por ese filtro. Trump todavía está creando el material que algún día será filtrado.
Quizá debería preocuparse menos por decidir anticipadamente en qué pedestal colocará su propio nombre y más por aquello que los estadounidenses tendrán que recordar cuando ya no pueda corregir el relato desde la Casa Blanca. Porque puede rebautizar un lago, compartir un ranking, declararse el mejor e incluso convencer de ello a millones de seguidores. Pero hay algo que ningún presidente puede ordenar mediante decreto: que la historia esté de acuerdo con él.
Obama no necesita proclamarse vencedor de esta comparación. Las encuestas de hoy le conceden ventaja y mañana podrían cambiar. Trump tampoco necesita declararse el mayor presidente estadounidense de todos los tiempos. Si realmente lo fuera, tarde o temprano otros se encargarían de decirlo.
La historia no necesita que un presidente le entregue su propio ranking. Tiene una costumbre mucho más incómoda: esperar, comparar y decidir sola.
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