
Cuando la tarde del jueves 30 de marzo de 2017 un cronista del diario The Blade, un matutino de Toledo, Ohio, llamó al fiscal jubilado Tom Handy para pedirle una declaración sobre la muerte del enfermero asesino en serie Donald Harvey, el viejo abogado le respondió de inmediato: “Puede sonar duro, pero la realidad es que no siento ninguna compasión por Harvey. No quiero parecer insensible, pero al mismo tiempo creo que se ha hecho justicia. Me da la impresión de que el asesino utilizó el mismo método con que él mató a decenas de personas mientras yacían indefensas en la cama”, dijo. Porque Harvey acababa de morir en la cama de un hospital, pero también en otra cama, la de su celda, lo había encontrado agonizando dos días antes, destrozado a golpes por otro preso que quería venganza.
Para los criminólogos del FBI que se ocuparon de su caso, Donald Harvey no encajaba del todo en el perfil más común de los asesinos en serie, porque no usaba siempre el mismo método para matar, sino que apelaba a lo que se le presentaba en la ocasión: una almohada para asfixiar, arsénico para envenenar, una aguja para perforar algún órgano vital, sobredosis de morfina, administración de fluidos infectados con los virus de la hepatitis o el Sida, desconexión de respiradores y muchos más. Así asesinó, según su propia confesión, a unas setenta personas durante las décadas de 1970 y 1980. Todos pacientes a su cuidado en un hospital. O casi, porque también había envenenado a su novio, a su suegro y a dos vecinas. A su pareja, Carl Hoeweler, y a su suegro Henry los mató mezclando arsénico en la comida, igual que a su vecina Helen Metzger; a la otra, Diane Alexander, le puso suero contra la hepatitis en la bebida.
Harvey llevaba treinta años en la cárcel, cumpliendo una sentencia de perpetua, cuando su compañero de celda James Elliott lo mató a golpes. Por venganza, dijo el matador, porque conocía a los familiares de algunas de las víctimas del enfermero asesino y había querido brindarles consuelo. Estaba indignado porque Harvey nunca se había arrepentido de sus crímenes, sino que los seguía justificando. “Lo hice por compasión. Sentía que lo que hacía estaba bien. Estaba sacando a la gente de su miseria. Espero que, si alguna vez estoy enfermo y lleno de tubos o con un respirador, alguien venga y acabe con mi sufrimiento”, explicaba a quien quisiera escucharlo.
Ese argumento no le había servido para nada en el juicio, porque quedó claramente demostrado que mataba causando dolor a sus víctimas, torturándolas. “No nos equivoquemos. Harvey no era un asesino piadoso, porque algunas de las cosas que hacía eran sádicas para las víctimas, como clavar una percha a través de un catéter en el abdomen de un paciente”, le dijo también el fiscal Handy al periodista de The Blade. Además, no todos los pacientes asesinados por el enfermero eran terminales. Según testificaron los médicos durante el proceso judicial, muchos de ellos iban a recuperarse.

Donald Harvey nació el 14 de abril de 1952 en Hamilton, una localidad a las afueras de Cincinnati, pero cuando era todavía un bebé su familia se mudó a Booneville, un pequeño pueblo en Appalachia, Kentucky. Tuvo una infancia pobre, durante la cual sus padres hacían malabarismos para llegar con algo de dinero a fin de mes. Al hambre se le sumaron los abusos sexuales a los que lo sometieron algunos de sus familiares, lo que lo volvió un chico tímido, incapaz de defenderse. Por eso, en la escuela tampoco la pasó bien: su personalidad introvertida y poco sociable lo hizo blanco del maltrato de sus compañeros.
Así llegó a los 18 años, cuando dejó el colegio sin terminar sus estudios y consiguió trabajo como celador en el Hospital Marymount, en London, Kentucky. Quería iniciar una nueva vida y lo hizo: se convirtió en criminal. Allí cometió sus primeros asesinatos “por compasión”, como diría después, porque no quería ver sufrir a los pacientes en su agonía. Sus primeras víctimas fueron dos ancianos: a Logan Evans, de 88 años y con derrame cerebral, la asfixió con una almohada; o a Bel Gilbert, de 81 años, lo asesinó perforándole la vejiga con una percha que introdujo a través del catéter. Y hubo muchos más.
Esa primera ola de asesinatos terminó abruptamente cuando Harvey se alistó en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en 1971. En el hospital nadie notó que luego de su partida la tasa de muertes bajó de manera notable. No duró mucho tiempo con uniforme militar porque nueve meses después de incorporarse tuvo que enfrentar un consejo de guerra por robo y fue dado de baja de manera deshonrosa. Entonces volvió a trabajar en distintos hospitales y también a matar.
La mayoría de los crímenes de Harvey tuvieron lugar en el Hospital Marymount, el Hospital Médico de Veteranos de Cincinnati. En diferentes momentos, trabajó allí como camillero, celador, asistente de autopsias y ocasionalmente como enfermero, ya que no estaba calificado, pero a veces estaban escasos de personal. Su modus operandi era de lo más variado: algunas víctimas fueron asesinadas mediante asfixia, a otras les apagaba los respiradores, también inyectaba aire en sus venas y el método más empleado fue su “beso de la muerte”, que consistía en envenenar a los pacientes con una combinación de arsénico, cianuro y matarratas, que a su vez mezclaba con bebidas o alimentos dulces para ocultar el sabor.
Con esta mezcla de venenos también mató a su novio Carl Hoeweler, a su suegro Henry y a su vecina Helen Metzger. A Carl lo asesinó porque sospechó que lo engañaba con otro hombre; sobre los demás, aunque reconoció los crímenes, nunca explicó las razones que lo llevaron a cometerlos.

Durante años nadie sospechó de Donald Harvey, aunque había indicios para hacerlo. En febrero de 1986, volvió a cambiar de hospital y empezó en el Daniel Drake Memorial, en Cincinnati. Apenas llevaba unos días como celador y el número de fallecidos comenzó a incrementarse durante su turno. Tanto que sus propios compañeros lo apodaron “el ángel de la muerte”, aunque sin sospechar que era un asesino, sino que ese número inusual de decesos era una simple coincidencia. Mala suerte, nomás.
Harvey contó después que nadie se daba cuenta de lo que hacía porque “los médicos estaban sobrecargados de trabajo” y ante una muerte lo único que hacían era enviar a un residente joven para que firmara del certificado de defunción para poder mandar el cuerpo a la funeraria sin más trámite. Que la mayoría de los muertos fueran personas mayores y con graves problemas de salud, hacía pensar que sus muertes eran el desenlace previsible.
La impunidad hizo crecer en Harvey una sensación de poder y control absoluto sobre la vida y la muerte de los pacientes del hospital. Y eso lo llevó a cometer el error que lo perdió.
A principios de marzo de 1987, envenenó con cianuro a John Powell, de 44 años, conectado a un respirador artificial desde hacía meses tras un grave accidente de moto. Como era un hombre relativamente joven, se decidió hacerle la autopsia y durante ese proceso el médico percibió un fuerte olor a almendras quemadas, algo característico del cianuro. Las pruebas lo confirmaron y las autoridades del hospital hicieron la denuncia policial. Cuando los agentes entrevistaron al personal del hospital, el nombre de Donald Harvey surgió por el alarmante patrón de fallecimientos de pacientes durante su supervisión. El celador se ofreció voluntariamente para someterse una prueba con el detector de mentiras, pero no se presentó a hacerla.
Si creyó que de esa manera iba a zafar, se equivocó, porque la policía lo detuvo al día siguiente mientras cumplía con su turno en el hospital. No hizo falta más, porque en el interrogatorio no solo confesó el asesinato de Powell sino un total de setenta, cometidos en varios hospitales.

En agosto de 1987, Donald Harvey hizo un trato con la Fiscalía para evitar la pena de muerte y se declaró culpable del asesinato de 34 pacientes en los hospitales de Ohio y Kentucky. Así, la mayoría de los familiares de las víctimas se enteraron durante el juicio de los hechos: hasta ese momento creían que habían fallecido por causas naturales.
El celador asesino se declaró culpable por sugerencia de su defensor de oficio, Bill Whalen, que le dijo que le convenía confesar todos sus crímenes porque si negaba alguno y luego lo descubrían sería inevitablemente condenado a muerte. Primero se declaró culpable de 24 cargos de asesinato en primer grado en Ohio y fue sentenciado a tres cadenas perpetuas concurrentes. En noviembre, se declaró también culpable de ocho cargos de asesinato y uno de homicidio involuntario por matar a nueve pacientes en el Hospital Marymount en Lexington, Kentucky, en la década de 1970. Fue sentenciado a cadena perpetua más 20 años, que se cumplirían simultáneamente con la sentencia de Ohio.
Lo enviaron a cumplir la pena al Instituto Correccional de Toledo, Ohio, donde permaneció durante treinta años, hasta que el martes 28 de marzo de 2017 los carceleros lo encontraron agonizando en la cama de su celda. No fue necesario investigar mucho para encontrar al hombre que lo había golpeado hasta dejarlo al borde de la muerte. Todas las sospechas se dirigieron hacia su compañero de celda, James Elliot. “Lo desmayé al tercer o cuarto golpe y después le seguí pegando”, confesó. Harvey murió dos días después en el hospital.

Durante el juicio, Elliot dijo que no conocía personalmente a ninguna de las víctimas de Harvey, pero sí a algunos de sus familiares, y que se enfureció cuando lo escuchó jactarse de haber asesinado a ancianos. La sentencia, dictada en 2019, fue de 25 años a cadena perpetua. Al condenarlo, le juez Myron Duhart le hizo notar que eso no justificaba el crimen que había cometido: “Por muy mala que sea una persona, eso no le da a usted derecho a ser juez, jurado y verdugo”, le dijo.
La frase del juez trajo a la memoria de algunos viejos periodistas una que muchos años antes había pronunciado el celador asesino. Porque si Elliot creyó ser juez, jurado y asesino al matarlo, el celador asesino había llegado incluso a creerse Dios al decidir quién vivía y quién moría entre los pacientes de los hospitales. Lo confesó en una entrevista de 1987, poco después de ser condenado, cuando dijo: “Sé que piensan que jugué a ser Dios, y lo hice”.
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