
Premio Alfaguara de Novela. Con esa etiqueta Sergio del Molino camina por la calle. Compra el pan, se toma el colectivo, sube el ascensor, va al trabajo, ese tipo de cosas. Nadie percibe que porta esta gran distinción, el notable mérito; quizás él tampoco. Es que ganó varios premios —el del Gremio de Libreros, el Cálamo, el Ojo Crítico, el Tigre Juan, el Espasa— pero el Alfaguara está un escalón más arriba. Y por tal motivo está acá, a un océano de distancia de Madrid, en Buenos Aires, en el café del Hotel Alvear ART. Vino para participar de la Feria del Libro, para presentar la novela ganadora de la edición 2024 del galardón que entrega desde 1965 editorial Alfaguara, hoy propiedad del grupo Penguin Random House: Los alemanes. En las primeras páginas vemos una familia reunida alrededor de un funeral. La novela es polifónica. Dos hermanos, Fede y Eva, despiden a Gabi. La sombra del pasado es enorme: una colonia alemana en Zaragoza.
Un siglo atrás, un grupo de alemanes llegaron a España. Venían de Camerún, escapando de la invasión de los ejércitos aliados en la Primera Guerra Mundial. Eran cerca de 400 personas las que se instalaron en Zaragoza, capital de la comunidad autónoma española de Aragón. “Es una historia que descubrí por casualidad, como se descubren las buenas historias. Cuando era periodista hice una serie de crónicas y escribí un ensayo [Soldados en el jardín de la paz, 2009] porque descubrí que, sorprendentemente, nadie había escrito sobre ello. Nadie conocía ese episodio. Hoy sí hay bibliografía y un poquito más de conocimiento. Pero entonces no había nada”, dice Del Molino, que si bien nació en Madrid, vive en esta ciudad. Entonces, luego de una década y media, cumplida la “tarea urgente de contar la historia tal cual”, apareció algo que “siempre ha estado latiendo”: la narración ficcional de aquella curiosidad histórica y olvidada, esta novela.
“Lo intenté varias veces y no había forma de encontrar el tono”, confiesa. “Fracasé mucho con esta novela hasta que se me aparecieron los Schuster, se me apareció el cementerio alemán, se me apareció la escena inaugural del libro. Allí tuve claro el universo que quería crear y cómo quería contarlo. Necesitaba vivir y acumular lecturas, pensamientos y experiencia para poder abordar una historia así. Hace 15 años no era capaz de escribir esto”, asegura sobre este texto que, si bien se apoya en aquella colonia, los personajes —los hermanos Eva y Fede, el fallecido Gabi, su amiga Berta, y todos los que van a apareciendo— poseen una profundidad cautivante que se potencia a partir de una nostalgia trunca, falseada, porque la tradición, el peso de la descendencia imperial, los supera a tal punto que los tapa. “El pasado se vuelve presente cuando lo tocas. No importa que no hayas intervenido en él, no importa lo inocente que seas o lo libre que te sientas”, se lee.

—¿Cómo llegaste a la historia y qué queda hoy de ella en esa colonia de alemanes, que deben ser ya hijos y nietos de alemanes?
—Hay muy poquitas familias que tengan conciencia de quiénes eran, que guardan recuerdos y conocen su propia historia. Yo lo conocí a través de unos panfletos de propaganda nazi con discursos de Goebbels y de Göring que cayeron en mis manos en una librería de viejo. Hablando con un amigo historiador, fue él quien me puso sobre la pista de los alemanes de Camerún. Él sí había oído hablar de esa historia aunque sabía muy poquito. Cuando le pregunté qué carajos era aquello, me remitió un par de artículos, un par de referencias bibliográficas. Entonces, a partir de ahí empecé a tirar del hilo. Me pareció fascinante la historia, me sorprendió que nadie la hubiera escrito, que nadie hubiera explotado ese filón. Y empecé a tirar, conocí familias, conocí gente, empecé a acumular un montón de material. En 1916, los alemanes de Camerún en España, que habían inspirado zarzuelas, coplas y todo tipo de literatura popular, aparecían mencionados en novelas importantes. Durante unos años fueron muy, muy famosos. Sin embargo, toda esa memoria se había disuelto. Eso es lo más triste: constatar que muchas familias se enteraron de la historia, de la procedencia de sus abuelos, cuando yo se los conté. Ellos sabían que tenían un apellido alemán, pero no le daban mayor importancia.
—Sobrevuela todo el tiempo en la novela la pregunta sobre qué es la tradición. Hay un momento en se compara a los Klein con los Schuster: la diferencia es que los primeros “no se obsesionaban con un pasado que nunca existió”.
—Son las patrias inventadas. Para mí lo son todas, es decir, para mí toda patria es una ficción, es una invención. Lo que pasa es que están las reconocidas en la ONU, que tienen acuñan moneda, tienen embajadas, tienen presidentes y parece que existen más allá de la ficción, pero en realidad ninguna existe fuera de la ficción. Son un conjunto de historias que nos contamos y estos alemanes se ven forzados a inventarse ellos mismos una patria porque han sido expulsados de varias. Ellos tenían la vocación de ser imperialistas. En Camerún ese sueño imperial se ve frustrado. No pueden regresar a África, donde ellos querían establecerse y establecer su identidad. No pueden volver tampoco a Alemania, porque Alemania ha sido derrotada; o no quieren volver a una Alemania derrotada. Entonces se quedan en España; y sienten, además, que es un país inferior, un país notablemente inferior, que desprecian profundamente y no tienen la referencia de la Alemania real. O sea, los vínculos con la Alemania real son totalmente ficticios porque es una Alemania que ya ha dejado de existir después del Tratado de Versalles. No es la Alemania imperial. Entonces se inventan una Alemania con sus propias tradiciones, sus propias referencias, que cuando entra en contacto con los alemanes de Alemania, de la Alemania Real, siempre hay una extrañeza, algo de impostura, ‘¿esta gente dónde vive?’. Para mí eso es una metáfora de lo que son las patrias de verdad. Toda patria funciona así. Lo que pasa es que a estos no pudieron acuñar moneda ni pudieron tener oficinas de correos, pero si pudieran, pues su patria sería tan legítima como cualquier otra.

En Los alemanes, el funeral es de Gabi. “Un niño hiperactivo que no soportaba el silencio”, dice Berta. “Un roquero insolente”, para el Opus Dei. “El nuevo Nietzschie”, para la prensa española. A partir de su muerte, los hermanos vuelven a chocar con el pasado, la familia, la tradición. Una figura compleja, contradictoria, rebelde, transgresora pero a la vez alguien que sostenía que “cuando los músicos dejaron de componer para los príncipes y empezaron a pensar en el público, se jodió todo”. “Gabi es más que un personaje. Es una presencia fantasmal que es invocada por los otros personajes y poco a poco vamos conociendo retazos suyos”, dice ahora Del Molino. “Es el que se atreve, el que tiene la valentía de romper y el que pone en evidencia la cobardía de los demás que no se han atrevido a dar el paso que él ha dado. Pero a la vez, efectivamente, es hiperconsciente de la existencia de esa tradición y por eso la rompe”.
“Gabi opera como una metáfora del arte contemporáneo, de cómo ha subvertido toda la tradición para llevarla a un callejón sin salida”, dice el autor, y reflexiona: “Al final, Gabi es un nihilista que le importa muy poco el futuro y solo le importa reaccionar ante el presente. No tiene un proyecto, no tiene una idea, no es capaz de contraprogramar la educación que le han dado, sencillamente la destruye. Es un elemento muy destructor y a mí me interesa mucho: sin esa fuerza destructora no existiría nada del arte contemporáneo, que luego se ha domesticado, evidentemente, y nos ha llevado a unos callejones sin salida, lo que explica la parálisis en la que vivimos hoy, porque se destruyó la tradición. Destruimos todo y bien destruido está. No construimos nada ni cimentamos una tradición alternativa, no hemos podido, no sabemos hacia dónde tirar. Ahora mismo estamos completamente atrapados en un discurso que se agotaba en sí mismo”.

—¿Qué características tiene la patria inventada de España? Si bien hay un fuertísimo pasado imperial, hoy está más fragmentada o, mejor dicho, amalgama varias patrias más pequeñas, ¿no?
—Ten en cuenta que el concepto de patriotismo en España está muy manchado y muy vinculado al pasado de la dictadura. Ha sido muy problemático restituirlo a un imaginario democrático y en buena medida se ha fracasado. Lo que sí ha funcionado en el imaginario democrático han sido las patrias nacionalistas, las patrias regionales, no solo la patria catalana y la vasca, la patria manchega, la patria andaluza. Esa es la primera patria para la mayoría de los españoles. Esos signos sí que están por todas partes y hay una exaltación y una celebración de esas patrias. Pero la patria española, hasta hace muy poco, solo existía en los edificios oficiales, solo existía de una forma nominal. El patriotismo español no se expresaba de forma folclórica. Esto para España es muy problemático porque es enfrentarse y asumir un pasado muy reciente que no tiene que ver con el pasado imperial. Yo sé que ese discurso sobre el pasado imperial está muy presente en América, pero en España nadie piensa en él ni está en cuestión. De hecho, los monumentos a Colón y los conquistadores que se construyeron a finales del siglo XIX cuando se celebró el cuarto centenario del viaje de Colón, hoy son pasto de palomas. Es decir, no interpelan prácticamente a nadie. Pero el pasado de la dictadura franquista sí. Ese pasado sigue siendo muy problemático a la hora de reivindicar España. Y sigue siendo un problema, sobre todo para la izquierda, y para el PSOE también aunque menos, para poder articular una propuesta política democrática que se reivindique desde un punto de vista nacional. Sin embargo sí se reivindica desde el regionalismo.
—En ese sentido, ¿qué ves en el nacionalismo de las nuevas derechas, en ese patriotismo tan peculiar? ¿Ves algo de desprecio por la patria, por ejemplo?
—Creo que tenemos un fenómeno bastante complejo que tiene más que ver con el descontento. Los nacionalismos de hoy, no los tradicionales, no los históricos, interpelan más a un descontento de una cantidad de ciudadanos que no solo están enfadados con su propio país, están enfadados con el mundo porque se sienten muy desubicados, muy marginados de la marcha de los acontecimientos, entonces se aferran a una idea redentora, de paraíso en el futuro, construir una nación que pueda subvertir y dejar atrás las miserias del presente. Pero no creo que eso explique los nacionalismos en Cataluña y en Euskadi. Explica sí algunos nacionalismos europeos emergentes y explica el Brexit. Creo que explica buena parte de esos movimientos disolventes que intentan desestructurar las estructuras políticas actuales y se alimentan de ese descontento. Es un descontento contra el mundo de hoy. No creo que sea una forma de desprecio hacia la patria porque se vuelca la mirada, en el caso de España, hacia el Estado español, porque tradicionalmente se lo considera el establishment y el enemigo a abatir. No creo que haya un desprecio deliberado, sino una forma de canalizar el descontento que está mucho más vinculado con los movimientos populistas de derechas que están surgiendo en Europa y que también han surgido con mucha fuerza en América Latina, en Argentina.
—¿Y el globalismo que papel juega? Porque estos nacionalismos también se colocan en oposición a la idea de cultura global.
—El globalismo es un intento de romper esas patrias y de crear una noción muy individualista. O sea, la patria tiene que ver con la tribu, con el clan. Por eso aquí en la novela está muy vinculada con una familia, con los Schuster. No es indisociable la estructura de clan y de la familia de la idea de patria. Una idea globalista que en Europa podía expresarse con el ideal europeísta: esa idea confederal que a priori podría aceptar todo el mundo. No es un nacionalismo europeo, es un intento de crear un espacio ecuménico. O lo fue al principio, al menos el europeísmo, como yo lo entiendo. El europeísmo como ideal es algo que intenta borrar los sentimientos de pertenencia. En una Europa ideal, en una Unión Europea ideal, podría entrar Argentina perfectamente si quisiera, podría abarcar todo el mundo. Ese ideal ecuménico ha sido pervertido por una idea muy agresiva de lo que se llamó el neoliberalismo. Creo que ha sido verdaderamente atroz para el fomento de la desigualdad, para la creación de un montón de brechas en todo el mundo. Y eso ha acabado provocando la reacción del regreso al nacionalismo. Creo que tienen mucho que ver las dos cosas, sobre todo con la perversión de un ideal global, que es imposible porque está muy asociado y manchado con la idea del neoliberalismo.

La otra cara de la obra de Del Molino, el revés de sus investigaciones y ensayos, es la narración de su propia vida en clave ficcional, lo que acá llamamos literatura del yo, y allá, en España, autoficción. En 2013 publicó La hora violeta, donde habla de la leucemia que le diagnosticaron a su hijo a los diez meses, y que le quitó la vida un año después. En 2014 publicó Lo que a nadie le importa, sobre su abuelo, José Molina, y su propia familia. ¿Qué clase de barrera hay entre el mundo personal, el familiar, y el ajeno, el de los personajes, el inventado? “Para mí es lo mismo, porque yo defiendo que todo es ficción. Yo defiendo que en el momento en el que tú te planteas contar una historia y llevarla a un formato narrativo y hacer una propuesta que siempre es muy exigente para el narrador, ya estás haciendo ficción, aunque estás trabajando con materiales de tu propia vida y aunque no los disimules y no los cambies y los enseñes en bruto, sin pasarlos por el tamiz de la fantasía”.
“Para mí no hay grandes diferencias —continúa—: construyo personajes de la misma forma que me construyo yo como personaje o a mi hijo, a mi mujer o a Felipe González, del que hablé en mi libro anterior [Un tal González, 2022], un personaje que construí que responde a la idea que yo tengo de él y es una visión profundamente subjetiva que no tiene nada que ver con lo que haría un historiador o un biógrafo, que intenta ser fiel a una verdad histórica. Yo tengo unos hechos históricos y con esos materiales construyo un personaje. Hago exactamente lo mismo con la ficción, solo que la procedencia de los materiales es distinta”. Vino varias veces a la Argentina. Esta es la segunda vez que presente un libro acá. Amigo de Martín Caparrós, lector fascinado de Sergio Chejfec y de Witold Gombrowicz, entusiasta de “todo ese sincretismo y esa obsesión por la identidad que hay en la literatura argentina”, responde la última pregunta:
—¿Para qué sirve la literatura? ¿Por qué le dedicás tanto tiempo a la lectura y la escritura? ¿Qué encontrás acá que en otro lado no?
—En otro momento te respondería que para nada y que ojalá: no debería servir para nada. Ese es su gran valor: que no tenga que justificarse. Así como existimos nosotros y una persona no tiene que justificar su propia vida, existe y ya está, con la literatura pasa lo mismo. Pero en el contexto de este libro te matizaría un poco y te remitiría a uno de los epígrafes del comienzo, que es la cita de los diarios de Schubert acerca de que nunca conocemos al otro, a los demás. La literatura nos permite conocer el misterio del otro de una forma que la experiencia cotidiana no lo hace jamás. Ni siquiera a las personas más íntimas o el roce, el trato, el conocimiento de los demás a través de las conversaciones. Todo siempre nos lleva al malentendido, a la despersonalización, al desprecio y al prejuicio. Y sin embargo, a través de la literatura somos capaces de entender por qué el otro hace lo que hace, por qué vive como vive, por qué siente lo que siente sin necesidad de sentirlo y sin necesidad de que nos lo explique. A mí me interesa mucho la literatura que fusiona la vida y que permite desvelar ese misterio. En la narrativa occidental, ha cumplido ese propósito desde el Renacimiento, desde que existe la imprenta. Y creo que lo sigue cumpliéndolo muy bien. Y creo que ahora probablemente sea más importante que nunca, porque vamos a un mundo donde la despersonalización y el prejuicio hacia hacia los demás son una característica cada vez más creciente. Entonces necesitamos historias que nos permitan romper esa barrera.
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