
El libro arranca con un dolor, sus primeras palabras son “Hace dos meses que no duermo”. Un dolor en primera persona que crece, un rayo que no cesa, una primera persona que termina ahogada por un dolor que no cede. Que no permite respirar, vivir, trabajar, abrir los ojos. Ese padecimiento asesino es tratado con medicación y diferentes terapias, pero por escrito es tratado con humor. Sí, aún en el pico del sufrimiento, Ana Ojeda (Buenos Aires, 1979) increíblemente escribe y hace humor, además de hacer memoria.
Diario de un dolor (publicado por Bosque energético) es el nuevo libro de Ana, autora de novelas como Modos de asedio, Falso contacto, No es lo que pensás, Mosca blanca mosca muerta, Vikinga Bonsái, Seda metamorfa, Furor fulgor y Mujer peor, además de los relatos de La invención de lo cotidiano, Neias y nercias y Motivos particulares. Ana además trabaja como editora en editorial Planeta y escribe reseñas en diversos medios.
El libro se divide en dos partes (Una temporada en el invierno y Las señoras sentadas). La primera parte es la dedicada al presente del dolor puntual, el que nos ciega y le baja la persiana a cualquier otra emoción. El peruano Juan Ramón Ribeyro decía que ”el dolor físico es el gran regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de inmediato todo otro deseo que no sea la desaparición del dolor”.
La segunda parte, en cambio, va hacia el pasado, hacia la historia familiar de la narradora y hacia su origen como lectora y escritora. En esa familia hay hermanos, hay un padre (que en el presente vive con Parkinson) y hay, sobre todo, una madre y una abuela. Una madre luminosa y sacrificada que consiguió convertirse en una enorme periodista (Ana es hija de la periodista y escritora Nora Bär) y una abuela judía alemana con gran presencia en la vida de todos (morirá con 102 años) pero a quien, sin embargo, no llegaron a conocer realmente ya que no hablaba de ella ni de su pasado. Lo sabemos: muchos de los exiliados europeos que llegaron a la Argentina eligieron olvidar.
Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos días atrás mientras el cielo porteño se empecina en no recordar que es primavera.
— Me gustaría conocer cómo fue el origen de la idea del libro, ¿la idea era escribir por el dolor y a partir del dolor apareció la enfermedad de tu papá, las historias familiares? ¿Tenías todo junto cuando arrancaste a escribir? ¿Cómo fue?
— Mirá, en realidad no tenía nada. Yo antes de empezar a escribir lo que tenía era una gran fascinación con la editorial Bosque Energético de la cual ya había comprado y leído algunos libros, ¿no? Y me encantaban, tanto materialmente como esta idea tan particular de decir: “bueno, nos vamos a dedicar nada más que a diarios íntimos”. Que me parece un acierto, sobre todo porque en este momento estamos como híper saturados y saturadas de información, de opciones, de versiones. Yo me dedico a escribir, en el sentido de que es mi vocación, es lo que más me gusta y lo que quiero hacer, es un deseo. Entonces, mientras escribía otras cosas venía pensando qué puedo yo ofrecerle a esta editorial. Y estuve así, como te digo, un año y medio, dos años, que estaba como en el inconsciente viste, como en mi parte de atrás. Y hete aquí que qué me pasa: entre enero y más o menos mayo del año pasado empiezo a tener dolor. Yo trabajo obviamente sentada, leyendo todo el día, leo para trabajar, leo para atravesar mi ocio, leo para informarme. Entonces, mi postura principal te diría que es sentada frente a una pantalla. Empiezo a tener dolor de estar sentada. No se me va cuando me paro. Es como un dolor que te empetrola, viste. Y de repente ya se empieza a proyectar: no es solamente en la cintura, me empieza a agarrar como la nalga, la pierna, la rodilla. Ahí primero trato de resolverlo, tomo diclofenac, voy y me doy una inyección en la guardia, bueno, que eso un poco lo cuento también en el libro. Hasta que me doy cuenta de que ya va siendo una cosa que escaló. Que ya no es como un ruido de fondo sino que más bien va ocupando la centralidad del escenario de mi existencia. Y entonces ahí me pasan dos cosas, que por un lado empiezo como una romería de médicos y de gente que empiezo a consultar para ver qué es lo que tengo, y por el otro lado digo...

— Estabas contenta.
— Apareció.
— Qué locura, claro.
— Voy a contar esto, esto lo voy a hacer un diario. Y, entonces, como que esas dos cosas avanzaron medio en paralelo. Y, también, escribir en un momento de gran dolor me ofrecía como la posibilidad de fugar y de decir, bueno, está bien, no puedo sentarme, no puedo pararme, no puedo dormir, no puedo estar, pero mínimamente tengo este espacio de un ratito que lo voy a dedicar a escribir y a tratar de estar pensando en otra cosa. Porque como vos bien decís, cuando el dolor te agarra permea todo, o sea, no podés dejar de pensar en eso, ¿no? Y cuando se prolonga en el tiempo es una experiencia muy particular, bastante extraordinaria y muy devastadora en un punto. Una cosa es que te duela algo un día y otra es que yo te diga: seis meses de tu vida vas a estar sumida en estar pensando “¿y si me pongo así me dolerá menos?”
— Pero viste que además es como la sensación de que, independientemente de en qué lugar del cuerpo es el dolor, es como si los párpados quedaran a media asta. Como si quedaras subsumida en lo que significa ese dolor que te atraviesa y que no te permite ya pensar. ¿No recordás haber tenido un dolor con esta intensidad antes?
— No, la verdad es que no. Cuando tenía 15 años tuve apendicitis, pero como que me agarró un día y al día siguiente me estaban operando. Lo particular de esta situación era que se alargaba en el tiempo y, al contrario de lo que estamos acostumbradas a experimentar, yo más consultaba con la institución médica y peor me iba. O sea, no mejoraba.
— Es que estos dolores tienen esa particularidad. Porque, además, una espera que del otro lado aparezca aunque sea la palabra. Esa palabra que va a servir para esperar la cura o el final del dolor. Y estamos exponiendo nuestro cuerpo y nuestro dolor ante las manos y el saber de los profesionales y no siempre encontrás esa palabra, esa respuesta. A veces sí y con ese médico o esa médica podés llegar a entrar en una especie de pasión religiosa.
— Sí, sí. En realidad, lo que yo saqué en conclusión es que hay muy poca escucha. No te escuchan, te dan inmediatamente lo que ellos ya tienen preparado de antemano, que lo recetaron quichicientas veces. Por ejemplo, a mí me decían todo el tiempo: “hacé vida normal”, y yo no podía caminar.
— Claro, cómo voy a hacer vida normal si no puedo caminar.
— Y yo manifestaba esto con bastante frustración y enojo, en un punto, y la respuesta era “bueno, hay jugadores de fútbol que tienen lo que tenés vos y ahí los tenés en la cancha”. Y a mí qué me importa, yo no puedo movilizarme, entendés. Entonces ahí era como una competencia de quién tenía razón.
— Soy hija de médico, así que mi viejo, además de ser mi padre era mi médico de consulta, porque era clínico. Una de sus frases era: no hay enfermedades, hay enfermos. Y entonces: vos no sos un futbolista.
— Claro.
— Entonces te afecta de otra manera y tu vida está expuesta de otro modo. No es lo mismo.
— No, no, tal cual.
— Usaste la palabra frustración, que es una palabra importante porque no colabora en absoluto para que uno le ponga onda y salir de la situación.
— Te hundís en un vertedero, te digo, en una podredumbre total que te lleva un poco a un límite. Porque no ves la salida. Y en ese contexto quería transmutar eso, que era una desgracia para mí, en algo gracioso…
— Te iba a preguntar por eso, por el humor que elegiste para contar todo esto.
— Desde siempre yo quise que el relato de eso que era una desgracia fuera algo disfrutable, gracioso, ridículo, pero también crítico, ¿no? Me ofrecía esa posibilidad de salir un poco del monotema.

— O sea que escribías mientras estabas con dolor, arrancaste a escribir con dolor.
— Sí, sí, sí.
— Qué fuerte.
— Sí.
— Qué fuerte porque, al mismo tiempo, esto que decías acerca de que cuando te viste en esa situación ya imaginaste la posibilidad de la propuesta para la editorial muestra hasta qué punto los que escribimos no dejamos nunca de mirar los posibles objetos de nuestra escritura. Eso es muy alucinante porque no habla de frialdad, vos estabas con dolor. A veces uno lo vive incluso ante momentos trágicos. Uno puede estar asistiendo al final de la vida de alguien muy querido y también lo estás viendo casi como una escena.
— Totalmente. Es como el motorcito de la creación, ¿no? Que es como que va en paralelo. Vos estás viviendo eso pero al mismo tiempo decís “voy a guardar algunas cositas por si en algún momento…”
— Es tremendo.
— Y, sí, las personas que nos dedicamos a escribir o a crear… porque vos podés ser pintora, dramaturga y tenés esa cosa bifaz.
— Es que sos la misma, o sea, sos la persona y sos la artista, la escritora, la periodista, la profesional,. En ese sentido digo que sos dos y que te entiendo perfectamente. En una de las películas de Woody Allen, una de las dramáticas, que se llama Interiores, había un grupo de hermanas y una de ellas era poeta. Y me acuerdo del personaje del marido, diciéndole: quisiste tener un hijo para ver qué se sentía y poder escribir sobre eso.
— Un poco sí. A veces vamos en busca de experiencias para eso, para ensanchar nuestra capacidad sensible, ¿no? Y si resulta que es interesante, también obviamente tomás apuntes, algo te guardás. Y cuando no lo hacés voluntariamente eso de ir en busca de algo y te sucede, también te lo guardás. Lo que pasa es que tenés como ese ojito despierto, esa inteligencia despierta de que estás buscando todo el tiempo.
— Sí, sí, el motorcito del que hablabas.
— Claro. No es que sabés lo que estás buscando, en realidad. Pero estás siempre como al acecho de que suceda algo que te pueda servir.

— En tu libro hablás del dolor a partir de una situación puntual por la que estás atravesando pero también de otra por la que atraviesa tu padre, que tiene que ver con una enfermedad de las largas, que incluso en algunas ocasiones hacen que las personas que uno conoció ya no son las mismas. ¿Cuánto pensás que todo eso que salió finalmente en tu escritura y en tu vida tenía que ver con la enfermedad de tu padre? Quiero decir si pensaste que había un espejo ahí, que había algo con lo que vos te identificabas a partir del dolor.
— Mirá, a mí me llamó la atención como la sincronía de esos dos padeceres, ¿no? Y decidí incluir la figura de mi padre, o la figura del padre de la narradora, en la primera parte del libro porque rápidamente me di cuenta de que yo iba a hablar de mi mamá y mi abuela en la segunda parte. Entonces quería que él también estuviera representado de alguna manera para honrar con todas las cosas que podemos decir, que te peleás, que disentís, te alejás, pero bueno, están los dos en el origen, ¿no?
— Obvio.
— Entonces me pareció que era una manera graciosa dentro de todo. Bueno, de hecho el libro se lo dedico a él aunque después me dedique más a narrar la línea materna.
— La genealogía materna.
— Claro, sí.
— Decís que rápidamente supiste que ibas a escribir la historia de tu madre, esa mujer que se hizo periodista, que mientras criaba a sus hijos con muchísimas dificultades tecleaba sin parar. Aparece mucho eso del sonido del tecleo en tu cabeza, de la biblioteca que era de ambos padres, del origen de la narradora lectora, cuando ve que todo eso que está ahí en las paredes de su casa se puede abordar cada vez que uno quiere y puede ser inagotable.
— Sí, casi te diría que la biblioteca era más bien de mi padre. Mi padre era el que se ocupaba de comprar libros, buscar, revolver. Pero yo veía a mi madre escribiendo porque mi papá no estaba mucho en mi casa durante el día, entonces la figura que yo tenía así como tutelar, que veía haciendo de todo, era mi mamá. Y entonces, yo recuerdo que para mí ser escritora era algo fascinante. Desde muy chica, desde antes de entender qué era una escritora, por ahí porque se hablaba en casa, no sé, pero ¿viste esas cosas que incorporás incluso antes de la conciencia?
— ¿Vos la veías feliz a tu mamá?
— Sí, mi mamá siempre fue una persona muy solar, muy luminosa.
— Puede ser que entonces en ese escribir, ese dedicarse a lo que ella hacía con tanto esfuerzo, al verla luminosa, era imposible que no te resultara atractivo lo que ella hacía, me refiero a la situación de escritura, ¿no?
— Tal cual, tal cual. Yo incluso incluí unos poemas que encontré en una agenda de esa época, de 1987, que son verídicos, ¿no?

— Sí, sí, muy hermoso.
— Yo misma me sorprendo y digo: ¿qué estaría escuchando? No sé, bueno, es para mí también la magia de las palabras. Que tienen su vida propia y se quedan dando vueltas y unas palabras traen otras palabras y a veces no hay un significado consciente sino que, simplemente, esa costura de que escuchaste un retazo acá, un retazo de acá, hiciste una tela, ¿no?
— Ahora, vos ahí estabas trabajando como escritora, estabas trabajando con tu historia personal y estabas trabajando también como editora porque acabás de decir: “y encontré unos poemas que incluí”, y eso para mí tiene más que ver con la persona que ve la totalidad del libro, es decir, la editora que sos.
— Claro, claro. Para mí son como luces diferentes sobre el mismo objeto. Es como que estamos mirando un objeto desde distintos lados, y cada mirada tiene su intensidad, su perspectiva, su distancia, y las vas combinando para que ese objeto se asemeje, de alguna manera, a lo que vos tenés en la cabeza.
— Hablábamos recién de cómo cuando empezaste a pensar que ibas a escribir sobre tu mamá y sobre tu abuela, decidiste también incluir lo que tenía que ver con tu papá y con su Parkinson. Hay una gran discusión cuando uno habla de la historia familiar porque es la historia propia pero es también la historia de los otros. Y entonces están los que dicen: bueno, cuando hay un escritor en la familia se la tienen que bancar, yo no voy a dejar de escribir. Otros dicen: no, yo no voy a publicar esto antes de que los demás lo vean y está el que dice, autolimitándose: yo llego hasta acá. ¿Quién de todas esas personas es Ana Ojeda?
— Bueno, es una tensión constante. Es difícil. Es un límite, difícil, la verdad. Por supuesto que te planteás eso de “esto habla no solo de mí sino de la gente que me rodea”. Al mismo tiempo, necesitás una libertad que yo resuelvo diciendo es ficción, finalmente todo es ficción, si está escrito, es ficción. Yo justo acabo de leer hace muy poquito Koljós, de Carrère. Y bueno, claro, ahí también es la visión que vos tenés de lo que te rodea y, por supuesto, eso tiene impacto si te leen. Otra cosa que hago mucho cuando estoy escribiendo, para liberarme del peso de la mirada de la gente que tengo alrededor, es pensar: nadie lee, total nadie lo va a leer. Porque, sí, se necesita esa distancia, necesitás que no estén tan cerca tuyo. Y, en definitiva, tampoco es que, en mi caso, al menos hasta ahora no digo nada que no diga ya en la realidad, entre comillas, ¿no? Entonces, en ese sentido no me generó grandes inconvenientes ni dificultades porque la realidad es que todo lo que pongo en lo que escribo es lo que pienso. Todo el mundo sabe que pienso eso.
— Y tu abuela, el personaje más crítico, ya no está.
— Mi abuela no está, no.
— El personaje de la abuela es el de una mujer judía alemana que vivía en la zona sur del conurbano. Los judíos alemanes además tenían una particularidad dentro de la colectividad, a diferencia de muchos judíos europeos de otros orígenes, los alemanes tenían un vínculo muy acendrado con Alemania y su cultura. Es un personaje complejo, muy interesante y lo describís de una manera muy inteligente y divertida. Y en el medio está tu madre, la madre de la narradora, que es la hija de esa mujer distante y casi sin capacidad de expresar afecto. Y están la narradora y sus hermanos, ustedes, que tienen en ella una cuidadora que no tiene la menor ganas de cuidar a nadie. ¿Cómo fue recuperar la memoria de esa abuela que, por otra parte, fue tan potente como figura?
— Mirá, para mí lo que define a mi abuela es como un velo enigmático. O sea, el no entenderla, no saber quién era. No entender a una mujer con la cual pasé mi infancia. A mis hermanos y a mí nos estacionaban ahí y realmente pasábamos muchas horas con ella y, a pesar de eso, era lo desconocido. Y, además, eran como el día y la noche con mi mamá. Había mucha distancia entre la personalidad, como te digo, juguetona, toquetona, de beso, abrazo, risa, cantos, gritos, de mi mamá, y mi abuela, que era lo más parco del mundo, no quería hacer nada, no quería interactuar, no le interesaba nada que estuviera a mi alcance. Me acuerdo, que no me acuerdo si eso lo puse en el libro, pero me acuerdo de yo siendo chiquita, 5 o 6 años, me había cansado de mirar la tele y un día le digo: abuela, ¿jugamos al ajedrez o a las damas? Y mi abuela me dice: no. O sea, disponibilidad nula, nula realmente.
— Y la fascinación por la tele que mencionás, era como un imán para ella.
— Sí, sí, totalmente adicta a la tele. Y la verdad es que durante mucho tiempo, yo ya grande, incluso después de ser madre y todo, buscaba a mi abuela. Quería saber quién había sido esa persona. Y creo que con este libro me parece que hice las paces. Es como decir que era una mujer a la cual nunca voy a acceder, porque falta mucha historia, falta realmente mucho contexto Y eso, en m opinión, es justamente del desarraigo forzado y de un silencio autoimpuesto, porque ella no quería volver a revisitar...
— Su pasado, sí.
— Claro, un pasado del cual realmente no quería hablar. Y todas las incongruencias que eso genera. Porque eso sí lo escribí en el libro y es que para ella lo alemán era lo máximo del mundo, y al mismo tiempo no quería volver a pisar Alemania. Ella hablaba con un tío de ella en alemán y con mi tío había hablado en alemán y después nunca más había vuelto a usar ese idioma. Era un rompecabezas, digamos, al cual le faltaban muchas piezas. Y yo durante mucho tiempo pensaba, bueno, en algún momento nos vamos a enterar, vamos a encontrar las piezas que faltan. Y hoy en día, yo tengo 47 años, me doy cuenta de que esas piezas no están, no las vamos a encontrar más, y entonces también creo que es momento de hacer como un borrón y cuenta nueva en el sentido de decir: lo que hay es esto, que es muy poquito, y a partir de ahí, la planta enraizó en este otro territorio, en este nuevo lugar, y obviamente da nuevos frutos. Pero no existe eso que muchas familias sí tienen, que es la tradición. Usos, costumbres, lenguajes, idiomas, cosas que recuerdan, ¿no?
— Sí. Estaba pensando si recordás, por ejemplo, si miraba algún programa cómico, si se reía viendo televisión.
— Yo no recuerdo a mi abuela riendo. Eso ya te dice un montón.

— Lo último sobre lo que te quiero preguntar tiene que ver con tu lenguaje, con el lenguaje clásico de Ana Ojeda. Que es tan divertido porque, en un punto, ahí hay como un proyecto de lengua y también una militancia y un activismo en relación a la cuestión feminista, aunque, por otro lado, todo eso colabora con el humor.
— Sí, total. Para mí el objetivo principal es el humor,. Pero también es verdad que un objetivo muy presente y pregnante para mí es definir mi lugar de enunciación. Yo no me puedo enunciar como un varón. No lo puedo hacer. No lo soy, no veo el mundo desde ese lugar que tiene una ubicación preferencial de la cual no formo parte ni recibo sus beneficios. Entonces, por qué voy a hablar diciendo “uno”. No. Yo necesito campo abierto para cambiar y, por ahí, eso va variando y a lo largo de los años va, hoy decís cuerpa y mañana decís otra cosa. No quiero acuñar un nuevo statu quo. Lo que quiero es decir “no quiero el que está, no quiero el statu quo que está”.
— Y estás probando.
— Y estoy probando, exacto. Probando y generando nuevos espacios de libertad variable, flexible, para que de acá en adelante podamos escribir otras cosas y pensar otras cosas, también. Porque yo podría haberme quedado en escribir con la E, que lo hice perfectamente en Vikinga Bonsái. Y me encanta la novela, re disfruté escribirla y todo, pero ya lo hice, no me quiero quedar ahí, quiero seguir viendo qué más se puede hacer con nuestra lengua.
— Igual te voy a decir una cosa, el otro día la leía a Carolina Sanín hablando de esto y leo lo que hace en sus ensayos Betina González, y veo que muchas mujeres de la edad de ustedes prueban el género feminino para hablar de todos. Y me parece súper interesante que se empiece a instalar algo de eso, y que deje de ser solamente el juego simpático porque, quién sabe, en algunos años se use de manera indistinta y cada uno elija cómo decirlo y todos entendamos. Podría llegar a ocurrir y ya no sería una excentricidad, quiero decir.
— Mirá, y te digo otra cosa: cuando todo el mundo te habla en masculino y te dicen, por ejemplo, todos aquí pensamos, y vos sos mujer, nadie dice nada, y estamos todos incluidos. Ahora, yo el otro día en una reunión, porque se me patinó, porque claro, yo tengo dos vidas también, ¿no? Entonces dije “para todas es mejor no sé qué”, y un varón colega me dice: “para todos, ¿no?” Como marcando “yo soy varón”. Y entonces yo le dije: “bueno, vos también te podés incluir en el todas así como nosotras nos incluimos en el todos”.
— Claro, ¿por qué te ofende?, sería la pregunta.
— ¿Por qué necesitas marcar tu especificidad de que como vos sos varón y somos 48 millones de mujeres, tenemos que respetar eso? ¿Entendés lo que quiero decir?
— Cómo no lo voy a entender, claro.
— Para mí lo que tenemos que lograr, el objetivo, es que vos uses indistintamente la o, la a, la e; son diferentes maneras de nombrarnos, que podemos incluso articular en momentos distintos. Estamos en lugares distintos usamos formas de nombrarnos distintas. Pero, o sea, yo noto que están como aferrados a eso de que no se desvirtúe porque, bueno, es un reflejo de un mundo también. Un mundo que estamos cuestionando, entre otras cosas, desde la lengua.
— Por supuesto. Pero en tu libro a veces decis “mis madres”, otras veces decís “mis padres”, o sea, aparecen distintos registros dentro del propio libro, y eso para quien no te conoce y te lee por primera vez, al principio puede pensar o bien que es un error, o bien que es una excentricidad, y después vas entrando en ese código. Porque, además, cada escritor construye su propio lenguaje.
— Y otra cosa que también me importa mucho y me parece fundamental es que, en el fondo, si te entregas a la corriente después no importa si dice madre, si dice padre, si dice o, vos estás leyendo lo que te están contando. Y si no entendiste exactamente palabra a palabra, no pasa nada. Porque si no se da esta situación de que ponemos en un pedestal al Ulises de Joyce, que ¿cuántas personas realmente lo entienden? Y después se alarman y les parece imposible leer porque pusiste “cuerpa”. Nunca termino de entender esas cosas...
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