“Volví y me encontré con la mitad de familia muerta”: el duelo de un hombre perdido y el cambio que inició tras imaginar su propio velorio

“Volví y me encontré con la mitad de familia muerta”: el duelo de un hombre perdido y el cambio que inició tras imaginar su propio velorio. Noticias en tiempo real Ayer, 23:20

Hasta los 35 años, Leo Ramal sentía que tenía una vida feliz. Estaba casado con Raquel, tenía tres hijos, una fábrica textil en Mendoza y un trabajo que lo llevaba a viajar permanentemente. Pero también empezaba a sentir que se estaba perdiendo momentos importantes de la infancia de sus hijos. En 2000 tomó una decisión para estar más cerca de ellos y disfrutar de una vida familiar que muchas veces había quedado relegada por el trabajo.

Dos años después, todo cambió. En 2002, mientras estaba en Chile por un viaje laboral que no quería hacer, recibió una llamada que lo obligó a regresar de urgencia a Mendoza. Su mujer y sus tres hijos habían sufrido un accidente. Milagros, de ocho años, murió en el choque. Raquel quedó internada en grave estado y murió 14 días después. Agustín y Catalina sobrevivieron, aunque también resultaron heridos.

Leo volvió a Mendoza y tuvo que enfrentar una vida completamente distinta a la que había dejado horas antes. Mientras intentaba cuidar a sus hijos y atravesar el duelo, comenzó también una lucha contra sí mismo: la angustia, la culpa y una idea recurrente de morir. Meses después entendió que sus hijos necesitaban que volviera a ser padre y que, para hacerlo, primero tenía que encontrar una manera de seguir viviendo.

La terapia, el deporte, su familia y una nueva rutina fueron parte de ese camino. Con el tiempo volvió a correr, participó en triatlones e Ironman y descubrió que su historia podía servir para acompañar a otras personas atravesadas por el dolor. Hoy, a los 59 años, en diálogo con Infobae, habla de resiliencia, aceptación y de cómo construir una vida posible después de una pérdida. “Quiero sentir que esto, haber estado ahí y haberlo contado, le sirvió a alguien”, dice.

—Tu vida puede partirse en dos, antes y después de tus 35 años, cuando un fuerte dolor lo cambió todo. Partamos de ahí, ¿cómo eran tus días?

—Era muy agradables, tengo muy buenos recuerdos. Teníamos una familia con mi mujer y tres chicos. Nos casamos muy jóvenes, Raquel tenía 18 y yo 24 años. Tuvimos a Agustín, dos años después nació Milagros y, siete años más tarde, Catalina. Era empresario textil, tenía una fábrica de ropa en Mendoza, iba a Estados Unidos o Europa a buscar colecciones, porque no había internet. Traía muestras, las desarrollaba y después salía a vender. Creía que tenía problemas: los económicos, que los chicos tuvieran fiebre, que faltaran a la escuela, pero los verdaderos problemas llegaron después.

—¿Extrañabas estar en tu casa?

—Sí, pero era la vida que tenía que llevar, era mi responsabilidad. Con mi primer hijo falté mucho, llegaba reventado, y mi mujer me iba enseñando a ser padre. Cuando los chicos empezaron a crecer me di cuenta de que me perdía muchas cosas entonces nos mudamos a Chacras, más cerca del campo en Mendoza, y en el año 2000 cerré la fábrica para estar más con mi familia: almorzaba en mi casa, nos quedábamos conversando con mi mujer al sol, dormía la siesta, estaba con Catalina. Fueron años muy buenos.

—¿Qué pasó en 2002?

—Yo estaba en Chile. Toda la gente viajaba a vender y yo no quería irme a ningún lado. No me quería alejar más. Pero Raquelita, mi señora, me insistió porque yo tenía muchos clientes allá. Entonces armé un muestrario con los proveedores y crucé a vender. Al segundo día me llamaron y me dijeron que había pasado algo en Mendoza y que tenía que volver. Al principio pensé que podía ser cualquier cosa, que me habían roto la vidriera o algo, pero después una chica que trabajaba conmigo me dijo: “Venite porque parece que hubo un accidente y Raquel está internada y los chicos también”.

—¿Y ahí qué hiciste?

—Empecé a llamar a todos lados. Quería hablar con Milagros, que era la del medio pero hablaba como si fuera la madre. No me atendía nadie, mis papás tampoco. Estaba como loco. Me fui al aeropuerto y saqué el pasaje. Salía a las cinco de la tarde y eran las ocho de la mañana, así que pasé horas dando vueltas, rezando y tratando de hablar por teléfono. Hasta que logré hablar con el Coco, que era médico, padrino de mi casamiento y tío de mi mujer.

—¿Vos ya sabías que era algo grave?

—Sí, porque me dijo: “Raquel está muy grave. Milagros está muy, muy grave. Yo no creo que se salve. Agustín está muy grave también, esperan su evolución. La única que está fuera de peligro es Catalina”. Ahí me quería tirar del segundo piso del aeropuerto, pero después decía: “Tengo que salir. Si Raquel vive, si Agustín vive, hay que seguir”. Y con Milagros no lo podía aceptar. Pensaba: “No se va a morir”.

—Y estabas en otro país, esperando horas para volver.

—Era una cosa tremenda. En ese momento tenía dos negocios, llamaba y no me atendían. Yo no lo sabía, pero estaban cerrados por duelo. Y en mi cabeza pensaba: “Mirá la hora que es y no han abierto el negocio”. Estaba en otro mundo.

—¿Ellos ya habían muerto y no te lo decían?

—Claro. La Mili fallece en el mismo accidente. Raquelita duró 14 días, estuvo entre la vida y la muerte hasta que le tocó morirse. Y Agustín estaba sumamente grave, pero cuando llegué se empezó a recuperar. A la semana me lo pude llevar a la casa.

—Te subís a ese vuelo. ¿Qué pensabas?

—Me subo al vuelo pidiendo que se cayera, quería terminar con mi vida. Llego a Mendoza y me bajo del avión con un muestrario que era un bolso enorme, lleno de muestras. Yo pensaba: “¿Cómo voy a hacer? Tengo que dejar esto rápido para salir corriendo del hospital a verla”. Me separan. Bajo la escalera y Florencia, una chica que conocía y que trabajaba en LAN Chile, me dice: “Leo, vení por acá”. Pensé que me iba a ayudar a hacer Aduana rápido para poder salir, pero me hizo pasar a una sala: estaban mi papá, algunos amigos, mi tío y el Coco. Un tío mío se acerca, me da un tranquilizante y me dice: “Tomate esto y nos vemos más tarde”. Ahí me cuentan todo lo que había pasado.

—Ahí te enterás de que tu hija murió.

—Sí. Agustín estaba muy grave, en terapia intensiva. Raquelita también, y Catalina estaba con mi mamá en la casa. Arrancamos por la sala velatoria porque yo quería ver a mi hija, ahí me iba encontrando con conocidos y pensaba: “Esta gente vino porque seguramente se le murió un familiar”. Fijate lo que pensaba, no entendía que estaban todos esperándome. Pasé, la vi a ella y de ahí nos fuimos al hospital a ver a Agustín. Me hacen pasar a terapia intensiva y él me escucha cuando le digo: “Hijo, todo va a estar bien. Estoy acá al lado tuyo”. Empieza a tener una reacción en el monitor, como que la cabeza le estaba funcionando y los médicos me dijeron: “Bueno, ahora nos quedamos tranquilos”. Todos festejaban, yo seguía sin entender. Ahí salí y fui a ver a Raquelita.

—¿Estaban en el mismo lugar ellos?

—Ella estaba en otro hospital. Cuando la vi estaba linda como siempre, pero no reaccionaba. Tenía una válvula en la cabeza, era un cuadro durísimo. Otra vez sorprendido con toda la gente conocida que estaba ahí, yo pensaba: “¿Habrán venido a un evento?”.

—Vos estabas en shock y no entendías nada.

—No entendía qué estaba pasando. Después pasé a otra sala llena de personas que estaban rezando, se escuchaba ese mantra, una vibración tremenda. Eran sus tías.

—¿Pudiste entender en ese momento que tu hijita, que tenía ocho años, se había muerto?

—No, eso demoró tiempo. Yo lo único que pensaba era que sobreviviera Raquelita porque hacer el duelo solo me parecía imposible, y sostener a Agustín y a Catalina solo me parecía todavía más imposible todavía. En el aeropuerto había pensado: “Pase lo que pase, yo tengo que salir adelante. Vamos a salir adelante. Tenemos que estar todos juntos”. Una cosa era que estuviéramos todos y otra que yo me quedara a cargo. Ella siempre decía: “¿Qué harías vos sin mí?”. Porque yo era buen proveedor, pero en la casa necesitaba que ella me dijera: “Mirá, aquel llora, andá a cambiarle los pañales”.

—¿Qué te decían los médicos de Raquel?

—Era tremendo. Estaban todos esperando un milagro. Yo esperé 14 días. Llegaba al hospital a la mañana, me daban el parte médico y me decían: “Firmá acá porque le tenemos que hacer tal cosa”. Firmaba y lo hacían. Pasaba un día y otro día.

—¿Nunca se enteró qué pasó con sus hijos?

—Ella nunca estuvo consciente, pero yo creía que escuchaba. Entonces le pedía a mi suegra, a mi cuñado, a todos, que entraran y le dijeran que los chicos estaban bien. Yo le mentía porque pensaba que, si se enteraba de que había muerto Mili en un choque donde manejaba ella, no se lo iba a perdonar en su vida.

—¿Y cómo fue contarles a los chicos?

—Se los dije yo, pero para eso faltaba. Una noche estábamos en el hospital con Agustín, ya en una sala intermedia, estaba muy sedado, pero miró la ventana y dijo: “Está la mamá y la Mili”. Me volví loco y empecé a llamar para saber cómo estaba mi mujer. Seguía igual, pero él insistía en que veía a su mamá y a su hermana juntas. Al otro día le dieron el alta y yo empecé a pensar que tal vez Raquel se podía ir.

—Tal vez están juntas.

—Sí, pensaba eso, que ella estaría negociando no dejarla sola. Son cosas que uno piensa para calmar el dolor, pero es algo que nunca vamos a saber.

—Agustín se va de alta y le tenías que contar todo...

—Me lo llevo a la casa de mis padres, a la semana muere la madre pero él seguía muy sedado. A los quince días, estábamos los tres juntos y él no preguntaba por su mamá ni por su hermana, los médicos me decían que se lo dijera, pero me parecía cruel. Mi terapeuta, que fue una genia, me decía: “Hay que darle tiempo. Cuando él te pregunte, ahí va a estar preparado para escuchar la respuesta”. Catalina tampoco sabía, ella tenía tres años, estaba enyesada y tenía las dos clavículas rotas, pero era tan chiquita que se dormía en mis brazos todas las noches.

—¿Cómo es contarle a un hijo eso, cuando vos estás roto y sabés que con lo que le vas a decir lo estás rompiendo?

—Muy duro. Una noche Agustín me pregunta: “Papá, ¿la mamá y la Mili dónde están?”. Se me cayó el mundo. Le dije: “Bueno, ahora vamos a dormir y mañana te cuento”. Él ya lo intuía. Al otro día se lo conté con mi hermana, que es psicóloga. Le explicamos que la mamá y la Mili habían tenido un accidente muy grave, que sus cuerpos se habían dañado tanto que no habían podido sobrevivir y que habían pasado a otro plano. Y le dije: “Acá estamos nosotros y nos vamos a apoyar. Tenemos una familia grande que nos va a acompañar. Me gustaría que encontraras otras madres: tu abuela, tus tías, que siempre tengas muchas madres que te acompañen”. Él al día de hoy se acuerda de eso.

—Y vos tenías que cuidarlos a ellos mientras estabas roto.

—Uno está en un shock tan grande que no puede dimensionar nada. Pero la idea de morirme no se me iba de la cabeza. Era espantoso enfrentar cada día. La ausencia es tremenda. La palabra muerte te atraviesa y te desnuda, te deja en bolas. ¿Qué idea, qué fe? ¿En qué te vas a agarrar? Yo no estaba preparado.

—La ausencia que desestabilizaba todo era también la de Raquel, tu compañera.

—Sí, era mi compañera. Con ella ya habíamos pasado tormentas y solo pensaba: “La puta, ¿cómo hago acá? ¿A quién abrazo?”. Después empecé a tener mucha taquicardia. Fui al médico y me dijo que no era nada serio, pero que eso no se curaba con pastillas, sino con ejercicio. “Te espero mañana en el Club del Parque”, me dijo. Esto fue al tercer mes del accidente, yo apenas podía con mi vida.

—También sería válido que no puedas con nada: te fuiste a un viaje de trabajo y cuando volviste…

—Me encontré con la mitad de mi familia.

—Y tuviste que hacer un duelo con dos nenes chiquitos.

—Llevarlos a la escuela. En ese momento llevaba a Agustín solo porque Cati todavía no iba. Entonces le pedí a mi hermana que me dejara llevar también a sus hijos, que vivían en la casa de al lado. Iban los tres peleándose, haciendo ruido. Y ese ruido me acompañaba hasta la escuela.

—¿Cómo fue el accidente?

—Parece que el auto tuvo una falla en el tren delantero. Se le trabó la dirección y chocó contra un árbol. Un arbolito que había a un kilómetro de mi casa, en una calle grande donde no había nada. Pero había un arbolito y contra eso se dieron. Venían dos sobrinos míos dentro del auto y no tuvieron ni un raspón. Uno de ellos se bajó y pidió auxilio. Ellos decían que se había cruzado un perrito, pero vaya a saber qué pasó. Las pericias decían eso. Mili iba adelante, sin cinturón de seguridad.

—Bueno, entonces el cardiólogo te dice que tenés que moverte...

—Me empiezo a mover. Cuando llego al club tuve suerte, el profesor Carlos Chipitelli me dijo: “Bueno, Leo, esto es un desafío para los dos. Te espero mañana”. Ahí empecé: me sentaba en una bicicleta fija y ponía una cuenta regresiva de 20 minutos. Yo no podía ni pensar, no comía, estaba destruido.

—¿Hacías terapia?

—Sí. Empecé terapia el día que llegué a Mendoza. María Edith, mi terapeuta, con la que ya venía trabajando, fue a verme al hospital. Nos sentamos en una escalera y ella lloraba más que yo. Yo iba a terapia y hablaba de la Mili todos los días.

—¿Y cuándo apareció la medicación?

—En ese momento, en ese quiebre, le pedí medicación. Le dije: “No puedo más”. Yo jamás le había pedido. Me dio una medicación, la tomé uno o dos años y después tuve como un año para dejarla. Fue durísimo.

—¿Cuándo fue el click? ¿Cuándo sentiste que tenías que volver a vivir?

—Estaba en el club, me sentaba en la bici y pensaba: “Ya me quedan diez minutos menos de vida, nueve, ocho, siete”. Estaba todo el día pensando que me quedaba menos de vida. Un día me imaginé mi propio velorio, que entraba Agustín y ahí pensé: “No puedo estar pensando esto. Yo tengo que vivir. Agustín no se puede quedar sin papá”. Me agarró un shock, casi me vuelvo loco, como un ataque de pánico, y a partir de ahí empecé a mirar la vida desde otro lugar. Dije: “Estos chicos necesitan un padre. Esta es mi responsabilidad. Y este padre necesita un Leo Ramal que esté entero y los sostenga”.

—Ahí cambia todo.

—Claro. Y por suerte tuve un equipo impresionante. Me fui a vivir con mi papá y mi mamá y, en las casas de al lado, vivían mis hermanas. Era un lugar tipo campo, muy grande, donde los chicos salían, corrían, jugaban.

—Gran decisión.

—Yo estaba para llevarlos a la escuela, a una maestra particular, al médico, para hacer todo lo que tenía que hacer. Pero ese ecosistema familiar me ayudaba a sostenerlos y a no estar solo.

—Había comunidad, una crianza en red.

—La verdad que sí. Tiempo después escuché a Boris Cyrulnik, especialista en resiliencia, hablar de la importancia del método, de tener una rutina de vida estable, porque eso serena la mente. Yo soy muy metódico y era lo que necesitaba, tenía que crear una vida vivible, porque eso que me había quedado era invivible, insoportable. Entonces fui creando una nueva vida: llevar a los chicos a la escuela, hacer deporte, un poco de trabajo.

—¿Y cuándo recordás haber vuelto a sentirte contento?

—El primer verano empecé a sentirme cómodo con la vida del club. Llevaba a los chicos conmigo y empecé a correr con una chica que era maratonista. Ella me presentó a toda su familia y los domingos íbamos a hacer un asado. Nos integraron a su familia. Me acuerdo de estar ahí en el club, tirado con una pelota, durmiendo la siesta, escuchando a los chicos jugar y reírse. Y decía: “Qué felicidad, qué paz”. Necesitaba paz.

—Y ahí empezaste a disfrutar de las cosas chiquitas.

—Sí. Ya no podía pensar en mañana porque creía que algo nuevo podía pasar, que los atropelle un auto o algo. Después de perder un hijo decís: “Estos dos que me quedan los tengo que cuidar de otra manera porque les puede pasar cualquier cosa”.

—El deporte también te permitió salir de la mirada de los demás.

—Sí. Me abrió un mundo donde la gente no me conocía, entonces nadie me decía: “Che, Leo, ¿cómo estás? ¿Cómo están tus hijos? Qué duro lo que les pasó”. Yo estaba haciendo un trabajo para estar bien y de repente alguien me miraba con lástima, y vos inmediatamente respondés desde una actitud de víctima. Yo no quería ser víctima. Quería salir de eso, volver a reírme, volver a ser feliz y que mis hijos fueran felices. Y sobre todo, darles el ejemplo de un padre que pudo salir de la tristeza y que ellos también tenían que vivir así.

—¿Cuándo llegó la primera carrera?

—En 2003 corrí un triatlón. Estaba en el club y leo en el diario: “Triatlón Vendimia”. Veo las distancias: 750 metros de natación, 20 kilómetros de ciclismo y cinco kilómetros corriendo. Dije: “Esto yo lo hago”. Le pregunté al profesor, me dijo que me inscribiera y que me prestaba la bicicleta. Fui, me inscribí y corrí. Y ahí fue toda mi familia: mi papá, mi mamá, mis hermanas, mis cuñados, todos mis sobrinos. Mi mamá con una canasta llena de comida. Ella creía que iba a subir al Aconcagua.

—Era subir al Aconcagua.

—Sí, para mí era.

—Pero también era conectar con algo que había quedado pendiente desde chico.

—Sí. Yo siempre había querido hacer deporte. Pero empecé a trabajar a los 14 o 15 años y después no volví al club. Me fui a trabajar.

—Después también empezaste a comunicar lo que habías vivido.

—Sí. Me dediqué mucho al deporte hasta 2016. En 2015 corrí mi último Ironman. Corrí cuatro en total. Es una prueba muy dura: 3.800 metros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42 kilómetros corriendo. Pero era disfrutar todo, una nueva vida y, a partir de ese último quiebre, la vida pasó a ser algo sumamente intenso y agradable. Hoy sé lo que es el dolor, la tristeza, la angustia, la ausencia. Son cosas de las que se habla poco pero se viven. Hoy tengo 59 años y me ha tocado pasar por un montón de esas cosas. Antes, para mí, una pérdida durísima había sido perder mi fábrica. Después dije: “La puta, esto es el dolor”.

—¿Y cuándo te diste cuenta de que tu historia podía ayudar a otros?

—En 2014. En 2013 fui a correr un Ironman a Sudáfrica. Cuando dejamos las bicicletas vi a un padre que corría con su hijo. El padre lo hacía por el hijo porque el hijo se lo había pedido. Y yo pensé: “Estoy corriendo esto para colgarme una medalla. Soy un ridículo”. Si puedo nadar y correr, tengo que hacerlo por alguien. Todo este esfuerzo tiene que tener un sentido más trascendente. A mi vuelta me comuniqué con una fundación, di una charla y empezamos a ayudar a otras personas con donaciones.

—Y ahí le encontraste el sentido.

—Sí. Recién en 2017 me invitan a dar una charla. Di dos y pensé que podía estar muy bueno, pero todavía tenía muchas cosas por resolver, el negocio y otras prioridades. También terminé una casa donde quería irme a vivir con mis hijos. Me decía: “Si podés terminar un Ironman, podés terminar una casa”. Me costó un montón, pero lo hicimos.

—¿Y hoy cómo estás? ¿Cómo están tus hijos?

—Hoy estoy en un muy buen momento. Los chicos también están en su mejor momento. Agustín tiene 34, hace constelaciones familiares y le va muy bien. Catalina es profesora de Educación Física, le gusta la montaña, trabaja ahí y estudia para guía de montaña.

—¿Qué mensaje querés que quede de Leo?

—El mensaje es que el dolor es algo difícil, es muy duro, pero el dolor y la tristeza no son malos. Nos acompañan en un momento en el que nos llevan hacia adentro, a conocernos mejor y a rehacernos de una manera más íntegra. Mientras mejor nos tratamos internamente, mientras mejor cultivamos nuestros jardines profundos, mejores frutos y más brillo vamos a tener.

—¿Hay algo que no hayamos hablado que te parezca importante agregar?

—Si hay un mensaje, es ese: la aceptación. Aprender a aceptar, yo diría que es lo más importante. Nosotros escuchamos hablar de resignación, pero hay una diferencia entre ambos términos. La resignación viene de resistirse. Cuando me resisto a algo y llega un momento en que eso me gana la pulseada, en este caso la muerte o la ausencia, pero la aceptación me permite reconocer lo que pasó y qué puedo hacer a partir de eso. Entonces puedo tomar toda esa fuerza que usé para resistirme y usarla para seguir. A partir de ahí puedo empezar a cultivarme y dar mejores respuestas.

—¿Costó volver a enamorarse? ¿Hubo culpa?

—Sí, pasó un montón de tiempo. Cuesta porque inconscientemente uno no quiere pasar por el dolor nunca más. La culpa estuvo durante los primeros años, hasta que pude elaborarla. Pensaba: “¿Por qué no me morí yo primero? ¿Cómo se va a morir mi hija antes que yo?”. Pero eso no lo decidía yo. También pensaba: “¿Cómo puede ser que me haya ido a Chile y la haya dejado a ella?”.

—Hoy entendés que te fuiste a trabajar. En ese momento no.

—Hoy entiendo que las cosas pasaron así porque tenían que pasar así. No sé cómo hubiera reaccionado si hubiera estado acá.

—Y ahí está la aceptación.

—Claro. A veces pasan cosas que uno no decide.

—¿Hoy sos un tipo feliz?

—Sí, hoy soy un tipo feliz. Hace mucho tiempo que me reconozco como feliz. También reconocí que hubo dolor siempre dentro de mí, solo que antes no le ponía palabras. No sabía que eso que me incomodaba era dolor. Me arriesgo a decir que todos los seres humanos tenemos un dolor que traemos desde chicos y ni siquiera sabemos que se llama dolor. Cuando empecé a buscar y a ordenar adentro decía: “Este no viene del accidente. ¿De dónde viene este que está haciendo ruido?”. Y ahí entendí que había cosas que venían de antes.

—Te agradezco mucho la confianza para contar tu historia.

—A vos, me quiero sentir útil. Quiero sentir que esto, haber estado ahí y haberlo contado, le sirvió a alguien.


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