
La relación entre generaciones y la resiliencia frente a la frustración y la tecnología expone profundas diferencias, enraizadas en el entorno social y tecnológico en el que cada cohorte ha crecido.
Según la psicóloga Ileana Mateo (matrícula 2713), las generaciones nacidas entre 1950 y 1970 desarrollaron una mayor tolerancia a la frustración y resiliencia, modeladas por un contexto caracterizado por la estabilidad institucional y la previsibilidad social.
En contraste, quienes integran la Generación Z y Alpha experimentan una mayor dificultad para enfrentar la frustración, en parte por el entorno de inmediatez, lo que ha transformado sus herramientas de afrontamiento y su manera de construir identidad.
Mateo sostiene que el contexto histórico opera como un “clima psíquico” que, aunque no determina de forma absoluta, condiciona el modo en que las personas piensan, desean y se angustian. Cada generación comparte un trasfondo común que organiza las formas de sentir y de interpretar el mundo. Este trasfondo no cancela la diversidad individual, pero sí estructura ciertas formas de subjetividad que diferencian a una cohorte de otra.
Cuando hablamos de generaciones, ¿tiene sentido pensar que el contexto histórico influye en la construcción de la personalidad?
Sí, tiene mucho sentido. Somos seres sociales y no sujetos aislados: nos constituimos en diálogo permanente con la época que nos toca vivir. Y ese “diálogo” no siempre es consciente; muchas veces se filtra en forma de valores, miedos, ideales y modos de vincularnos que damos por naturales.
La época funciona como una especie de “clima psíquico”. Así como el clima condiciona qué ropa usamos, el contexto histórico condiciona —sin determinar de forma absoluta— cómo pensamos, qué deseamos y qué nos angustia. Por ejemplo, no es lo mismo crecer en una sociedad donde predominan la estabilidad y las normas claras, que en otra atravesada por la incertidumbre, la aceleración y el cambio constante. Cada una de esas condiciones deja huellas distintas en la subjetividad. Zygmunt Bauman en sus desarrollos describió cómo los cambios sociales —como la inestabilidad o la fluidez de los vínculos— impactan directamente en la identidad contemporánea.

Ahora bien, el peso de la época no es total ni homogéneo. No todos los sujetos de una misma generación son iguales, porque intervienen otros factores: la historia familiar, la clase social, las experiencias singulares. Pero sí hay algo compartido, un trasfondo común que organiza ciertas formas de sentir y de interpretar el mundo y es desde ese lugar que es interesante pensar en clave generacional no para encasillar, sino para poder comprender, ampliar la mirada, a los atravesamientos históricos, políticos, económicos, sociales que marcan a las generaciones.
Desde una lectura más clínica, podríamos decir que cada época ofrece “formatos” particulares para tramitar el malestar. No desaparecen los conflictos psíquicos, pero cambian sus formas de expresión.
Lo que en otro momento se presentaba como represión o culpa, hoy puede aparecer más ligado a la ansiedad, la autoexigencia o la sensación de insuficiencia, incluso al acting out o pasaje al acto. Lo que antes se tendía a elaborar psíquicamente hoy se tiende a descargar. La época no solo influye: también habilita y limita. Abre posibilidades... pero al mismo tiempo impone exigencias... Y es en esa tensión donde se va configurando la personalidad.
No elegimos la época que nos toca, pero sí nos construimos en relación a ella. Y esa relación —a veces de adaptación, a veces de resistencia— es parte central de quiénes somos.

Quienes nacieron en los años cincuenta y sesenta crecieron en contextos de mayor estabilidad en algunos aspectos, pero también con estructuras más rígidas. ¿Qué marcas psicológicas suele dejar eso?
Se trataba de contextos de mayor estabilidad —bajo instituciones fuertes y estables: la familia nuclear, el trabajo como eje organizador de la vida, la escuela como autoridad incuestionada—. Ese marco ofrecía previsibilidad, roles definidos, normas más claras; una estructura más estable. Eso favorecía subjetividades organizadas en torno a la represión, al deber, la responsabilidad, el compromiso y la postergación de la satisfacción, tolerancia a la frustración.
El famoso ejemplo de "Mi hijo el doctor“, donde el deseo del padre era que su hijo estudie para que llegue a ser doctor y esto le traería ascenso social y económico. Las personas aspiraban a obtener un empleo, crecer dentro de la institución y jubilarse en la misma. Hoy esto no existe. Esto daba seguridad, certeza de futuro. La palabra tenía poder y peso, se confiaba en ella. El esfuerzo era un valor central y la identidad muchas veces se anudaba al rol (trabajador, padre, madre) más que al deseo propio. Al mismo tiempo, esa rigidez implicaba costos: menor margen para lo singular, más represión afectiva, dificultad para tramitar lo que no encajaba en lo esperado. El malestar tendía a silenciarse más que a expresarse.
Esta generación aprendió a respetar a la autoridad y no cuestionarla, a callar, adaptarse o resistir antes que a expresar. Al punto de poder llegar a tener dificultades para registrar el malestar propio o a “aguantar” más de lo necesario, el famoso sacrificio.

Las generaciones nacidas en los setenta y ochenta atravesaron grandes cambios políticos, económicos y tecnológicos. ¿Qué características emocionales o adaptativas suelen aparecer en quienes crecieron en ese tránsito?
Esta es la generación de la que soy parte, quedamos en una especie de “bisagra histórica”: no crecimos del todo en un mundo analógico, pero tampoco fueron nativos digitales. Vivimos la caída de las certezas y la crisis de las instituciones. Ahí aparece con fuerza la experiencia de la inestabilidad. Caída de referencias, crisis recurrentes, transformaciones en el mundo del trabajo.
Clínicamente se observan subjetividades más entrenadas en la adaptación y la reinvención, pero también atravesadas por cierta fragilidad en los proyectos a largo plazo, los roles se encuentran desdibujados. Se desplaza el eje del “deber ser” al “tener que arreglárselas”, con mayor carga de autoexigencia.

Esta generación estuvo atravesada por la experiencia de que las certezas pueden caerse. Quienes nacieron después de 2000 crecieron con internet, redes sociales e hiperconectividad. ¿Cómo impacta eso en la construcción de identidad y en la forma de vincularse?
Quienes nacieron después de 2000 no “incorporan” la tecnología: se constituyen en ella. La identidad y los vínculos ya no se arman primero en lo íntimo para luego mostrarse, sino que muchas veces se van construyendo en simultáneo con la mirada del otro.
La identidad plástica y editable que se construye en un escenario de visibilidad permanente. La mirada del otro ya no es localizada, sino expandida y constante. Esto habilita mayor diversidad y autoexpresión, pero también introduce fragilidad: identidades más expuestas a la validación externa, más sensibles a la comparación y a la lógica de rendimiento.
Es una subjetividad que se arma en un entorno donde el otro está siempre presente, incluso cuando no hay encuentro cara a cara. Y eso cambia las reglas: obliga a construir un “sí mismo” que no solo se siente, sino que también se muestra, se mide y se negocia permanentemente.
En los vínculos predomina la inmediatez: mucha conexión, pero no siempre lazo. Se amplía la red, pero se dificulta la profundidad y la continuidad. Los vínculos son virtuales pero muchas veces no son reales, no es el ejercicio del contacto con el otro. Ante la caída y estallido de las instituciones aparecen vivencias de desamparo, miedo y soledad.
Con la cultura del bienestar como mandato, la ilusión de completud y plenitud donde el sufrimiento debe ser silenciado o patologizado, donde no hay lugar para la vulnerabilidad real, los síntomas que encontramos son culpa y vergüenza por sufrir y la patologización del malestar común.

¿Se puede decir que cada generación desarrolla formas distintas de resiliencia? ¿Qué diferencias aparecen?
La resiliencia es cómo se procesa la adversidad según el contexto disponible: valores, redes, discursos, herramientas. Cada época produce los recursos psíquicos que necesita… y también sus puntos ciegos. En contextos más estables, el recurso central era la tolerancia y la adaptación a normas externas. En contextos más inciertos, el recurso pasa por la flexibilidad y la capacidad de reconfiguración.
Hoy hay sujetos muy hábiles para moverse en lo cambiante, pero con más dificultad para sostener procesos, tolerar la espera y elaborar la frustración. Muchas veces se dice que las generaciones mayores toleraban mejor la frustración. ¿Es una percepción real o una idealización retrospectiva? Hay algo de ambas cosas. Existían condiciones que entrenaban más la espera: menor inmediatez, trayectorias más lineales, menos estímulos constantes. Pero también hay idealización. Muchas veces esa “tolerancia” era, en parte, silenciamiento o resignación frente a lo dado. No necesariamente implicaba mayor elaboración psíquica. En cambio, las generaciones más jóvenes crecieron en un contexto atravesado por la inmediatez, la hiperconectividad y una mayor legitimación del malestar psíquico. Esto no necesariamente implica menor tolerancia a la frustración, sino otra relación con ella: menos naturalizada, más visibilizada, y sobre todo resulta más difícil de tramitar porque el entorno ofrece soluciones rápidas que evitan el proceso y no cuentan con red de sostén – la estructura sólida de las instituciones.
Si lo pensás clínicamente, la pregunta interesante no es quién tolera más, sino qué hace cada sujeto —en su contexto— con la frustración: si la puede simbolizar, si la actúa, si la evita o si queda atrapado en ella.
¿La inmediatez que domina el presente modifica la capacidad de espera, de esfuerzo sostenido o de elaboración emocional?
Sí, la inmediatez impacta directamente en la economía psíquica. Se debilita la capacidad de espera y se dificulta el armado de procesos que requieren tiempo. Y en términos emocionales, muchas veces interfiere en la elaboración: en lugar de atravesar lo que incomoda, aparece la distracción, el reemplazo o el alivio rápido.
Pero esto no significa que hoy no se pueda esperar, esforzarse o elaborar. Significa que esas capacidades ya no vienen tan “entrenadas” por el contexto y requieren más trabajo subjetivo, más decisión y, sobre todo, más acompañamiento.

La sobreinformación y la comparación permanente generan saturación, dispersión y una sensación constante de insuficiencia y desorientación. El ideal se vuelve inalcanzable porque siempre hay otro mejor posicionado. Esto favorece ansiedad, saturación, dificultades en la concentración y una relación más exigente y menos compasiva con uno mismo.
¿Las nuevas generaciones tienen menos herramientas para enfrentar la adversidad o simplemente tienen herramientas distintas?
No tienen menos herramientas, tienen otras, más acordes a la época. El problema es que muchas veces no alcanzan frente a la intensidad de las exigencias actuales y para construir las herramientas psíquicas se necesita una red y una base segura. Hoy son claves: la capacidad de tolerar la frustración, de sostener procesos en el tiempo, de construir una identidad menos dependiente de la validación externa y de generar lazos significativos y reales.
También resulta fundamental recuperar espacios de desconexión, de arte, danza, juego, de intimidad psíquica, donde no todo esté mediado por la mirada del otro, por la imagen y donde se ponga el cuerpo, se habilite el encuentro con otro, diferente. Espacios donde los jóvenes puedan experimentar el sabor del encuentro y donde lo que irrumpe pueda encontrar palabras en lugar de pasar al acto.
Por otro lado, creo clave el contacto con la naturaleza, el aire libre y la vuelta a una alimentación más natural, sin tantos ultraprocesados…
En el vínculo entre generaciones suele aparecer incomprensión mutua. ¿Por qué cuesta tanto el diálogo intergeneracional? ¿Qué pueden aprender las generaciones más jóvenes de las mayores y viceversa?
Lecturas simplificadas tales como: “los jóvenes no toleran nada” / “los mayores no entienden nada”. Esas etiquetas cierran la escucha. Cuando el vínculo deja de ser una comparación (“quién está mejor”) y pasa a ser un intercambio.
Sublevarse contra la verdad oficial del mundo adulto es un proceso necesario y saludable para la adquisición de una identidad individual y social”, Freud dice que el desasimiento de la autoridad parental es una operación necesaria para el crecimiento. El problema es que a veces no hay autoridad a la que cuestionar, no hay referente.
¿Qué rol cumplen hoy la familia, la escuela y los vínculos afectivos en la construcción de herramientas emocionales?
Siguen siendo fundamentales, y desde mi lectura creo que hay que resignificar su función, rescatar su valor dado que ya no operan con la misma autoridad que en otros momentos. Las instituciones están más cuestionadas y eso modifica su eficacia simbólica.
Más que imponer normas, hoy el desafío es ofrecer referencias, sostén y presencia. Espacios donde se pueda tramitar la frustración, poner en palabras lo que pasa y construir cierta continuidad en un contexto fragmentado. Creo que los adultos tenemos el desafío de apostar a la reflexión, al vínculo, registro del otro, dar tiempo, a la construcción de velos, de filtros, de límites —el no como recurso habilitador y que da marco y contención.
En términos de salud mental, ¿qué desafíos específicos enfrentan hoy los jóvenes que no enfrentaban generaciones anteriores?
Hoy muchos jóvenes no llegan a consulta solo con “síntomas”, sino con una sensación más difusa: no saber bien cómo estar en el mundo sin sentirse desbordados o vacíos. Y eso tiene bastante que ver con las condiciones de época.
Creo que uno de los mayores desafíos es la fragilidad de las referencias. Las instituciones, los relatos colectivos, incluso ciertas figuras adultas, ya no organizan como antes. Esto deja a muchos jóvenes con la tarea —muy exigente— de armar brújula propia sin demasiados puntos de apoyo. Aparecen más incertidumbre, más autoexigencia, más sensación de estar “a la intemperie”.
En términos clínicos hay otras formas de sufrimiento, más ligadas a la dificultad de simbolizar, de sostener la continuidad del yo y de armar lazo en condiciones inestables. Muchas veces no traen un problema puntual para resolver, traen la experiencia de no encontrar dónde apoyarse. Y ahí, el trabajo es ayudar a construir algo de ese sostén que la época no garantiza.
Si tuvieras que pensar qué necesita una nueva generación para atravesar un mundo cada vez más incierto, ¿qué elementos no deberían faltar?
Si hay algo que las nuevas generaciones no necesitan es más adultos que expliquen el mundo como si siguiera siendo el mismo. Lo que sí necesitan y muchas veces no encuentran:
Adultos disponibles, no invasivos
Presencia real, no solo control ni indiferencia. Estar sin aplastar. Poder alojar lo que traen sin traducirlo automáticamente a “problema” o “falta”.
Lectura de época (no nostalgia)El mundo que habitan está marcado por la incertidumbre, la hiperexposición y la fragilidad de referencias. Si el adulto responde desde “en mi época…”, se corta el puente. Necesitan adultos que puedan pensar este tiempo, no negar el cambio.
Límites consistentes (aunque incomoden)
No piden ausencia de límites, sino límites que tengan sentido, que no sean arbitrarios ni cambiantes. El límite hoy funciona más como orientación que como imposición.
Adultos que toleren el conflicto
Muchas veces el acting out o los pasajes al acto aparecen donde no hay espacio para tramitar. Necesitan adultos que no se retiren frente al enojo, la angustia o la desorganización.
Validación sin idealización
Ni “todo está bien” ni “todo está mal”. Poder reconocer lo que sienten sin convertirlos en frágiles ni exigirles dureza excesiva.
Modelos, no discursos
Más que consejos, necesitan ver cómo un adulto maneja frustración, incertidumbre, deseo, límites. La transmisión hoy pasa más por la coherencia.
Espacios de desaceleración
En un contexto de estímulo constante, alguien tiene que habilitar pausas. No como castigo, sino como posibilidad de procesar.
Confianza en su capacidad

Si el adulto solo ve riesgo, falla o amenaza, el joven queda capturado ahí. Necesitan que alguien sostenga la idea de que pueden construir algo propio, incluso en condiciones adversas. En una época que empuja a soltar, el mayor acto adulto es quedarse. En ese sentido, “quedarse” no es solo una actitud vincular, sino una toma de posición frente a las condiciones de época: implica resistir la lógica del descarte, la aceleración y la desvinculación. Allí, el adulto no garantiza certezas ni estabilidad plena, pero puede ofrecer algo decisivo: una presencia que no se retira, una referencia que, aún incompleta, permite que lo humano no se diluya en la intemperie contemporánea.
En este sentido, mi invitación es ir de la queja de la época al juicio crítico para poder pensar y construir de manera creativa nuevas formas de habitar este tiempo tan complejo en el que vivimos, teniendo plena conciencia que el amor es lo que nos salva y ayuda a sobrevivir.
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