3de mayo de 1862, por la tarde noche.
Los efectivos del Ejército del Centro no provenían solo de los barrios queretanos; a sus filas se sumaron hombres de San Luis Potosí, Guanajuato e Hidalgo, y parte de la Sierra de Querétaro que llegaron al mando del gobernador José María Arteaga, quien fiel a la causa republicana logró mandar efectivos hasta donde le fue permitido. Una vez estuvieron cerca de las grandes formaciones de batalla se le dio la orden de regresar a proteger todos los caminos que dirigían hacia el centro de la república.
Un soldado del cuartel del general Zaragoza del Ejército de Oriente le entrega en la propia mano del general Arteaga un sobre; viene una orden de Estado.
“… a los pies del águila republicana y con el corazón henchido de orgullo se le ordena custodiar todos los caminos que lleven al centro de la república. Estamos preparados para que en cualquier momento tengamos un enfrentamiento con los invasores. Prestos custodiamos el resguardo de Puebla. A tiempo y orden del 4 de mayo de 1862. Firma: Ignacio Zaragoza.”
Las fuerzas armadas del Ejército del Centro esa misma noche regresaron por el camino hacia los fuertes monolitos de la Ciudad de México, apenas habían tocado el suelo poblano la orden fue resguardar la retaguardia. Regresaron en perfecta formación hacia lograr hacerse en batallones dispersos la custodia de caminos, especialmente las salidas hacia la ciudad de Querétaro que era la más estratégica porque llevaba al corazón de las minas y los vastos llanos de siembra.
El general y gobernador de Querétaro Arteaga no fue requerido en el campo de batalla con su Ejército del Centro en la posición en Puebla contra los franceses, porque tuvo el pasado 28 de abril la batalla de Acultzingo, una escaramuza en un estrecho entre las fronteras de Puebla y Veracruz, donde hizo valer la contundencia de los jóvenes soldados queretanos.
Casa de Campo del general José María Arteaga, madrugada del 5 de mayo de 1862.
El aire dentro de la tienda era denso, un caldo espeso de humedad, tabaco de hoja y el punzante aroma del fenol que el médico había derramado sobre la herida que le provocó la batalla en los linderos de Veracruz al general Arteaga.
La lona de la carpa, de un blanco sucio castigado por el polvo del camino, filtraba una luz amarillenta y agónica que hacía que las sombras de los capitanes se proyectaran sobre las paredes como gigantes espectrales.
Se sentó frente a la pesada mesa de cedro, cuyos bordes estaban astillados por el constante subir y bajar de las carretas. Sobre ella, un mapa de la República, manchado de café y de alguna gota de la propia sangre que se había secado hasta volverse de un color ocre oscuro, marcaba el destino. En las esquinas, cuatro candelabros de latón sostenían velas de sebo que lloraban cera caliente, su olor rancio mezclándose con el aroma del cuero húmedo de las botas y el metal frío de los sables apoyados contra el mástil central.
—Miren este mapa, caballeros —les dijo, señalando con la mano sana, mientras la otra, envuelta en un vendaje que ya empezaba a supurar un tono rosáceo, descansaba como un peso muerto—. Aquí, en el Bajío, es donde late el corazón de México—.
El ambiente en la habitación cambió. Se podía escuchar el crujido de la lona sacudida por el viento de la sierra y el relincho lejano de un caballo. El bronce de los botones de sus guerreras, de sus rostros curtidos por el sol del camino y el cálido resplandor de la esperanza que aún quedaba.
Un capitán se acercó, y pudo oler en él pólvora vieja y el sudor de la marcha. Los ojos, cansados pero encendidos por la fiebre de la herida y del deber, los recorrieron uno a uno—La orden es clara —continuó, y su voz sonó como el roce de dos espadas—.
—Vayan con sus batallones. Que sientan el peso de sus espuelas en el empedrado de nuestras plazas. Que el invasor sepa que, si sobrepasa Puebla, se encontrará con un avispero de patriotas en cada rincón del Bajío. El Ejército del Centro no es una formación de desfile; es la guardia personal de la soberanía—
Los capitanes cuadraron los hombros en un solo estrépito de espuelas y correajes de cuero. En ese instante, la tienda de campaña dejó de ser un refugio de lona para convertirse en el sagrario de la resistencia. Salieron en silencio, dejándolo solo con el crepitar de las velas y el eco de sus pasos, mientras, José María Arteaga, cerraba los ojos imaginando ya el rugido de los cañones que defenderían nuestra tierra. Tiene mareos por la fiebre, divaga un poco, pero no deja la concentración.
En sus pensamientos logra recordar los sucesos ocurridos que le hicieron esa herida punzante de tiro de bala en su mano. Un poco los estruendos de los cañonazos franceses de Acultzingo, viniendo a su mente los hechos de la batalla; tomó un lápiz y comenzó a escribir lo que recordaba en la bitácora de formación, para el retiro del apoyo al Ejército de Oriente.
“… El sol de aquel 28 de abril de 1862 caía como plomo sobre nuestras cabezas, pero el aire que subía por la garganta de la montaña traía el olor metálico de la pólvora y el frío de la muerte. Yo, José María Arteaga, al frente de mi brigada que, por orden del General Ignacio Zaragoza, sentía el pulso de Querétaro, sus jóvenes soldados y del centro de mi patria latiendo en el pecho de mis soldados.
—¡Firmes, hijos de la República! —les grité, mientras el polvo de las Cumbres de Acultzingo nos nublaba la vista.
Estábamos allí por una razón sagrada: ganar tiempo. Sabíamos que no podíamos aniquilar al invasor en estos riscos, pero debíamos herir su orgullo, morderles los talones y demostrarles que el suelo que pisaban no era de su imperio, sino de nuestra libertad.
Si los deteníamos aquí, Zaragoza tendría las horas necesarias para convertir a Puebla en un muro inexpugnable.
A lo lejos, las columnas francesas —esos zuavos que se creían dueños del mundo— empezaron a trepar por el caracoleante camino. Parecían hormigas azules ascendiendo por una herida en la montaña.
—¡Fuego! —la orden retumbó y el estruendo de nuestros fusiles rompió el silencio de la sierra.
El combate se volvió un caos de gritos y humo. Sentí de pronto un golpe seco, un calor ardiente que me recorrió el brazo. Miré mi mano: la sangre brotaba roja y espesa, un balazo me había alcanzado.
El dolor era un aguijón, pero el honor era más fuerte. Envolví la herida con un jirón de tela y seguí señalando el horizonte con el sable. No podíamos flaquear; cada minuto que resistíamos en Acultzingo era un ladrillo más en los fuertes de Loreto y Guadalupe.
Poco a poco, la superioridad numérica de sus bayonetas nos obligó a retroceder, todo estaba calculado. Pero nos retiramos como hombres, paso a paso, cubriendo la retaguardia de la Segunda División. Lorencez, con esa arrogancia europea, creyó que nos había derrotado porque nos vio partir. No entendía que en esa retirada estratégica iba la semilla de su desastre.
¡Mordieron el anzuelo!
Dejamos las cumbres teñidas de sangre, pero con la frente en alto. Yo me alejé con la mano destrozada, sabiendo que mi papel en la batalla final que se avecinaba en mayo sería el de un espectador herido, pero con la satisfacción de que mis muchachos, los hijos del Centro, habían sido el primer escudo de la Nación…”
Dejó el lápiz y tomó su mano herida, amoratada con tensores de calambres, sentía que la fiebre le supuraba. Volvió a blandir el lápiz, pero ahora en su ejercicio de reportar, prefirió y tomó ya de una vez la pluma. Entintó la punta y comenzó a escribir de nuevo.
“… La guerra, como bien decía von Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios, pero para el soldado en el frente, no es política… es una danza macabra de vísceras y acero…”
Hizo una pausa, recordando los rostros que vio en la vanguardia.
“… Eran apenas unos niños, caballeros. Jóvenes con el bozo apenas asomando en el labio, con los ojos todavía cargados de la ternura de los hogares queretanos. Sus madres, esas mujeres de temple de nuestra tierra, nos los entregaron con la bendición en la frente, confiando en que el honor sería un escudo suficiente. Pero el honor no detiene el frío del acero francés.
Vi el momento exacto, continué, y mi voz se tornó un susurro cortante. Vi cuando las bayonetas de los zuavos, largas y afiladas como agujas de carnicero, perforaban las casacas de lana de mis muchachos.
No hay elegancia en el cuerpo a cuerpo. Hay un sonido… un sordo desgarro de tela y carne cuando la punta atraviesa el pecho, buscando el corazón. He visto a esos hijos de Querétaro mirar al invasor a los ojos mientras el metal les robaba el aliento, susurrando el nombre de su madre o de su patria antes de que la luz se apagara en sus pupilas…”
Sus dedos sanos tamborilearon sobre la mesa, buscando consuelo en la madera.
“… Napoleón decía que el valor no se puede falsificar, es una virtud que escapa a la hipocresía. Y qué valor mostraron esos niños. Se aferraban al cañón del fusil enemigo con las manos desnudas mientras el acero ya les había partido el esternón. En ese choque de bayonetas, la filosofía se vuelve amarga: comprendes que la libertad es una diosa sedienta que solo se sacia con la sangre de los más puros.
Es una contradicción trágica que una patria letrada, deba ordenar estos sacrificios. Estudiamos las tácticas de Jomini y las grandes gestas de la antigüedad para terminar viendo cómo el barro de la montaña se bebe la vida de los hijos de nuestras mujeres.
Pero no se equivoquen: cada bayoneta francesa que atravesó un corazón queretano no hizo más que clavarnos más hondo a esta tierra. El cuerpo cae, pero la idea… la idea de la República es inmanente y sobrevive al despojo carnal.
Abrió los ojos y miró fijamente a sus oficiales en la parte exterior de su casa de campaña, que ya ordenaban la nueva disposición de sostener los caminos y soportar la retaguardia. El olor a tabaco y sangre vieja parecía condensarse en un silencio sepulcral.
¿Quién dirá a las madres la verdad? que la muerte en el campo de batalla no es el fin, sino la transmutación del individuo en la historia. Y que, si el enemigo busca nuestros corazones con su acero, lo único que encontrará será una voluntad que no conocen los manuales de táctica europeos…”
Continuó escribiendo más ideas que le venían a la cabeza, pero esas ya no son de la relevancia amigo lector de los verdaderos acontecimientos. El general José María Arteaga comenzó a divagar por la fiebre. No fue requerido por Ignacio Zaragoza para encargarse de un batallón para la batalla que se esperaba fuera pronta en los fuertes de Loreto y Guadalupe de Puebla.
Ciudad de Querétaro, llegan las noticias de los hijos muertos.
El repique de las campanas de la Parroquia de Santiago se arrastraba por las calles empedradas. Era una tarde de comienzos de mayo, pero el aire en Querétaro se sentía gélido, cargado con el presagio de la tragedia. A lo lejos, por el camino de México, apareció la procesión de la agonía: una fila de carretas de bueyes, cuyos ejes crujían bajo el peso de cajas de madera ruda, sin cepillar, que goteaban el rastro de la derrota de Acultzingo.
Las madres de Querétaro, envueltas en sus rebozos negros como cuervos heridos, se agolparon en la entrada de la ciudad. No había orden, solo un rumor de rezos que pronto se convirtió en un alarido colectivo.
Cuando las carretas se detuvieron frente al Convento de la Cruz, el aire se llenó del olor dulzón y pútrido de la muerte que ha viajado bajo el sol, mezclado con el aroma del incienso que las beatas quemaban en un intento inútil por purificar el dolor.
Fue una escena dantesca. Los cuerpos que llegaron fueron los fallecidos en el campo de batalla, pero nunca llegaron los destrozados por los cañones napoleónicos.
Aquellas mujeres, que meses atrás habían despedido a sus hijos con flores y bendiciones, ahora se lanzaban sobre los cajones con una ferocidad desesperada. Se peleaban por un espacio, rasguñando la madera con las uñas sangrantes, exigiendo que se abrieran las tapas para reconocer un rostro, una cicatriz, o el remiendo de una camisa que ellas mismas habían cosido.
—¡Es mi Lorenzo! ¡Ese rizo es de mi niño! —gritaba una, mientras otra, al ver el pecho destrozado por la metralla francesa de un cuerpo que no era el suyo, caía de rodillas, desgarrándose el vestido, atrapada en la incertidumbre de no saber si su hijo yacía en esa carreta o se había quedado a abonar los campos de Veracruz con sus huesos.
El corazón de Querétaro se rompió ese día. Las plazas se volvieron un osario de gritos mudos. El dolor de las madres no era solo por la pérdida, sino por la brutalidad del reencuentro: sus hijos no volvían como héroes de mármol, sino como carne mancillada por el acero extranjero.
Arteaga, desde su lecho, con el brazo ardiendo en fiebres y el alma aún más llagada, tomó la pluma. Sabía que las palabras de un militar son pobres consuelos frente al vacío de una cuna, pero su deber como su General le obligaba a intentar un puente sobre ese abismo de llanto. Escribió una carta, dirigida a las familias de los batallones del Ejército del Centro, que decía así:
«A las madres y deudos de los valientes de Querétaro:
No hay tinta que pueda describir el peso que oprime mi pecho al saber que el suelo de nuestra ciudad se riega hoy con las lágrimas de quienes entregaron lo más sagrado a la Patria. He visto a sus hijos en las Cumbres de Acultzingo; los vi sostener el estandarte de la República con la firmeza de hombres antiguos, aunque sus rostros conservaran la lozanía de la infancia.
Deben saber, con la certeza que da el honor, que sus hijos no murieron en la oscuridad. Cayeron de cara al sol, defendiendo el derecho de este suelo a ser libre. Cada herida en sus cuerpos es una medalla de nobleza que la historia no podrá borrar. La República les debe su existencia, y aunque hoy el hogar esté frío, la luz de su sacrificio arderá por siempre en el altar de nuestra libertad.
Perdonen a este General que no pudo devolverles sus vidas, pero reciban en cambio el orgullo de haber engendrado héroes. Sus nombres están ya escritos en las estrellas que vigilan nuestro cielo queretano.
José María Arteaga»
Dejó caer la pluma. El papel quedó marcado por una mancha de sudor y la sombra de una pena que ninguna victoria militar podría jamás compensar.
En Querétaro el llanto de las madres es imaginable — pensaba— un sonido que se filtraba por las rendijas de la ventana y se clavaba en la conciencia más profunda a que cualquier bayoneta francesa.
Continuará…

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