
Fue una odisea. Todavía no terminó. Se alivió un poco, pero perdura. El gran Víctor Hugo podría haber escrito una nueva versión de Los Miserables, adaptada al siglo XXI: un fiscal embarcado en arruinar la vida de un inocente, un analista de escenas de un crimen que no era tal, falsos testimonios, un asesino hábil para simular, astuto para acusar, confiado en la protección que le daban; todo un sistema judicial y policial embarcado en acusar a un hombre, en falso, de matar a su mujer y a sus dos hijos pequeños.
Esa fue la odisea que vivió durante más de diez años David Ray Camm, un ex agente de la policía estatal de Indiana, Estados Unidos, que hoy tiene sesenta y un años y que tropezó con su mala estrella una noche de septiembre de 2000. Camm, que pasó una década en prisión preventiva, acusado de asesinar a su familia, fue liberado en 2013 después de atravesar tres farragosos juicios: en el último por fin lo absolvieron. El verdadero asesino, Charles Boney, cumple prisión perpetua por los crímenes.
La noche del 28 de septiembre de 2000, la policía llegó a la casa de la familia Camm después de las nueve y media de la noche: hallaron a Kim, la mujer de David, de treinta y cinco años, a Bradley Camm, de siete años y a Jill Camm, de cinco, muertos a balazos en el garaje de la casa. Lo que Camm declaró a la policía fue que esa tarde noche había jugado al básquet con unos amigos en el predio de una iglesia cercana; que al llegar a su casa encontró a su mujer muerta, tirada en el piso del garaje; que vio a su hija Jill, erguida, sentada en el asiento trasero del coche de la mujer, con el cinturón de seguridad abrochado, también muerta de un disparo en la cabeza, como su mamá; que su hijo Bradley estaba recostado sobre el asiento trasero del conductor, como si hubiese intentado escapar del agresor: no tenía heridas en la cabeza y a Camm le pareció que el muchachito respiraba todavía; que atravesó los dos asientos delanteros, tomó en brazos a su hijo y lo depositó en el piso del garaje para hacerle respiración artificial; que en ese acto desesperado, la cabeza y el cuerpo de su hija cayeron hacia adelante y hacia la izquierda y mancharon de sangre la ropa de David. Sus esfuerzos habían sido inútiles: el chico estaba muerto; la autopsia reveló que había recibido un balazo en el tórax que le había seccionado la columna vertebral.
David Camm fue el principal sospechoso de las tres muertes. La primera de las teorías afirmaba que Camm había ido a jugar con sus amigos, que en determinado momento se había escabullido del centro deportivo parroquial, había ido a su casa, asesinado a los suyos, regresado a la cancha, acabar de jugar y regresar a su casa para pedir el auxilio de la policía estatal.

La teoría estuvo esbozada por el fiscal Stan Faith, un abogado que ejercía desde 1982, era miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP), del Instituto Americano de Justicia, del Centro Legal para la Pobreza del Sur y estaba adscripto a la Iglesia Metodista Libre de Tunnel Hill, Indiana, y a los Caballeros de Colón, una entidad católica fraternal de beneficencia. Era un demócrata que había sido elegido fiscal por el voto popular sobre sobre su rival republicano.
Faith llamó de inmediato a Robert Englet, un experto en análisis de salpicaduras de sangre que ejercía en otros estado. Englet dijo estar demasiado ocupado para atender el caso y envió a su asistente, Robert Stites que se presentó como experto, pero no lo era. Todo el rompecabezas quedó armado muchos años después, porque la verdad se abrió paso entre la bruma de mentiras, encubrimientos, pistas falsas y torpezas de todo tipo.
En lo que Stites sí era experto era en fotografiar las escenas de los crímenes. Y no más que eso. Sin embargo dijo ser, y le creyeron, técnico en “leer” las salpicaduras de sangre. Le dio a la policía dos datos que no eran ciertos: dijo que, por las manchas de sangre que encontró en el piso del garaje de la casa de los Camm, alguien había intentado limpiarlas y, segundo, las manchas de sangre en la ropa de Camm, el jefe de familia, coincidían con “salpicaduras de alta velocidad”, lo que lo colocaba en el incómodo papel de autor de los asesinatos.
Junto al fiscal Faith actuaban esa noche investigadores policiales que notaron enseguida que Stites tenía poca idea de lo que decía y que no estaba habilitado ya no para poner sus manos en el caso, sino siquiera para presentarse como experto. Pero Faith insistió en que Stites jugara un papel clave en la investigación.

Aquella noche dramática, fiscal, “experto” y policías pasaron por alto dos pruebas que luego serían vitales: en un rincón del garaje había una remera, parecida a las que usan los internos en las prisiones con una leyenda o nombre escrita, a mano y con bolígrafo, en el cuello: “Backbone”. La remera fue metida dentro de la bolsa para cadáveres que albergó el de Bradley Camm, el hijo de David. También hallaron la huella clara de la palma de una mano en la ventanilla del auto de Kim Camm, pero la evidencia fue apartada del cúmulo de pruebas.
Tres días después de hallar muerta a su familia, David Camm fue acusado de manera oficial de asesinarlos. Convencidos de su inocencia, un equipo de abogados aceptó defenderlo en el juicio que empezó el 14 de enero de 2002. La defensora Stacy Uliana notó que la estrategia de la fiscalía encabezada por Faith era la de hacer notar al jurado que Camm era un hombre infiel, que había tenido amoríos y coqueteado con infinidad de mujeres, muchas de ellas testigos en las audiencias. Los defensores de Camm tenían una cantidad impresionante de evidencias sobre el mal accionar de los investigadores encabezados por el fiscal.
Pusieron en duda los argumentos del “experto” Stites, que había sostenido que lo que había calificado como “limpieza de la escena del crimen” no era tal. Stites centraba su afirmación en la variación del color de la sangre en el piso, mientras que los defensores afirmaron que esa variación se debía a una reacción natural de la sangre, que separa el suero del resto de los compuestos cuando queda expuesta al aire. El dato coincidía de esa manera con el tiempo transcurrido entre las muertes y la llegada de Camm a su casa; también echaba abajo la teoría de Faith que colocaba a Camm en la cancha de básquet de la que se iba sin que nadie lo notara, llegaba a su casa, asesinaba a los suyos a balazos y regresaba a jugar. En cuanto a las manchas de sangre en la ropa de Camm, los abogados dijeron que era sangre de su hija, Jill, y que se había manchado con ella cuando había sacado del auto a su hijo, a quien creía vivo todavía.
Había más. Un laboratorio privado contratado por la defensa, que había examinado la famosa remera con la leyenda “Backbone” en el cuello, había hallado el ADN que correspondía al “perfil completo de otra persona”, lo que quería decir que en el garaje de la casa de los Camm había habido más gente que los Camm. Hallaron algo más en la famosa remera que había sido dejada de lado como prueba: ADN femenino, no identificado, en la parte delantera de la prenda, y sangre y ADN de Kim Camm, la víctima. Las muestras no identificadas, según diría luego el investigador privado Bill Clutter, fueron analizadas y comparadas con la base de datos genéticos del FBI CODIS – Combined DNA Index System–, un sistema de análisis combinados de ADN. No encontraron dueño.

El 17 de marzo de 2002, un jurado juzgó a Camm culpable de haber asesinado a su mujer y a sus hijos. Fue condenado a ciento noventa y cinco años de cárcel. La sentencia fue apelada de inmediato y recién en agosto de 2004, la Corte de Apelaciones de Indiana anuló la condena porque, afirmó, el testimonio de varias mujeres que habían declarado haber sido pareja o haber flirteado con Camm, había condicionado la opinión del jurado. Ordenó un nuevo juicio.
Para entonces, Stites, el supuesto especialista en reconstrucción de escenas de crimen y técnico en la lectura de manchas de sangre, que al declarar ante el tribunal dijo que cursaba en ese momento del juicio una maestría y un doctorado en dinámica de fluidos y que había investigado homicidios para el Ejército, el servicio de inteligencia de la Armada y el FBI ya había sido catalogado como un embustero, era un falsario sostenido por el fiscal Faith, quien lo llamaba “profesor”. Cada afirmación hecha por Stites en el juicio era una mentira y Faith lo sabía. Luego se comprobó incluso que había sido el fiscal quien le había enseñado a Stites cómo presentar los patrones de salpicaduras de sangre de manera que fuese creíble para el jurado. Stites ni había estudiado dinámica de fluidos, ni cursaba una materia parecida y había reprobado química en sus años de estudiante en la universidad local. Sus interpretaciones, o supuestas interpretaciones, sobre “manchas de alta velocidad” que convertían a Camm en un sospechoso de primera categoría, resultaron interpretaciones inexactas y pusieron en duda, por si ya no lo estaba, la capacidad científica de Stites.
A inicios de 2005, la defensa de Camm, que seguía preso, insistió con la identificación del ADN hallado en el garaje de la casa de Camm y en la famosa remera con la palabra Backbone escrita a mano en el cuello y que ponían en la escena del crimen a un hombre y a una mujer. La fiscalía se negó al nuevo análisis, hasta que fue obligada a aceptarlo por orden judicial. Esta vez sí encontraron a los dueños del ADN. También encontraron que esas muestras nunca habían sido analizadas por el CODIS porque la fiscalía había mentido: nunca las había enviado a analizar.
El ADN era de Charles Boney, un delincuente convicto de la cercana cárcel de New Albany que estaba en libertad condicional la noche del asesinato de los Camm. Había sido condenado por ataques armados contra mujeres a las que, además, les robaba los zapatos. El fetichismo de Boney por el calzado femenino era incluso conocido por la policía: lo había confesado el propio delincuente junto con sus anteriores delitos. La defensa de Camm tomó este dato como decisivo: a Kim Camm la habían obligado a quitarse los zapatos y a colocarlos con cuidado sobre el techo del auto antes de ser baleada. La huella de la palma de una mano encontrada en la ventanilla del auto de Kim era de Boney quien, en prisión, tenía un apodo: “Backbone”, el nombre escrito a mano en la remera hallada en la escena del crimen. Fue apresado por los asesinatos de la familia Camm. Con él fue arrestada su novia, Mala Singh Mattingly, identificada por su ADN hallado en la remera de Boney.

Para sorpresa de muchos, el abogado defensor de Boney fue Stan Faith, que había perdido en nuevas elecciones su puesto de fiscal, y la confianza de la gente. Cuestionado por su actuación en la investigación y durante el primer juicio contra Camm, dijo: “Lo lamento. Lo lamento profundamente, pero el mito que se ha extendido alrededor de todo esto, es falso”. Lo único cierto era que Camm seguía preso.
El nuevo fiscal para el segundo juicio fue Keith Henderson y se hizo cargo del caso un nuevo investigador, Gary Gilbert. El juicio fue otro escándalo y dio origen a nuevas acusaciones. La fiscalía manejaba un dato, de dudosa certeza, que afirmaba que Camm, en sus días de prisión, había confesado los asesinatos a un compañero de celda que actuaba como un señuelo al servicio de las autoridades del penal. Nunca quedó claro por qué, si eso era cierto, el ahora ex fiscal Faith no había usado esta información en el primero de los juicios.
Boney, un individuo de raza negra, defendido por Faith, miembro de la NAACP y antiguo amigo de la madre del acusado, negó ser el asesino y dijo que él sólo había llevado el arma homicida a la casa de Camm y que se había quedado de brazos cruzados, tal vez sorprendido, mientras Camm asesinaba a su mujer y a sus hijos. Los defensores de Camm sostuvieron que Boney había sido impulsado a inventar esa historia y a acusar a Camm, a cambio de no ser condenado a muerte por sus crímenes. Boney también deslizó la sospecha de un abuso sexual de parte de Camm a su hija de cinco años y que ese había sido el motivo por el que había asesinado a su mujer y a los niños. En enero de 2006, Boney fue juzgado y condenado por asesinato a doscientos veinticinco años de cárcel.
El segundo de los juicios contra Camm había empezado poco antes de la condena contra Boney, el 17 de enero de 2006, cuando atravesaba su sexto año en prisión. Le habían retirado ya los cargos de conspiración para cometer asesinato, pero la fiscalía a cargo de Henderson aceptó la tesis de Boney que afirmaba que Camm había sido el tirador y él sólo le había acercado, o vendido, el arma homicida. El 3 de marzo de 2006, Camm fue de nuevo condenado por asesinato a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Luego se descubrió que el fiscal Henderson había aceptado, y firmado, un contrato para escribir un libro sobre el caso y había recibido incluso una suma de dinero a modo de anticipo. La defensa de Camm lo denunció y pidió la exclusión de Henderson del caso y un nuevo juicio. La Cámara de Apelaciones de Indiana destituyó a Henderson y ordenó el nombramiento de un fiscal especial para el caso.

En junio de 2009, la Corte Suprema de Indiana revocó la segunda condena de Camm por haber hallado “evidencia especulativa” en los juicios anteriores. El tercero de los juicios recién empezó en octubre de 2012 con Camm todavía preso. Su defensa presentó nuevas pruebas de ADN que no habían sido incluidas en los dos primeros juicios. El material genético de Boney figuraba ahora como “contacto consistente” en varias partes de las ropas de Kim y de Jill Camm, en especial en la ropa interior de la mujer, en la manga de su camisa, sobre una lesión en el brazo que se cree era resultado del forcejeo con su asesino, en una de sus uñas rota y en la zona abdominal de la camisa de Jill, la niña. Los hallazgos desacreditaban los dichos de Boney que había jurado que nunca tocó a las víctimas. La abogada de la defensa, Stacy Uliana dedujo que si Boney había atacado a la familia, como parecían sugerir el muestrario de ADN, era improbable que Camm hubiese sido el tirador.
Mientras la fiscalía trataba de plantear una nueva teoría criminal, la cuarta, el juez del caso, Jonathan Dartt dictó una medida controvertida que desató otro escándalo: dispuso que en las instrucciones que fuesen dadas a los nuevos jurados del caso, una de ellas debía permitir que declararan culpable a Camm si creían que había “ayudado o instigado” a Boney a cometer los crímenes. Equivalía a autorizar al jurado a creer que Camm había participado de los asesinatos, aunque no hubiese sido el tirador.
La defensa se opuso con virulencia porque, argumentó, no había prueba alguna que autorizara a pensar en una posible complicidad entre Camm y Boney; ni siquiera había prueba alguna que indicara que ambos se conocían antes del crimen. Además, argumentaron los defensores, la instrucción sugerida por el juez Dartt violaba la ley contra la doble incriminación, porque Camm había sido ya absuelto de conspiración en el segundo juicio; sostuvieron además que la nueva teoría sobre los asesinatos desestimaba la evidencia centrada en las manchas de sangre, la única prueba forense importante que unía a Camm con aquella trágica noche, y que no habían sido producto de haber disparado contra las víctimas, como sostuvo el “experto” Stites en el primer juicio, apoyado por el fiscal Faith, sino que se trataba de manchas de contacto que habían llegado a Camm al intentar salvar la vida de su hijo.

El 24 de octubre de 2013, el jurado declaró a Camm inocente de todos los cargos. Fue puesto en libertad de inmediato, trece años después de haber sido apresado. La odisea había terminado. Lo que siguió fueron años de más batallas judiciales y demandas al estado de Indiana por más de treinta millones de dólares y otras al condado de Floyd, donde vivían los Camm, contra la Policía Estatal de Indiana, contra los fiscales y otros funcionarios, entre ellos el “experto” Stites. Algunas de esas demandas fueron desestimadas por jueces que creyeron que, en su momento, habían existido razones suficientes para considerar a Camm como sospechoso de asesinato.
La odisea de Camm fue retratada en tres libros escritos por Gary M. Dunn, un agente del FBI con tres décadas de experiencia: Sus mentiras sangrientas y Persecución de David Camm Parte I, que detallan cómo los investigadores del caso llegaron a conclusiones erróneas algunas y falsas otras, cómo dieron crédito a un falso experto en la interpretación de manchas de sangre en la escena de un crimen, todos bajo la batuta de un fiscal “politizado” como Stan Faith, quien nunca volvió a ejercer un cargo público y murió en marzo de 2019 a los setenta y cuatro años.
El tercero de los libros de Dunn, El juicio Final Parte II cuenta los dos últimos procesos contra Camm, habla de corrupción de fiscales e investigadores, de la falsificación de pruebas que terminaron con la destitución de uno de los fiscales y del tercer juicio en el que la acusación usó a Charles Boney, el asesino condenado como “testigo estrella” de la fiscalía.
El 28 de abril de 2022, David Camm llegó a un acuerdo económico sobre sus demandas judiciales por haber pasado más de diez años en la cárcel cuando era inocente. El monto del acuerdo no fue revelado. Camm enfrentaba entonces una demanda civil por seiscientos veinticinco mil dólares presentada por Frank y Janice Renn: son los padres de Kim.
Los suegros de Camm aún creen que fue él quien asesinó a toda su familia.
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