
Su historia es muy breve porque su vida también lo fue. Chris Gueffroy nació el 21 de junio de 1968 en Passewalk, un pequeño distrito de Pomerania, a unos cien kilómetros de Berlín. Cuando nació, el Muro que dividió a la ciudad durante casi tres décadas llevaba ya siete años y ocho días de vergüenza tolerada en un mundo en plena Guerra Fría. Y Chris murió veinte años después, el 6 de febrero de 1989, a cuatro meses de cumplir veintiún años, al pie de ese Muro infame y cuando intentaba escapar del este de Berlín y del sector comunista de Alemania.
Lo asesinaron a balazos, uno en el corazón, los feroces guardias sovietizados que vigilaban aquella estructura de hierro, piedra y cemento que estaba a punto de caer. Chris Gueffroy fue la última persona en ser asesinada en el Muro durante un intento de fuga. Nueve meses después, el muro cayó por la inercia de una Unión Soviética que estaba a punto de abdicar, o de intentar abdicar, del comunismo, y empujado por los propios berlineses que lo derribaron con furia beethoveniana: de hecho, a los pies de esos escombros, el gran Mstislav Rostropovich hizo sonar a Beethoven, y a Bach por las dudas, aplaudido por berlineses del este y el oeste que ahora eran sólo berlineses.
En busca de la libertad
Lo del chico Chris Gueffroy fue pura mala suerte. Y sed de veinte años. Pudieron más sus deseos de libertad que una lectura atenta de la geopolítica de esos días que le hubiese aconsejado esperar un poco más. Lo urgía el tiempo. Estaba por ser incorporado al ejército de Alemania Oriental y esa mera posibilidad lo angustiaba, lo empujaba hacia el otro lado. Buscó la complicidad y el coraje de un amigo, Christian Gaudian, otro hastiado como él de tanta grisura y tanta opresión. Buscaron información y obtuvieron malos datos. Les dijeron, o supieron, o creyeron imaginar, que los guardias fronterizos ya no tenían orden de disparar a quienes quisieran evadirse. No era verdad. Esa orden nunca existió. Y creyeron, o imaginaron, o conjeturaron que la visita a Berlín Oriental del entonces primer ministro sueco, Ingvar Carlsson, les daría cierta inmunidad: los comunistas no se iban a arriesgar a un incidente internacional, a balear a dos muchachos en fuga del Muro, durante la visita de un dignatario extranjero. Pero cuando intentaron la fuga, Carlsson ya hacía un par de días que había regresado a Suecia y a su sillón de primer ministro.

Si algo podía salir mal, a Chris todo lo salió mal. ¿Quién era ese chico que buscaba la libertad? Uno más de tantos chicos berlineses que buscaban la libertad. Su madre, Karin Gueffroy, contaría días después algunos detalles dramáticos de la fuga hacia la muerte de su hijo. Por ejemplo, que ella había escuchado los disparos que perforaron la madrugada del 6 de febrero, era lunes, pero que jamás había pensado que estaban dirigidos contra Chris: un tremendo matiz de la tragedia.
En los días que siguieron al asesinato de Chris, Karin describió a su hijo como a un chico valiente, que quería conocer el mundo más allá del hierro, la piedra y el cemento del Muro. Era un muchacho deportista, y de los buenos, soñaba con ser profesional del esquí, del atletismo o de la pelota, cualquiera de sus formas y veleidades le venían muy bien, era un chico hábil; pero ser deportista profesional en la Alemania de la RDA (República Democrática Alemana, los soviéticos eran unos maestros en el arte de la ironía) lo obligaba a hincarse en el reclinatorio de la fidelidad a aquel sistema político. Y no quiso. Le exigían lo mismo para cumplir con su segundo sueño, ser piloto de avión. Cercado por la realidad, Chris se hizo camarero: ni deportes de competencia, ni cielos bastos y abiertos: mesas de bar.
Como camarero conoció a varios funcionarios occidentales que sí podían ir y venir entre las dos Berlín, experimentó de alguna forma, lo supo, se lo contaron, lo palpó, una vida muy diferente a la que vivía y empezó a soñar un futuro en libertad. No fueron sólo sus contactos de camarero. Su madre reveló, cruzada por el dolor, que a sus doce o trece años Chris veía programas de televisión políticos emitidos desde del sector occidental de Berlín. “Siempre me decía que algún día viajaría a Estados Unidos, el país de sus sueños”, reveló Karin en su momento a NBC News. “Me sorprendieron mucho sus comentarios y le dije en su momento que nunca iba a poder abandonar Berlín Oriental, que eso nunca iba a funcionar”.

Entrados los años 80, cuando el Muro llevaba casi dos décadas en alto, y en la adolescencia rebelde de Chris, las discusiones entre madre e hijo se hicieron si no más habituales, más profundas. Fueron los años en los que se dieron varias fugas del este al oeste, algunas protagonizadas por amigos personales de los Gueffroy. Si en algo coincidían madre e hijo, era en que los dos estaban en desacuerdo con la política opresiva del comunismo; pero siempre se abría un abismo entre los deseos del hijo y la resignación de la madre: “Un día incluso Chris me llamó cobarde y dijo que él no quería aceptar ese estilo de vida para siempre. Pero nunca me habló de escapar, o de abandonar Berlín oriental”. No lo dijo, pero lo tenía decidido. “Si yo lo hubiese sabido, la habría encadenado para impedirlo: era muy peligroso”.
El Muro que partió Berlín
El Muro había nacido siete años antes que Chris. Se llamó “Operación Rosa” y en la noche del sábado 12 al domingo 13 de agosto de 1961, las tropas alemanas y soviéticas que ocupaban el sector oriental de la ciudad y del país, instalaron miles de metros de alambres de púas y postes para afianzarlos en el cemento, a lo largo de cuarenta y cuatro kilómetros de la ciudad que quedó partida en dos. Y con ella, quedaron partidas familias, amores, amistades, trabajo, bienes, libertades, futuro y esperanzas. La frontera que ayer se cruzaba a pie, en ómnibus, en tren o en bote, ahora era inexpugnable.
En Berlín estaba en juego la economía de la URSS, siempre en riesgo, frente al poderío económico de Estados Unidos que había salido de la Segunda Guerra convertida en potencia. Si la posguerra había dividido en dos a Alemania, ahora lo estaba en cuatro porque en el lado oriental del país, la antigua capital del Reich de Adolf Hitler quedaba también partida en dos sectores: el Este, con el sostén de la URSS que comandaba Nikita Khruschev, y el Oeste, en poder de las potencias aliadas en la guerra: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Canadá.
En el medio, subsistía una enorme crisis económica. Desde el final de la guerra, más de cuatro millones de alemanes habían dejado el Este para radicarse en el Oeste del país. Un censo reveló que durante esos años habían dejado Alemania del Este 3.371 médicos (uno de cada cinco en el Este), 16.724 maestros y 17.082 ingenieros y técnicos. Los números eran, en proporción, idénticos para el éxodo que había experimentado Berlín. El flujo de berlineses que viajaba a diario para trabajar en el sector Oeste era enorme, porque el ingreso per cápita de quienes trabajaban en el Oeste duplicaba el que percibían los berlineses del Este. Eso atentaba contra la “igualdad socialista”. Había más: los productos, en especial los alimentos, eran más baratos en el Este, por lo que los berlineses occidentales pasaban al otro lado para comprar todo un poco más barato y a costa de la URSS.

Ni los soviéticos podían aceptar el éxodo sin conflicto social, ni los aliados podían aceptar más nuevos habitantes: no había tanto trabajo para tanta gente y cualquier desequilibrio podía hacer crujir la economía de un país todavía en reconstrucción, tal como revela Frederik Tempe en un libro fantástico: “Berlín 1961: Kennedy, Khruschev and the most dangerous place on Earth – Berlín 1961 – Kennedy, Khruschev y el más peligroso lugar en la Tierra”.
Fue por eso, y no por un drama logístico, que las autoridades de Alemania Oriental, Erich Honecker, secretario del Consejo de Defensa Nacional y el presidente Walter Ulbricht, decidieron desplegar primero postes y alambres de púas en lo que todavía no era un muro en Berlín. Si Occidente protestaba, se enfurecía, amenazaba con sanciones, provocaba una crisis política, siempre había tiempo de dar marcha atrás.
Pero Occidente calló. Protestó duro y fuerte, se horrorizó, usó el espanto de las alambradas como elemento de propaganda anticomunista. Pero no mucho más. En Estados Unidos, el presidente John Kennedy, expresó a modo de excusa: “Puedo movilizar a la Alianza si (Khruschev) hace algo contra Berlín Oeste, pero no si lo hace en Berlín Este”, según las memorias del entonces alcalde de Berlín, Willy Brandt. Kennedy y Kruschev se habían encontrado en Viena el 3 y 4 de junio de ese año, dos meses antes del Muro, en un diálogo tenso y no muy diplomático que de alguna manera había decidido la suerte de Berlín. El soviético lo tenía más claro. Khruschev, que no recurría ni a Dostoievsky, ni a Chejov, ni a Tolstoi para armar sus discursos, definió su estrategia con una frase: “Berlín son los testículos de Occidente. Cuando quiero que Occidente grite, aprieto Berlín”. Y apretó. El 8 de septiembre, un mes después de su irrupción en el mundo de la Guerra Fría, los alambres dejaron paso al cemento y el Muro empezó a ser el Muro de Berlín.
La historia del Muro
Fue una obra gigantesca, de ciento cincuenta y cinco kilómetros, cuarenta y tres afectaban de lleno a Berlín: se cortaron ciento noventa y tres calles, se eliminaron doce líneas de transportes urbanos, incluidos algunos tramos ferroviarios, y se instalaron puestos fronterizos de control de una documentación para pasar del lado oriental al occidental que era imposible de alcanzar para los berlineses que habían quedado del lado comunista. El más famoso puesto de control era el que hacía de frontera entre el sector estadounidense de Berlín Oeste y Berlín Este: se llamó “Checkpoint Charlie”: hoy es un museo. Para Occidente aquel era el Muro de la Vergüenza. Para los soviéticos era el “Muro de Protección Antifascista”. Nada nuevo bajo el relato.

Chris Gueffroy sabía casi nada de todo esto. Quería irse de aquel infierno en el que había nacido y en el que no quería morir. Con su amigo Christian Gaudian planificaron lo posible. En estos casos, no es mucho lo que hay que planificar: se trata de elegir un sitio en apariencia vulnerable, pegar tres saltos, apretar los dientes, rezar lo que uno sabe y correr como conejos hacia la libertad. Ambos eligieron un sitio que conocían bien, el canal del distrito de Britz, Britzer Zweig Canal, a unas veinte cuadras de donde vivían Chris y no muy lejos de la casa de su madre, en la Südostallee 218, Johannisthal, Treptow, que desde 2001 es el noveno distrito de Berlín.
En la noche del domingo 5 al 6 de febrero, los dos muchachos convencidos de que no podían dispararles, escalaron lo que se conocía como “muro interior” del gigantesco Muro; una especie de “tierra de nadie” donde antes había habido edificios, demolidos todos para evitar fugas masivas; salvaron una segunda valla de alambres de púas, para enfrentar la última alta valla metálica, tal vez la más dura de sortear. Fue entonces que los descubrieron los guardias: eran dos patrullas de soldados de la RDA que los cercaron por derecha e izquierda. Al parecer hubo gritos y disparos de advertencia, hasta que tiraron a matar. Chris recibió dos balazos en el pecho, uno en el corazón, y cayó muerto en el que era el vallado más cercano a su frontera inalcanzable. Gaudian quedó herido de gravedad y fue a dar al hospital. Luego fue acusado de “intento ilegal grave de cruzar la frontera” y condenado a tres años de cárcel. En septiembre fue liberado bajo fianza y el 17 de octubre de 1989, y gracias a gestiones diplomáticas, fue enviado a Berlín Oeste.
Ambos pudieron haberse salvado. Era un juego peligroso y mortal, pero en muchos casos había sido exitoso. En sus veintiochos años de vida, cerca de cinco mil personas lograron pasar de Berlín Este al Oeste. Usaron todos los métodos, baúles de auto, pasaportes falsos, túneles fabricados en los edificios fronterizos antes de que los demolieran a todos, el sistema de alcantarillado, la simple y llana carrera hacia lo desconocido, el nado por los canales fronterizos en las altas noches de verano, globos aerostáticos o cualquier otra cosa que pudiera volar. Otras tres mil personas fracasaron y fueron detenidas cerca del muro, atrapados por las púas de los alambres, cazados como presas en lodazales pantanosos. Muchos otros murieron en el intento. Como es habitual en estos casos, la cifra exacta no se conoce. Los cálculos más certeros cifra los asesinados entre ciento cuarenta y ciento noventa y dos: las muertes siempre fueron ocultadas por el Este, hubo quienes murieron ahogados y sus cuerpos nunca fueron hallados, hubo asesinatos disfrazados de accidentes, o cadáveres ocultados para siempre.
Saltar el Muro
El primero de los muertos del Muro fue Günter Liftin, de veinticuatro años. Era un sastre que vivía en el Este y que también estaba harto de esa vida gris, o acaso supo, olió, presintió lo que se avecinaba, y se las ingenió para alquilar un pequeño departamento en el Oeste. Empezó a mudar algunas cosas y en eso estaba cuando decidió pasar la noche del sábado 12 de agosto en la que ya no iba a ser su casa, en Berlín Este, preocupado acaso por cómo llevar al Oeste su herramienta de trabajo: una máquina de coser. Cuando despertó, el domingo 13, ya no pudo regresar al otro lado. Once días después intentó cruzar al Oeste a nado, desde un puerto pequeño sobre el río Spree. Lo sorprendieron los guardias orientales y Liftin alzó las manos dispuesto a entregarse porque no quería saber nada con aquellos alemanes dispuestos a todo. Había nacido en 1937 y su hermano gemelo había sido asesinado por los nazis en uno de los experimentos médicos con niños que llevaron adelante en los campos de la muerte. A Liftin lo asesinaron aquella noche con los brazos levantados y el agua a mitad del pecho.

Quien sí logró fugarse fue un “vopo”, como era conocida entonces la policía militarizada comunista, que montaba guardia para que nadie hiciera lo que él sí hizo cuanto todo era nuevo y puro alambre. El 15 de agosto de 1961, a tres días de instalado el Muro, Conrad Schumann, de diecinueve años, aprovechó un descuido y la buena voluntad de sus camaradas y corrió hacia las púas, las salvó de un salto mientras se deshacía de su fusil y fue rescatado por la policía del Oeste. Nunca pudo salir del laberinto traumático de aquel salto a la libertad. Se colgó de un árbol en junio de 1988.
El primer gran asesinato de alguien que quiso burlar al muro fue el de Peter Fechter, un chico de dieciocho años que era obrero de la construcción, que había hecho méritos para ser enviado por la empresa en la que trabajaba a Berlín Oeste y a quien las autoridades le habían bochado el viaje. El 17 de agosto de 1962, junto a su amigo Helmut Kulbeik, intentó atravesar las púas y el cemento que ya tenían más de un año en Berlín. Kulbeik logró pasar, pero Fechter fue herido de un balazo en la pelvis. Y lo dejaron morir desangrado allí donde cayó. No lo auxiliaron, había caído del lado oriental, pese a sus gritos de dolor y a las protestas de cientos de testigos;, nadie lo ayudó hasta que murió al cabo de una hora. Después sí, lo cargaron como a una res y se lo llevaron.
Después de tres décadas, aquellos métodos se habían refinado, siempre hacia el cinismo y la perversión. Karin Gueffroy, la mamá de Chris, oyó los disparos que mataron a su hijo desde la cama de su casa. Luego revelaría: “Vivía a unos pocos kilómetros de la frontera. Entre mi casa y el Muro sólo había una pequeña zona boscosa. Había vivido allí en los últimos catorce años y siempre había escuchado disparos de vez en cuando. Y esa noche volví a oírlos y me encogí de hombros: pensé que era otra fuga”.

El dolor de una madre
A la mañana siguiente su hijo faltó a la mesa a la hora del desayuno. Los noticieros de la mañana informaron sobre un intento de fuga en la frontera, pero Karin no lo asoció con su hijo hasta que fue hasta su departamento para descubrir su pasaporte, sus documentos y algo de dinero, todo apilado con cuidado en el escritorio del chico. “Entonces supe que lo había intentado y que había dejado en su casa lo que no iba a servirle del otro lado”. Igual pasaron dos días hasta que supo algo sobre Chris y que durante las cuarenta y ocho horas en las que nadie le dijo nada, la “Stasi”, la policía secreta del régimen, había ocupado el departamento del piso de abajo al suyo para vigilarla.
El 7 de febrero la policía fue a buscarla para interrogarla en la comisaría cercana. “Pensé que habían arrestado a Chris, que iba a verlo y a traerlo de regreso a casa. Pero me dijeron que lo habían matado en su intento de asaltar una instalación militar. Yo sabía que eso era imposible. Respiré hondo y me puse a gritar, pero ya no había nada que hacer”. La mujer fue interrogada durante muchas horas sobre las andanzas de su hijo y sobre su carácter. La mujer dijo entonces que era difícil describir a Chris, pero que, a veces, “es como un pequeño caballo salvaje”. Un oficial le dijo entonces que su hijo era un delincuente y que así había sido tratado. Y otro miembro de la “Stasi” le dijo: “¿Qué piensas que hacemos nosotros con los pequeños caballos salvajes?”.
A modo de tonta reparación, el guardia que asesinó a Chris Gueffroy fue condenado a dos años de prisión, de cumplimiento condicional. En noviembre de 1989, con la URSS en franca apertura bajo la mano de Mijail Gorbachov y frente al deterioro cada vez mayor del gobierno de la FDA, una tontería, una imprudencia de un funcionario que dio por hecho la reapertura libre de la frontera entre Alemania del Este y Austria (lo que habilitaba el libre acceso de cualquier persona del Este a Berlín Oeste), lanzó a los berlineses a las rutas, a reencontrarse con el otro lado, con el otro mundo y, al día siguiente, los envió a destruir aquella mole infamante. Karin Gueffroy sintió, y así lo dijo entonces, que su hijo muerto, y cada uno de los hijos de tantos otros muertos habían quitado un ladrillo del Muro hasta su caída.
El 21 de junio de 2003, el día que Chris, el chico deportista que quería pilotear aviones, hubiese cumplido treinta y cinco años, alzaron un pequeño monumento en su recuerdo en el lugar histórico en el que cayó muerto, en el Britzer Zweig Canal. Es diseño, simple y sencillo, una columna de acero de dos metros sesenta, del escultor Karl Biedermann
Hay allí una inscripción que recuerda: “”Desde 1961 hasta 1989, el Muro de Berlín transcurría por esta ribera. El 5 de febrero de 1989, fue asesinado aquí, el joven de veinte años de edad, Chris Gueffroy, nacido el 21.6.1968. Él fue el último fugitivo asesinado al intentar atravesar las instalaciones fronterizas de la RDA.”
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