
Corría noviembre de 1955, hacía dos meses que la llamada Revolución Libertadora había derrocado a Juan Domingo Perón y el historiador José María Rosa -peronista, el hombre- llevaba cinco o seis días detenido en la Jefatura Policía. Estaba sin bañarse y con la misma ropa que llevaba puesta cuando al llegar a su departamento después de dar una clase en la Universidad de La Plata -de la que inexplicablemente todavía no lo habían echado- se encontró con un grupo de la Federal que lo esperaba.
Lo sentaron en una silla incómoda frente a una suerte de estrado desde el cual lo miraban con desprecio seis militares y un hombre de civil. Un policía le sacó fotografías y luego se apagaron las luces del salón y se encendieron dos reflectores que lo enceguecieron.
El único civil del estrado le preguntó, con una voz fuerte que a Rosa le sonó metálica:
– El Capitán Gandhi le pregunta…
– ¿Quién es el Capitán Gandhi? –preguntó el historiador, sorprendido. No conocía a ese personaje cuyo nombre parecía un oxímoron.
– Soy yo –respondió el civil con una indignación inocultable.
Sólo sus familiares y algunos amigos cercanos llamaban por su nombre real a Próspero Germán Fernández Alvariño. En la vida social y ahora que era funcionario de la dictadura prefería que se dirigieran a él por el apodo castrense que había elegido aunque nunca en su vida había sido militar: Capitán Gandhi. Y él hablaba de sí mismo en tercera persona.
En su pasado, difuso, se contaban unos incomprobables estudios de Medicina y un breve paso por la Federal con un supuesto grado de oficial del que no existía documentación alguna en los archivos del personal.

Pero era un hombre temible, comando civil y activo participante del golpe contra Perón, ese lo tenía por un colaborador de confianza de uno de los jefes golpistas y flamante “presidente de la Nación”, el general Pedro Eugenio Aramburu. Y nadie dudaba de eso, porque el propio Aramburu lo había puesto a descubrir, por el medio que fuera, las maldades del “tirano prófugo”, de sus funcionarios, de sus familiares, de sus amigos y de sus simpatizantes.
“Este sujeto era un viejo comando civil notoriamente chiflado, quien fue puesto a trabajar por los militares que derrocaron a Perón en lo que peor podía hacer un paranoico: la investigación de delitos. Y lo hizo desde la bautizada Comisión 58, con sede en una oficinita del Departamento Central de Policía. Allí desfilaron ‘sospechosos’ de la talla del historiador José María Rosa y Héctor J. Cámpora, entre otros”, lo semblantea el periodista Ricardo Ragendorfer.
El debut como interrogador
El interrogatorio de José María Rosa fue el primero de una tarea que cumpliría con fervor, sin importar que las acusaciones y conspiraciones que forjaba bordearan el delirio: el Capitán Gandhi intentaría probar que Juan Duarte -el hermano de Evita- había sido asesinado por orden de Perón; trataría de desviar la investigación del homicidio del abogado del diario La Razón, Marcos Satanowsky, para evitar que se descubriera que había sido una operación orquestada por la Secretaría de Inteligencia del Estado; y muchos años más tarde publicaría un libro en el que sostendría que su jefe y amigo Pedro Eugenio Aramburu no había sido ejecutado por un comando de Montoneros sino que fue ordenado por primer dictador de la llamada Revolución Argentina, el general ecuestre (RE) Juan Carlos Onganía.
Esa tarde de noviembre de 1957, José María Rosa -aún encandilado por los reflectores- intentaba descubrir si recordaba de algún lado a ese hombre que lo interrogaba hablando de si mismo como si se tratara de otro.

Las preguntas y respuestas de aquel interrogatorio fueron reconstruidas por el propio historiador y recogidas por su hijo Eduardo.
– El Capitán Gandhi dice que usted sabe mucho de Rosas – lo increpó Gandhi, como si se tratara de un delito.
– Tal vez tenga razón el capitán Gandhi. Pero si quiere que le hable de Rosas que me invite una tarde a su buque, nos tomaremos dos whiskies y le digo todo lo que el capitán Gandhi quiere saber sobre Rosas… pero no sé por qué me han traído con ametralladoras y en este estado. O al menos hubiese comprado mis libros; así por lo menos yo ganaba algo - respondió con ironía el historiador.
– ¡Usted es un mercader de la historia! – le gritó el interrogador.
– ¿Y usted de que vive? Porque supongo que debe ser mercader de algo…
– Es que usted enseña cosas que pervierten a la juventud. Los trata de hacer rosistas, cuando Rosas fue un tirano, como el prófugo, que mató mucha gente…
– No mataba tanta, capitán. Los que mandó fusilar fue por traidores a la Patria… Y nunca bombardeó Buenos Aires – lo cortó el historiador, aludiendo inequívocamente al bombardeo del 16 de junio de ese año sobre la Plaza de Mayo.
José María Rosa recuerda que el autodenominado Capitán Gandhi no entendió la alusión y se quedó mirándolo, perplejo. Se hizo un silencio y alguien le alcanzó un papel cuya lectura -que seguramente le advertía de qué se trataba el asunto- lo hizo enrojecer. El interrogador tragó saliva antes de gritar enfurecido:
– Su interrogatorio, señor, ha terminado. Lo íbamos a poner en libertad, pero queda detenido por ofensa a la Revolución Libertadora.
Probar el “asesinato” de Juan Duarte
La famosa Comisión 58 estaba presidida por el capitán de navío Aldo Molinari, hombre también cercano a Aramburu, pero su estrategia de “investigación” de los supuestos crímenes cometidos durante el peronismo estaba en manos del capitán Gandhi, quien se ocupaba personalmente de ordenar las detenciones y llevar adelante los interrogatorios.
Era una pieza fundamental para lograr el objetivo de “desperonizar el país”, para lo cual se ocupaba de casos de corrupción, de la quema de templos, de las afrentas a la bandera y de la vida sexual del propio Perón, entre otros “delitos” de los dos primeros gobiernos peronista.
La muerte del hermano de Eva Perón, Juan Duarte, se transformó en una obsesión para el Capitán Gandhi. Quería probar a toda costa que había sido asesinado por orden directa del propio Perón.
Duarte fue encontrado muerto en su departamento del piso quinto “B” del edificio de Avenida Callao 1944 la mañana del 9 de abril de 1953, poco después de que el presidente, su cuñado, le exigiera la renuncia al cargo de secretario privado en medio de rumores y acusaciones de corrupción.
La primera investigación sobre la muerte de Duarte, durante el gobierno de Perón, estuvo a cargo del juez Raúl Pizarro Miguens, quien rápidamente cerró la causa dictaminando que se había tratado de un suicidio.
Tras el derrocamiento del “tirano prófugo”, la dictadura de Aramburu e Isaac Rojas intentó descartar ese dictamen y probar que había sido un “crimen organizado” desde las más altas esferas del poder. Esa misión fue encomendada a la Comisión 58 de Molinari y Fernández Alvariño.
El Capitán Gandhi hizo desfilar, uno por uno, a todos los potenciales testigos del caso por su despacho en la Jefatura de Policía: ex miembros del gobierno peronista, como Héctor J. Cámpora, el ex jefe de ceremonial Raúl Margueirat y el ex canciller Jerónimo Remorino; empleados de Juan Duarte, su peluquero, custodios, vecinos y canillitas del barrio. En total fueron más de 60 interrogatorios, que variaban de tono según lo que contestara el testigo a las preguntas inducidas del interrogador.
Los interrogatorios grabados
La modalidad de los interrogatorios del Capitán Gandhi, sus preguntas, su manera de abordar a los diferentes testigos y lo que intentaba probar con los testimonios durante décadas era un secreto a voces, pero hoy se los puede conocer tal cual fueron gracias al descubrimiento de la periodista de investigación Catalina de Elía para su libro “Maten a Duarte – Historia secreta de la muerte del hermano de Evita”.
En su búsqueda de información, de Elía no sólo logró entrevistas a antiguos testigos del caso y múltiples fuentes políticas y judiciales sino que también descubrió el expediente de la causa, guardado y olvidado en una caja fuerte del Palacio de Tribunales, y 16 vinilos grabados con declaraciones de testigos cuya existencia nadie recordaba.
Escuchando esas grabaciones, que incluyen interrogatorios realizados entre el 29 de diciembre de 1955 y el 4 de enero de 1956, de Elía pudo reconstruir de manera fehaciente como obraban Molinari y Fernández Alvariño.
“Tanto Gandhi como Molinari estaban obsesionados con probar la responsabilidad de Perón y funcionarios del gobierno de Perón en lo que ellos calificaban ‘homicidio’. Por eso en las declaraciones presenciales que quedaron registradas y a las que accedí de forma exclusiva se los notaba alterados e incómodos cuando no encontraban las respuestas que buscaban. Usaron métodos violentos y extravagantes en varias ocasiones para lograr los resultados que buscaban: careos, interrogatorios larguísimos, personas demoradas, preguntas sobre la intimidad y malos modos en algunos casos. Incluso, a algunos testigos les hicieron preguntas tortuosas sobre sus posiciones sexuales y su vida personal, que nada tenían que aportar a la muerte de duarte”, explica ante una consulta del cronista.

-¿Qué impresión le dio la actitud de Gandhi? – le pregunta el cronista.
-Mi impresión fue la de una persona obsesionada con esta investigación. Estaba comprometido y determinado a resolverlo, a cualquier costo. En las grabaciones por momentos se lo nota un poco desequilibrado – responde la investigadora.
Una cabeza y un dedo para Elina Colomer
De las grabaciones se desprende que una de las “víctimas” de la obsesión de Gandhi que peor la pasó en los interrogatorios fue la actriz Elina Colomer, que mantenía una relación amorosa con Juan Duarte.
En un momento del interrogatorio la sometió a situación macabra.
–Le voy a mostrar algo que la ayudará a recordar -le dijo a Colomer, y acto seguido abrió una caja de cartón que tenía sobre su escritorio.
La desventurada actriz se desmayó al ver el contenido: la cabeza descompuesta y un dedo del finado Juan Duarte.
“Rodolfo Walsh escribió en ‘El Caso Satanowsky’ que Fernández Alvariño decía que había estudiado Medicina y que durante la investigación de la muerte del hermano de Evita se jactó de esos conocimientos para participar del momento en el que le cortaron la cabeza y un dedo al cuerpo de Duarte que había hecho exhumar”, dice de Elía.
Obtenidas las “pruebas” con métodos de esa índole, la Comisión 58 dictaminó que la muerte de Juan Duarte había sido un homicidio y que el juez original de la causa, Pizarro Míguez, había actuado como encubridor.
Ese dictamen sobrevivió apenas un poco más que la dictadura de Aramburu. En junio de 1958, bajo la presidencia del radical intransigente Arturo Frondizi, el juez Julián Kent volvió a dictaminar que Duarte se había suicidado y sobreseyó a Pizarro Míguenz por el supuesto “encubrimiento”.
El Capitán Gandhi encubre
Sería el propio Fernández Alvariño quien sería acusado de encubridor poco después las maniobras que perpetró desde la Comisión 58 para desviar la atención de los responsables de la muerte del abogado del diario La Razón, Marcos Satanowsky, asesinado en su estudio jurídico porteño el 13 de junio de 1957.
La Razón, histórico diario de la familia Peralta Ramos, había sido expropiado en 1946 por el gobierno peronista, pero luego del golpe del 16 de septiembre de 1955 “La Libertadora” intervino la empresa mientras investigaba su origen y el patrimonio de quienes estaban vinculados a ella.
En ese contexto, Ricardo Peralta Ramos, patrocinado por Satanowsky, quiso recuperar las acciones del diario con el argumento de que nunca las había vendido, sino que había sido despojado. Sin embargo, la dictadura de Aramburu quería quedarse con el que consideraba un medio clave para la difusión de sus ideas y afirmaba que Peralta Ramos sí había vendido las acciones.

En ese contexto, el 13 de junio de 1957, tres hombres se presentaron en el estudio del abogado. Uno de ellos, mostrando un libro que había publicado Satanowsky, pidió entrevistarse con él para que se lo firmara. Apenas entró al despacho le disparó en la cabeza y huyó con sus cómplices.
El crimen causó conmoción y la opinión generalizada fue que había sido obra de la dictadura en el marco del conflicto judicial por la propiedad de La Razón. Todas las miradas apuntaban al jefe de la Secretaría de Inteligencia del Estado, el general José Cuaranta.
La Comisión 58, con el Capitán Ghandi y Molinari a la cabeza, decidió rápidamente que la muerte de Satanowsky había sido un homicidio común cometido por pistoleros sin ninguna relación alguna con la SIDE.
Fue Rodolfo Walsh, en la investigación por entregas que hizo para el periódico Mayoría -el mismo que había publicado sus primeras notas sobre “Operación Masacre”-, quien reveló la trama que conectaba a Cuaranta con el asesinato y el papel de encubridores que habían cumplido Fernández Alvariño y Molinari desde la Comisión 58.
Al Capitán Gandhi como “la mente y brazo, designio y ejecución de la Comisión 58, el escenógrafo del crimen”.
Retorno con la muerte de Aramburu
La vida pública de Próspero Germán Fernández Alvariño se sumergió en las sombras en coincidencia con el final de la llamada Revolución Libertadora que condujo su amigo y mentor Pedro Eugenio Aramburu.
Durante más de una década no se sabrá nada de él, hasta que tres años después del secuestro y la muerte de Aramburu a manos del comando primigenio de Montoneros, reapareció con una versión muy diferente de los hechos.
En 1973 publicó “Z Argentina – El crimen del siglo”, un libro que pagó con fondos propios y cuyo título jugaba con la famosa película de Costa Gavras. Allí sostenía que el autor intelectual de la muerte de Aramburu había sido Onganía.

Según el Capitán Gandhi, el dictador de la Revolución Libertadora había sido secuestrado por un grupo de oficiales del Ejército que respondía a Onganía, que luego de sacarlo del departamento donde vivía lo habían llevado al Hospital Militar, donde lo mataron y que más tarde le entregaron el cadáver a Montoneros para que lo enterraran en el campo de la familia Ramus, en Timote.
Esa versión estrafalaria sería destruida poco después, cuando Mario Firmenich y Norma Arrostito relataron con lujo de detalles el secuestro y la ejecución de Aramburu en la revista Causa Peronista.
Después de eso, el Capitán Gandhi volvió a sumergirse en las sombras hasta su muerte, ocurrida el 12 de abril de 1986.
Año tras año, hasta 2014 -cuando también murió- para la fecha su viuda nunca dejó de publicar un recordatorio en los avisos fúnebres del diario La Nación. Siempre con las mismas palabras: “Fernández Alvariño, Próspero Germán, Prof., q.e.p.d., falleció el 12-4-86.- Su esposa Dina Gredenberg y familia ruegan una oración en su memoria”.
Si el Capitán Gandhi fue “profesor” de algo -como sostiene el recordatorio- es un misterio aun sin resolver.
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