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El discreto desencanto de la clase media

El discreto desencanto de la clase media. Noticias en tiempo real 00:40

Boris Berenzon Gorn.

“El problema no es que el futuro haya dejado de cumplir sus promesas; es que seguimos pagando la hipoteca de un futuro que ya no existe.”

Luis Buñuel entendió antes que muchos economistas que la burguesía podía ser grotesca precisamente porque se tomaba demasiado en serio. En 1972, El discreto encanto de la burguesía, ganadora del Óscar a la mejor película internacional, convirtió una cena eternamente frustrada en una sátira feroz de una clase capaz de conservar los modales mientras se desmoronaban sus certezas. Dinero, poder, sexo y buenas costumbres convivían allí con una naturalidad obscena: la moral se predicaba en público y se negociaba en privado; la respetabilidad era apenas el traje de gala de la hipocresía. Buñuel no necesitaba mostrar monstruos: le bastaba con mostrar personas perfectamente normales haciendo cosas perfectamente absurdas. Sus burgueses comen, conspiran, desean, mienten y vuelven a intentar cenar con una solemnidad casi religiosa. La provocación era simple y devastadora: el mundo no tenía que hacer la revolución; bastaba con dejar de obedecer. Pero entonces la narrativa hacía una pausa y aparecía el verdadero miedo: el tango burgués entre el dolor de no haber sido y la melancolía, mucho más incómoda, de descubrir que ya no se es. Un baile de aspiraciones frustradas, nostalgias maquilladas y deseos que llegan siempre un poco tarde. Porque la burguesía también sabe bailar: avanza con elegancia, retrocede con dignidad y, cuando pierde el paso, llama a eso: “melancolía de lo que se fue…” Una y otra vez.

Más de medio siglo después, la secuela podría llamarse El discreto desencanto de la clase media. El protagonista ya no teme a la revolución en el comedor, sino al estado de cuenta: hipoteca, automóvil financiado, suscripciones, hijos endeudados y una contraseña para cada rincón de su existencia. Aquello que antes no se decía en la mesa —el dinero, el deseo, el fracaso— tampoco encuentra ya refugio en la alcoba. Las viejas morales sobreviven, convenientemente maquilladas de respetabilidad, mientras la hipocresía cambia de vestuario. La burguesía de Buñuel tenía divanes sensuales; la clase media contemporánea tiene cuotas mensuales. Ambas comparten, sin embargo, la misma comedia: aparentar que todo está bajo control mientras la vida, discretamente, se ríe detrás del telón. La clase media fue, durante buena parte del siglo XX, mucho más que un ingreso: fue una promesa. Trabajar, estudiar, ahorrar, comprar una casa y mandar a los hijos a la universidad debía producir, si no riqueza, al menos una vida un poco mejor y bastante más previsible que la de los padres. Su gran invención fue convertir el futuro en una expectativa razonable. El ascensor social funcionaba con fallas, desigualdades y pasajeros de primera y segunda clase, pero subía lo suficiente para alimentar una ficción poderosa: mañana será mejor. Durante décadas, el capitalismo logró la curiosa proeza de fabricar mercancías, consumidores y ciudadanos que todavía creían en el ascensor. Hoy lo que se tambalea no es sólo una categoría estadística, sino ese imaginario: la sospecha de que quizá el futuro dejó de subir y nosotros seguimos apretando el botón.

Yuval Noah Harari pone el dedo en una herida incómoda: ¿qué ocurre cuando las máquinas ya no necesitan tantos trabajadores de complejidad media? Su famosa “clase inútil” no es una profecía, sino una provocación: la verdadera amenaza no es que la IA borre empleos de un plumazo, sino que vuelva prescindibles ciertas habilidades y, con ellas, parte del poder de negociación de la clase media. La OIT estima que una de cada cuatro personas trabaja hoy en ocupaciones potencialmente expuestas a la IA generativa, aunque muchas serán transformadas antes que eliminadas. El problema, entonces, no es sólo quién perderá el empleo, sino quién decidirá qué trabajos merecen existir y quién se quedará con la riqueza producida por máquinas que, a diferencia de nosotros, no piden aumento ni vacaciones. Harari obliga así a cambiar la pregunta: el futuro no dependerá únicamente de cuántos empleos sobrevivan, sino de quién tendrá el poder para repartir los beneficios de una sociedad que puede producir más con menos trabajadores.

David H. Autor, economista del MIT, mostró que la tecnología no destruye simplemente empleos: transforma tareas, premia unas capacidades, devalúa otras y puede vaciar el centro laboral. Pero conviene escuchar también a Thomas Piketty: la desigualdad no depende sólo de cuánto produce una economía, sino de quién posee el capital y quién captura sus frutos. La máquina, por supuesto, no tiene la culpa; bastante tiene con trabajar a destajo, sin descanso y con una eficiencia casi ofensiva. El verdadero problema es quién se queda con la riqueza que produce y quién conserva poder para negociar su lugar cuando el trabajo deja de ser el gran distribuidor de seguridad social. Al final, quizá la pregunta no sea cuánto puede producir la máquina, sino cuánto estamos dispuestos a permitir que produzca para otros.

La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial acabará con el trabajo. Sería demasiado sencillo, casi tranquilizador. Lo verdaderamente incómodo es saber qué trabajo quedará para los humanos cuando las máquinas aprendan a hacer buena parte de aquello por lo que durante siglos les dijimos que eran inteligentes. Tal vez terminemos descubriendo que el gran privilegio del futuro será tener un empleo suficientemente aburrido como para que ningún algoritmo se moleste en quitárnoslo. Y ahí aparece la ironía mayor: después de educarnos durante décadas para ser competitivos, creativos, eficientes y productivos, podríamos encontrarnos compitiendo precisamente por aquello que las máquinas todavía no consideran rentable hacer. Porque la clase media nunca vivió solamente de su salario. Vivió de sus expectativas. Su gran demanda fue, en realidad, modesta y gigantesca al mismo tiempo: seguridad. Seguridad para enfermar sin arruinarse, para perder un empleo sin perder la vida, para educar a los hijos, para comprar una vivienda, para jubilarse, para equivocarse. Quería vacaciones, automóvil, biblioteca, refrigerador, universidad, crédito y una pequeña parcela de intimidad. El sueño burgués fue extraordinariamente terrestre: tener un lugar propio en el mundo. Pero también allí apareció su contradicción.

La clase media quiso ser libre y terminó confundiendo libertad con capacidad de consumo. Aprendió a medir el éxito por los metros cuadrados, las escuelas, el automóvil, el barrio, el restaurante y, más tarde, por la fotografía cuidadosamente editada de todo ello en Instagram. Su rebelión contra la pobreza se convirtió lentamente en obediencia al mercado. El antiguo proletario soñaba con dejar de ser explotado; el nuevo ciudadano aspiró a tener suficientes ingresos para pagar cómodamente las cosas que el sistema le decía que necesitaba. Marx habría reconocido el mecanismo con una sonrisa sombría. Bourdieu habría añadido que las diferencias no se compran solamente: se incorporan. El gusto, el lenguaje, las vacaciones, la universidad, los libros, la manera de vestir y hasta la forma de criar a los hijos se transformaron en pequeñas fronteras de clase. La clase media no sólo quería vivir mejor: quería que se notara que vivía mejor. Y allí comenzó una de sus tragedias, aunque durante un buen rato consiguió presentarla como epopeya: trabajar, pagar, ahorrar, educar, ascender, aparentar que todo estaba bajo control. Una suerte de heroísmo doméstico con recibos domiciliados.

Porque mientras la clase media acumulaba objetos, diplomas y aspiraciones, acumulaba también deuda, competencia y miedo. El departamento dejó de ser refugio para convertirse en obligación financiera. La educación dejó de ser sólo conocimiento y comenzó a funcionar como inversión. El tiempo libre fue colonizado por el teléfono. El descanso se convirtió en productividad diferida. Hasta la crianza adquirió algo de mercado de valores: cada hijo parecía una cartera de inversión que había que administrar cuidadosamente para evitar su depreciación. El resultado es una paradoja cruel: nunca habíamos tenido tantas herramientas para administrar nuestra vida y nunca había sido tan difícil sentir que la controlamos.

La vivienda es quizá la mejor radiografía de esta comedia. En México, los precios reales subieron 31% entre 2005 y 2020, mientras los ingresos avanzaban con la elegancia de una tortuga: para un hogar del quinto decil, una casa promedio equivalía a unos nueve años de salario. Aquella piedra angular de la estabilidad terminó convertida en una carrera contra el crédito. Y la clase media descubrió algo todavía más incómodo: no es un lugar, sino una puerta giratoria. Se entra, se sale y, ante el primer despido, enfermedad o inflación, puede aparecer de nuevo el viejo fantasma de la pobreza. En América Latina, donde en 2023 el 41.1% de la población podía considerarse de clase media y otro 31.5% permanecía vulnerable, millones viven con una curiosa certeza: son de clase media mientras nada salga mal. Viven mirando hacia arriba, pero con el abismo a sus espaldas. De ahí su política, tan contradictoria como humana: quiere impuestos bajos y hospitales públicos, desprecia al Estado hasta que necesita uno, defiende el mérito mientras busca una escuela donde el apellido ayude, reclama libertad y exige seguridad, condena los privilegios mientras calcula cómo conseguir uno. No es simple hipocresía: es la tragedia cómica de estar suficientemente cerca del privilegio para desearlo y suficientemente lejos para padecerlo. En Estados Unidos, el viejo sueño de comprar un poco más de futuro se ha vuelto una cuenta cada vez más cara de pagar: vivienda, educación, salud y deuda. En Europa, el Estado de bienestar descubre que hasta los pactos históricos envejecen.

Pero el problema ya no es sólo cuánto se gana, sino qué futuro se alcanza a imaginar. Una generación podía soportar un presente difícil porque esperaba una casa, una pensión y una vida mejor para sus hijos. Hoy la pregunta es más elemental y bastante menos tranquilizadora: ¿qué seguirá valiendo cuando termine esta década? Ahí aparece Harari: quizá la crisis de la clase media no consista únicamente en perder ingresos, sino en perder la certeza de que el esfuerzo todavía conduce a alguna parte. Y cuando el futuro deja de ser promesa, hasta el sueño americano termina pareciendo una hipoteca vencida.

Y aquí la inteligencia artificial introduce una ironía extraordinaria. Durante siglos educamos a los seres humanos para hacer aquello que las máquinas no podían hacer. Ahora estamos construyendo máquinas capaces de escribir, traducir, calcular, programar, diagnosticar, resumir, diseñar y conversar. La vieja frontera entre trabajo manual y trabajo intelectual se está volviendo tan porosa como una frontera dibujada con lápiz bajo la lluvia. El drama no será solamente económico. Será psíquico. ¿Qué ocurre con una persona que ha construido durante veinte años su identidad alrededor de ser contador, abogado, profesor, periodista, diseñador, programador o administrador y descubre que una máquina puede realizar una parte creciente de aquello que definía su valor profesional? No necesariamente queda desempleada. Puede incluso ganar productividad. Pero algo cambia: la relación entre conocimiento, oficio y autoestima. Por eso la crisis de la clase media es también una crisis de reconocimiento.

Hegel habría reconocido aquí una de sus ironías favoritas: la astucia de la razón consiste en hacernos creer que avanzamos hacia la autonomía mientras perfeccionamos los mecanismos de nuestra obediencia. Queremos ser únicos y terminamos convertidos en perfiles; exigimos libertad y entregamos nuestra atención; presumimos de pensar por cuenta propia mientras un algoritmo decide qué leer, comprar, escuchar o temer. La historia, siempre con un humor bastante cruel, hace el resto: la clase media sigue comprando el futuro que le prometieron —casa, automóvil, teléfono, cursos— y continúa esperando el ascenso, la jubilación, el empleo de los hijos o que la máquina no le quite el suyo. Tal vez esa sea su verdadera tragedia, y también su astucia: vivir siempre para después, como si la vida comenzara puntualmente después de la próxima quincena.

La gran virtud de la clase media fue creer que el mundo podía mejorar; su gran ingenuidad, suponer que mejorar significaba parecerse a su propio sueño. Aquí Harari introduce la pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las máquinas empiezan a hacer mejor aquello por lo que nos ganábamos la vida? La salida no puede ser capacitar trabajadores hasta el infinito para una carrera contra algoritmos que no duermen, ni convertirlos en espectadores subsidiados de su propia irrelevancia. Habrá que reinventar el pacto entre trabajo, educación, propiedad, tiempo y movilidad, y también el prestigio: quizá aprender a valer por algo más que el salario. Porque si la máquina puede trabajar mejor que nosotros, la pregunta deja de ser cómo competir con ella y se vuelve bastante más peligrosa: ¿para qué queremos vivir cuando trabajar ya no sea la manera principal de demostrar que merecemos vivir?

Ahí termina Harari y comienza nuestra responsabilidad. Porque quizá la clase media no esté muriendo. Quizá esté cambiando de forma. Y tal vez el verdadero peligro no sea que desaparezca el automóvil en la cochera, sino que desaparezca la convicción de que vale la pena construir una cochera para los que vienen después. El siglo XX nos vendió la idea de que el progreso consistía en tener más. El siglo XXI tendrá que decidir si también significa vivir mejor. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en los personajes de Buñuel: perfectamente vestidos, razonablemente educados, ligeramente endeudados y eternamente sentados alrededor de una mesa que nunca termina de servir la cena. El problema es que esta vez no habrá director que grite “corten”.

Y el laberinto ya no estará afuera. Lo llevaremos en el bolsillo.

Manchamanteles

La clase media tiene también su banda sonora: compra el vinilo de sus sueños, paga la mensualidad y descubre que hasta la nostalgia viene a crédito. Escucha música para sentirse libre, mientras el algoritmo, muy atento, ya decidió qué canción debe acompañar su próxima preocupación.

Narciso el obsceno

La clase media convirtió la aspiración en espejo: mira al que tiene más, lo envidia, lo imita y termina admirándose a sí misma por parecerse a aquello que envidia.

El cargo El discreto desencanto de la clase media apareció primero en El Arsenal.


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