
¿Cómo se cuenta una historia de amor? Hay muchas formas posibles, pero no infinitas. La manera más habitual es empezar por cómo dos personas se conocen, se enamoran y, al final, el amor es imposible. Si el foco está puesto en este último factor, tendremos una buena excusa para una narración sensacionalista.
Los amores imposibles plagan la literatura. En muchas novelas el narrador da cuenta de un amor a partir de su fracaso. A veces se cree que la distinción entre las buenas y las malas novelas está en que las segundas se dedican a los amores con final feliz, como una concesión al lector que funciona como un soborno, mientras que una buena novela es aquella en que se expone una imposibilidad irredimible.
Esta distinción es esquemática y trivial, como cuando se dice que un buen escritor es el que evade los adverbios. También hay algo fácil en contar una historia que va a terminar mal. Es un gesto de falsa superioridad moral, que encubre una redención masoquista: “Confieso que he sufrido”. Como si a partir del amor imposible se adquiriese una nueva conciencia, lúcida y retrospectiva.
Esta es una mala conciencia. Leo con distancia las novelas que cuentan una historia de amor a partir del relato en primera persona del modo en que se perdió la ingenuidad. Tienen un regodeo del que sospecho; como si la experiencia de recuperación del tiempo a través del pasado tuviese un goce relamido –como el del gato que se soba a sí mismo, al limpiarse.
Incluso cuando se trata de contar las propias miserias. Por eso creo que la mejor manera de narrar una historia de amor es en tercera persona, o a través de un escenario impersonal. Por ejemplo, con una ficción histórica que tensa la autobiografía. Es lo que ocurre cuando se narra un amor de otro siglo y las condiciones históricas obligan a matizar las interpretaciones que uno puede tener de sí mismo.
Esto es lo que hizo Manuel Mujica Láinez en Bomarzo (1962), su novela monumental, que cuenta la historia del Duque Pier Francesco Orsini. Hijo maltrecho, despreciado por su padre y apañado por su abuela, a la sombra de su hermano viril, este extraordinario personaje encarna la investigación de un deseo que, en ese entonces, Manucho decidió situar mejor en el siglo XVI italiano.
La joroba del Duque va de la mano de su actitud afeminada; actitud que se prolonga en la exploración del homoerotismo, por un lado, con Hipólito de Médicis, pero también –por otro lado– con el negro Abul, que expone la tensión entre el amor platónico y el de la carne. Y no es que Pier Francesco no haya conocido el amor con la mujer, pero este es un “amor muerto”, más ideal que basado en la Idea.

Muerto el hermano mayor (al que deja morir, con el visto bueno de la abuela) y ubicado en plan sucesorio, se plantea la cuestión de cómo concebir un vástago en un matrimonio con cama fría. Todavía hoy es asombroso leer esta novela y no pensar en cómo el escritor puso en palabras lo que seguramente fueron algunos conflictos internos.
Conflictos no solo suyos, porque esto sería lo de menos. Conflictos que fueron los de muchos hombres que, en esa década del ’60, amaron a otros hombres. No hay que olvidar que Bomarzo fue llevada al Teatro Colón en una adaptación operística y, a las pocas funciones, fue censurada por el Gobierno de Onganía.
Cuando leí esta novela sentí un enorme cariño con ese Duque trémulo que, tal vez porque su orientación no era la de la filiación viril, se dedicó a soñar con la inmortalidad. En efecto, cuando empezamos a leerla, nos llama la atención que el narrador nos habla desde un presente para contarnos episodios ocurridos hace 400 años.
Bomarzo es la historia de un deseo inmortal, ególatra y sufrido; es la historia de un ser que padece su diversidad, a la que califica de monstruosa. Es la historia de un jardín en que aún están las huellas inmemoriales de una vida que no fundó un linaje. Le sugiero al lector que busque alguna foto de ese jardín y la vea como se exponen también las fotos de la casa de Freddie Mercury.
Afortunadamente, desde hace varias décadas los hombres ya no precisan camuflar sus amores con hombres a la hora de escribir una novela. Seguramente hay diferentes escritores que se pueden ubicar en los precedentes, pero aquí quisiera ubicar como bisagra la novela Un año sin amor (1998) de Pablo Pérez; tal vez por el recorrido posterior que tuvo, al punto de convertirse en un texto de culto, hasta que fue llevada al cine en 2008.

La llamada “Literatura Gay” es todo un campo de reflexión, sumamente interesante y en el que no me especializo. Nada que yo pueda decir al respecto puede ser conclusivo, solo lo hago desde la admiración por ciertos autores. Por ejemplo, la edición del volumen Todas las obras acabadas (2015) de Ioshua, es un material que considero entre los más desafiantes, porque me hace pensar diferentes elementos: un modo de escribir, una forma de publicar, un trabajo sobre la estética de la belleza desde un punto de vista irreverente.
Quizá en el otro extremo de la pluma despiadada de Ioshua se encuentra una novela como Fuimos (2018) de Daniel Tevini, en la que se narra cómo Damián, un adolescente de los ’70, descubre que ama a otro hombre. Que no solo tiene un deseo homoerótico, sino que también ama, si por amor entendemos la adquisición de un mundo, el del amado.
Son muy pocas las novelas de hombres heterosexuales que reflejen del todo esa manera en que, con el amor, se abre un mundo. Quizá ocurre en aquellas en que el protagonista es un adolescente que se enamora de una mujer mayor, pero progresivamente el protagonismo lo va teniendo la pasión y el trabajo de su aguijón en quien ama.
En Fuimos, una de las cosas más hermosas es la celebración del amor, más allá –o más acá– de lo concreto de un acto. Amor clandestino, amor tímido, que se conoce a sí mismo en pequeños incidentes, revela un trasfondo del amor masculino que pocas veces logran tener las novelas de amores heterosexuales.
Cuando leí Fuimos, no pude dejar de tener presente otra novela de Mujica Lainez: Sergio (1976), una de las últimas, en la que quizá por eso se atrevió a explorar con menos rodeos la cuestión homosexual. La belleza de Sergio y el modo en que es deseado, casi hasta con voracidad, exponen cómo la iniciación a veces va de la mano de un desear que implica como un primer paso ser presa.
Este es el tema de una nueva novela de Tevini: Historia del auténtico niño barbardo de la China. Por cierto, nuestro autor nació el mismo año en que se publicó Bomarzo.
Al igual que Manucho con el desplazamiento hacia otra época, en esta novela tenemos un escenario conocido: la Buenos Aires de principios del siglo XIX. La historia se desarrolla con la llegada de un prófugo –que era exhibido como un fenómeno por su extraña condición– hasta la presidencia de Sarmiento.
En el medio, tenemos historias en mataderos, el derrocamiento de Rosas, anécdotas de Mariquitas, Exilios, La Guerra del Paraguay, el auge de Mitre, todo narrado con intrigas que le dan a esta historia de Hombres un erotismo particular, una suerte de revisionismo gay. De un modo bien documentado, Tevini hace una reconstrucción de episodios bélicos y relativos a la tensión entre civilización y barbarie, como si fuera equivalente al contrapunto entre hetero y homoerotismo, para llegar al planteo: ¿si no hay uno sin el otro?

Sin embargo, no voy a detenerme en la interpretación sociológica de la novela, ya que no soy sociólogo ni historiador. Me interesa mucho más la teoría del amor que despliega, muy sutil y perfectamente dosificada. En este escenario, remoto y cercano, tenemos la llegada de un joven que huye. Este es un buen comienzo: un huérfano.
Este joven “raro” encuentra su primer refugio en los brazos de un gaucho que le da la poca protección que puede darle quien no tiene nada y también tiene que esconderse de sí mismo. Hasta que, en un cruel episodio, que está a punto de costarle la vida, es salvado por un patrón de estancia que, a partir de ese momento, será más que su protector. Aquí comienza el amor.
“Historia de amor entre Rafael de Oresteaga y Henrique de Lancaster”, este podría ser un título alternativo para esta novela, en la que Rafael es el terrateniente y Henrique su joven “primo”, que supuestamente duerme en la habitación de al lado. Si el Duque de Manucho era inmortal, nuestro Henrique es eterno. La diferencia es central: eterno es quien no envejece, por eso vemos la historia transcurre a su alrededor y él permanece siempre bello.

¿Por qué Tevini recreó una historia en otro mundo, con una cualidad fantástica? Creo que es un modo de establecer dos condiciones para este amor: la relación es asimétrica, no solo por una cuestión de poder, sino de erotismo, en el que uno va a aprenderlo todo del otro a partir de darse de forma íntegra; la cuestión es cómo trascender el amor cuando uno de los dos se irá primero.
Estas son condiciones que Tevini prefirió no plantear en el mundo contemporáneo, para tener un mejor laboratorio de experimentación. Y creo entenderlo, porque si lo hubiese hecho en el “aquí-ahora” habría tenido que plantear diversos debates y situaciones que le habrían quitado cualquier espontaneidad. El chinito pobre que asciende socialmente por los vínculos del hombre rico es una estructura que fácilmente es criticable como “eso no es amor”.
Pero, ¿si esa estructura es la que mejor muestra la dinámica del amor en un hombre? Como tampoco soy especialista en crítica literaria, del modo en que está escrita la novela –a medias entre la crónica y el género epistolar– me interesa destacar especialmente el modo en que a medida que leemos el lenguaje se vuelve cada vez más refinado, como si el crecimiento de Henrique (su hablar inculto inicial, su estilo literario al final) se reflejara en la dinámica de la escritura.

Durante casi 400 páginas, Henrique le escribe a Rafael –ya muerto– para contarle su historia. Lo que este conoce y lo que no, tan solo por si alguna posteridad habrá de volver a encontrarlos. No busca darle explicaciones, sino ejercitar su sinceridad (“Es verdad que Usted ya sabe todo esto, pero solo se lo recuerdo, como lo demás, por si la muerte le ofició de olvido”).
Esta no es una novela de iniciación, de descubrimiento, sino de formación en el sentido del modelado. Otra característica de Henrique es su don para la imitatio, o sea, que es capaz de imitar los entornos, los olores, las fisonomías. Este es un modo de decir que Rafael será siempre Rafael, mientras que Henrique es quien se transforma.
Ahora bien, Henrique no es un Zelig, que copia exteriormente. Su mimetismo es mucho más complejo y esencial: “Es que en esos momentos mis rasgos no son en sí los de la cosa amada, sino más bien como los de su vaciado, el calco en negativo de la forma humana que deseo”.
Las escenas amorosas entre Rafael y Henrique están narradas con una sensibilidad y una sensualidad admirable, incluso para anticipar su finitud: “Ahí entendí que ese cuerpo único que formábamos los dos, cada noche, entrelazándonos con las sábanas, o en el día a día que vivíamos compartiendo la misma ansiedad, proyectándonos íntimamente hacia ese punto en donde dos cuerpos se coronaban a sí mismos en una sola especie singular y extraordinaria, iba a comenzar a tensarse hasta que al fin se quebrase”.

En determinado momento, el envejecimiento de Rafael es inevitable. “Traté en vano de copiar sus primeros rasgos mustios solo por hermanarme, pero mis dotes en la imitatio me lo impidieron, no fueron hechos para remedar la decadencia, apenas son un arte del sobrevivir”, confiesa Henrique.
En este punto, por motivos de la trama, nuestros personajes se separan y Henrique va en camino de ciertas diligencias, que también le hacen conocer otros cuerpos. Hasta que, en el encuentro con un joven amante, descubre lo siguiente: “Después, cuando nuestra intimidad fue mayor, me confesó que se sentía solo, que había sufrido mucho de chico”. Aquí se juega una curiosa inversión:
“Ahí descubrí su magia verdadera, la magia con la que me había convocado y por la que ahora retozábamos los dos tan a gusto, sueltos de cuerpo, en un mismo lecho: él me miraba igual que aquel chico que alguna vez fui, esa era su mirada y me conmovía. Ahí también entendí algo suyo [de Rafael], de cuando apenas me conoció, y pensé en que entonces yo debía mirarlo a Usted del mismo modo.”
La escena siguiente de esta historia es el reencuentro entre Rafael y Henrique, cuando el primero ya está viejo y enfermo, pero el amor permanece; un amor que ya no se apoya en el deseo urgente sino en una comunión paciente y alegre. Tevini lo escribe de una manera conmovedora, por eso lo volveré a citar in extenso:
“No habíamos intentado ningún tipo de cópula, nada del apareo en el que se enredaban en el pasado nuestros cuerpos, ni con lo que alimentar la lascivia de ciertos miembros de la Santa Iglesia, dispuestos a señalarnos con términos satánicos, es decir, ni hubo íncubo ni súcubo, apenas dos cuerpos dejándose doblegar por una caricia prolongada a lo largo del tiempo, después sucumbiendo a otra y otra más, hasta sentir que ya no necesitábamos de nuestras manos porque era la mansedumbre la que nos acariciaba.”
Pocos textos expresan tan bien la pureza del amor masculino cuando se independiza del deseo y encuentra la filiación no en una futura concepción sino en la reparación del niño que precisó amor, que se lo da a sí mismo, a través de otro. Sin esta investidura erótica del cuerpo a cuerpo, un hombre no es más que un animal semental. La novela de Tevini logra poner de manifiesto la dimensión espiritual del amor masculino, a través del amor entre hombres, algo de lo que muy pocas novelas con historias de heterosexuales logran dar cuenta.
Después de leer esta novela de Tevini –que, así como Fuimos desarrolla el amor de la juventud, con esta historia se ocupa del amor que madura y del amor de madurez– recordé una vieja película que se llama Felices juntos, de Wong Kar-wai, que cuenta la tormentosa relación de dos hombres que se aman. ¿Es una historia de gays y para gays? De esta literatura podría decirse lo mismo que de la literatura femenina (de escritoras mujeres): más que trazar la línea para recortar un nicho, se basa en conflictos trascienden la afirmación del narcisismo de la pequeña diferencia.
Cuando leo a Tevini, me siento más cerca del amor. En esta columna no dije nada sobre psicoanálisis. Entonces, lo haré para concluir. Un prejuicio analítico está en decir que el amor feminiza a los hombres. No, para nada esto es así. Hay un amor propiamente masculino y este es el que las novelas de este gran escritor invitan a conocer y experimentar.
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