
Es muy probable que nada sea lo que parece ser. Todo es relativo, aunque tal vez no. Esto parece ser un romance adolescente, que no lo es; uno de esos fogosos acercamientos iniciales, donde todo está por descubrir y es mejor hacerlo con quien no sabe. O tal vez parezca un romance de juventud, que tampoco lo fue; una de esas historias que envuelve la duda, el desconcierto y cierta serena confusión que aleja y acerca a las parejas hasta que el tiempo hace lo suyo. También parece uno de esos amores tardíos, a los que la juventud atropelló y postergó para más adelante, cuando el más adelante era la nada, y que el tiempo volvió luego a espejar en un raro cruce de caminos.
No fue un romance. No fue una historia de amor, aunque lo haya parecido. Fue la historia de una intensa amistad. Como se sabe, en muchas lenguas amistad es sinónimo de amor. Esta fue correspondida entre ambos. Lo que hace la diferencia son los protagonistas. Porque ella era Anna-Teresa Tymieniecka, una polaca de nacimiento, estadounidense por adopción, filósofa especializada en la fenomenología, casada y con hijos, y él era en 1973, cuando dio inicio esta amistad intensa y rica, un cardenal de la iglesia católica, arzobispo de Cracovia, Polonia, de nombre Karol Wojtyla, que sería luego el papa Juan Pablo II y es hoy un santo de los altares.
La amistad entre Anna-Teresa y Wojtyla se extendió por treinta y dos años, hasta la muerte del Papa, el 2 de abril de 2005. Ella honró la relación hasta el día de su muerte, el 7 de junio de 2014. La amistad de un sacerdote con una mujer casada no tiene, o no debería tener, nada de extraño. Lo que brilla en esta historia incluso candorosa, es el intercambio de cartas, tal vez de intenciones, que ambos mantuvieron por más de tres décadas. Un ejemplo: “Buscaba desde el año pasado una respuesta para estas palabras tuyas: ‘Te pertenezco’. Y finalmente, antes de dejar Polonia, encontré un camino: un escapulario. (Con él demuestro) la dimensión en la que te acepto y te siento en todo tipo de situaciones, cuando estás cerca y cuando estás lejos”.
Ella, filósofa, le ha dicho: “Te pertenezco”. Y él, cardenal y santo a futuro, le devuelve un escapulario. La historia está reflejada en las más de trescientas cincuenta cartas, es un número considerable para un epistolario, que Wojtyla escribió a Anna-Teresa y que la filósofa legó en 2008 a la Biblioteca Nacional polaca, donde fueron halladas. En cambio, no hay rastro algunos de las cartas que Anna-Teresa escribió a Wojtyla cuando era cardenal y al papa Juan Pablo II cuando era vicario de Cristo. O fueron destruidas, o se perdieron, o fueron vendidas a algún coleccionista que todavía no las dio a conocer y tal vez nunca lo haga. No es el misterio más trascendente de esta historia.

Anna-Teresa nació el 28 de febrero de 1923, era tres años menor que Wojtyla, en Mazovia, Polonia. Se interesó desde muy joven en la filosofía después de leer “Doctrina sobre el contenido y el objeto de las representaciones”, del polaco Kasimierz Twardowski, y las obras de Platón y de Henri Bergson. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, estudió en la Universidad Jaguelónica de Cracovia y en la Academia de Bellas Artes de esa ciudad. Luego fue una seguidora y maestra de la fenomenología, que trata del estudio filosófico de las estructuras de la experiencia y la conciencia.
Lo de la Universidad Jaguelónica tiene lo suyo porque a punto de terminar la guerra, en enero de 1945, y cuando los nazis huían de Polonia, un joven seminarista llamado Karol Wojtyla retomó sus estudios en la Facultad de Teología de esa universidad, la misma donde, cuando era un muchacho de dieciocho años, había iniciado sus estudios de filología polaca en la Facultad de Filosofía y Letras, la misma donde cursaría Anna-Teresa. ¿Habrán sido Anna-Teresa y Karol, ambos interesados en la filosofía, compañeros de claustro?
En esos años, Karol era un muchacho atractivo e inquieto, qué joven no lo es. Como se sabe, Wojtyla oyó que Dios lo llamaba al sacerdocio a sus veintidós años; antes había sido un alumno brillante, con una carrera prometedora que torció la guerra. Las dos vidas, la de Anna-Teresa y la de Karol, estuvieron atravesadas por la guerra. Los estudios iniciales de Wojtyla acabaron en 1939 porque los nazis, después de invadir Polonia, deportaron o asesinaron a la mayoría de los docentes polacos, en un intento por borrar del mapa la rica cultura de ese país.
Los nazis impusieron un sistema de trabajos forzados para todos los varones polacos entre dieciocho y sesenta años. El futuro papa Juan Pablo II trabajó entre 1940 y 1944 en una cantera y en una fábrica química de Solvay. También se unió al grupo de teatro que lideraba el actor Mieczysaw Kotlarczyk, creador del teatro Rapsódico; de manera que Wojtyla, como un joven actor, subió a los escenarios para interpretar papeles de profundo contenido patriótico. Los escenarios marcan, definen, impregnan y seducen.

También se integró a un grupo de jóvenes católicos que resistían a los nazis con métodos pacíficos, Woktyla estaba entre ellos, o por otros medios no tan pacíficos, algunos incluso violentos; todos daban ayuda a los judíos perseguidos por las huestes de Adolf Hitler. Todos también estaban fichados por la Gestapo; y cuando el ambiente se puso pesado, Wojtyla y otros muchachos como él, se refugiaron en los subterráneos del arzobispado de Cracovia. En 1942 ingresó al seminario clandestino que había fundado el cardenal Adam Stefan Sapieha, arzobispo de la ciudad. Wojtyla fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946, fue a estudiar a Roma donde a fuerza de estudio se ganó el doctorado en Sagrada Teología, y regresó luego a Polonia. Su carrera sacerdotal fue velocísima. En 1958 el papa Pío XII lo consagró obispo auxiliar de Cracovia, en 1962 participó del Concilio Vaticano II lanzado por el papa Juan XXIII; en enero de 1964 el papa Paulo VI lo nombró arzobispo de Cracovia y lo hizo cardenal el 26 de junio de 1967, el segundo más joven de su época: tenía cuarenta y siete años.
Anna-Teresa casó con un economista de Harvard, Hendrik Houthakker, un holandés, como se decía entonces, con el que fueron padres de tres hijos Louis, Jan e Isabelle. Instalada en Estados Unidos, ella con un apellido de casada convertido en trabalenguas Anna-Teresa Tymieniecka Houthakker, el matrimonio fue amigo de Wojtyla, entonces arzobispo de Cracovia. Anna-Teresa lo había conocido en 1973, tal vez por la inclinación que ambos sentían por la filosofía. Ella viajó de Estados Unidos a Cracovia para trabajar codo a codo con Wojtyla en una versión más extensa de “Persona y Acción”, una obra que el obispo de Cracovia había escrito en 1969. Los dos se vieron varias veces ese año, el futuro papa Juan Pablo tenía cincuenta y tres años, y algunas fotos documentan incluso un camping que hicieron juntos y que incluía una práctica de esquí, deporte al que Wojtyla era muy afecto. La foto exhibe, para quien quiera verlo, un aire juvenil, casi adolescente en esas dos personas ya adultas que posan al pie de una carpa cualunque, o con un par de esquíes en los pies.
Cuando Anna-Teresa regresó a Estados Unidos, empezó a cartearse con el cardenal Wojtyla. La primera carta está fechada en ese año clave, 1973, el del primer encuentro, si es que no hubo uno o más de uno cuando ambos eran muy jóvenes. Es una respuesta de él a una carta de ella, que se ha perdido o está oculta en alguna parte: el cardenal le da una respuesta formal, no desvaída pero discreta. Al parecer, con el correr de los meses y de los papeles escritos, la relación epistolar se hizo más intensa.
El sacerdote y periodista Adam Boniecki. Que durante años dirigió el órgano oficial de prensa del Vaticano, “L’Osservatore Romano” y luego fue editor del prestigioso semanario católico polaco “Tygodnik Powszechny” reveló hace algunos años: “Algunas mujeres a veces suelen enamorarse de sacerdotes; esto siempre plantea un problema. Si ella (Anna-Teresa) estaba enamorada del cardenal Wojtyla no era tal vez la única en estarlo”. La última de sus cartas a Anna-Teresa fue enviada por Juan Pablo II meses antes de morir, en abril de 2005.
En 1974 ambos volvieron a verse: a veces a solas, a veces junto al secretario personal de Wojtyla, monseñor Stanislav Dziwisz, hoy arzobispo de Cracovia. Dziwisz fue mano derecha de Wojtyla cuando era obispo y cuando fue Papa: es el joven sacerdote que, demudado, sostiene a Juan Pablo II instantes después de haber sido herido de bala por el terrorista turco Mehemet Alí Agca, el 13 de abril de 1981, en plena Plaza San Pedro. Dziwisz ha sido y es una tumba sobre la relación de Anna-Teresa y Wojtyla.

Las cartas de Wojtyla fueron reveladas en 2016 por la BBC. Uno de sus periodistas, Edward Stourton, definió la relación entre ambos con la finura, la esbeltez y la elegancia de un espadachín florentino, y acaso con su mismo filo: “Ambos fueron más que amigos, pero menos que amantes”. Stourton también se inclina a pensar que mientras Anna-Teresa demostraba “intensos sentimientos” hacia el sacerdote, Wojtyla habría tratado de derivar la relación hacia una amistad que, si bien no podía dejar de ser intensa, tampoco podía dejar de ser amistad.
Un amigo de Anna-Teresa, George Hunston Williams, profesor del seminario protestante de la Universidad de Harvard, amigo de Anna, escribió: “Hacían largos paseos, hablaban de filosofía y a la noche iban juntos a nadar. La verdad es que cuando estaban juntos desarrollaban una energía erótica no practicada”. Tal vez esta sea el momento de recordar que la castidad no es un dogma de la Iglesia Católica: es un voto sacerdotal.
El documental de la cadena británica de 2016 contenía el testimonio de varios entrevistados que pensaban que Anna-Teresa estaba enamorada de Wojtyla. La Biblioteca Nacional de Polonia se opone a esas interpretaciones y asegura que fue una más de las muchas amistades que el Papa tuvo en su vida, lo que no está mal como argumento. Pero el célebre periodista Carl Bernstein, aquel del Caso Watergate junto a Bob Woodward, disiente con la institución polaca. Bernstein fue el primer escritor en señalar la importancia de Anna-Teresa en la vida de Juan Pablo II. Lo hizo después de entrevistar en 1990 a la filósofa polaca para el libro “His Holiness – Su Santidad - Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo”, que escribió junto al vaticanista italiano Marco Politi: “Estamos hablando del Santo Padre –dijo Bernstein- Es una relación extraordinaria. No es algo ilícito. Pero es fascinante: cambia toda nuestra percepción sobre el Papa”.

El libro de Bernstein y Politti identifica a dos chicas, Ginka Beer y Halina Krolikiewicz como “dos amigas muy cercanas al joven Wojtyla” en sus años de juventud. El propio Wojtyla recordó sus años mozos en su autobiografía publicada en 1966. En esas páginas, el entonces Papa recuerda con piadosa prudencia aquellos años: “(…) Mi vocación sacerdotal no estaba todavía madura (…) En esa época, yo moría de pasión por la literatura y, por encima de todo, por el teatro”.
En 1976, el entonces cardenal Wojtyla escribió a Anna-Teresa para decirle que estaba revisando cuatro de las cartas que ella le había enviado en solo un mes. La respuesta del sacerdote lleva a pensar, pero es una suposición, tal vez una intuición, que Anna-Teresa le había revelado, o sugerido, o insinuado, fuertes sentimientos hacia él: “Mi querida Teresa –dice Wojtyla- he recibido las tres cartas. Me hablas de estar separados. Escribes que estás destrozada, pero no puedo encontrar respuesta para esas palabras”. En otra carta, o tal vez en esta misma, el cardenal dice a Anna-Teresa que ella es “un don de Dios”. Y en otra carta: “La dimensión en la que te acepto y siento por todos lados y en cualquier situación, cuando estás vecina y cuando estás lejana”. Esa es la carta en la que Wojtyla le recuerda a Anna-Teresa su “Te pertenezco”, y que él responde con un escapulario, un objeto sacramental católico, sencillo y acaso devoto, conformado por dos pedazos pequeños de tela unidos por dos cintas largas para colgarlos del cuello.

En 1978, tras la repentina muerte de Juan Pablo I, el cardenal Albino Luciani, Karol Wojtyla fue elegido papa el 16 de octubre por el Colegio Cardenalicio, inspirado por cierto por el Espíritu Santo, y eligió ser llamado Juan Pablo II, un nombre que Luciani había optado para honrar al papa anterior, Pablo VI y al papa Juan XXIII. El nombre no implicaba seguir los pasos de aquellos tres papas: Wojtyla llegó al Vaticano como el primero de los pontífices no italiano en cuatrocientos cincuenta y seis años de historia y para sanear, o intentar sanear, las tormentosas finanzas vaticanas, cercadas por el Banco Ambrosiano, el lavado de dinero, la mafia y una logia masónica internacional alcances nunca revelados del todo.
Poco después de ocupar el trono de Pedro, Juan Pablo II escribió a Anna-Teresa: “Te escribo tras el evento, para que la correspondencia entre nosotros continúe. Prometo que en esa nueva etapa de mi viaje recordaré cada cosa”. Empezaba un papado que iba a durar veintiséis años y medio. Durante esos años, la correspondencia entre Anna-Teresa y Juan Pablo II cruzó mares, llegó a Estados Unidos y a las manos de Anna-Teresa; las respuestas viajaron hasta Roma, penetraron en los intrincados laberintos vaticanos, sortearon catacumbas y ojos indiscretos y llegaron a las manos del Papa.
El esposo de Anna-Teresa, Hendrick Houthhakerm. que había sido parte del Consejo de Asesores económicos de dos presidentes americanos, el demócrata Lyndon Johnson y el republicano Richard Nixon, fue consejero económico de Juan Pablo II cuando el derrumbe comunista de 1991 que terminó con la Unión Soviética. El papa nombró a Houthhakerm caballero pontificio por sus servicios, título que el economista honró hasta su muerte, en 2008.

Anna-Teresa y Juan Pablo II se vieron hacia el final de los días del papado de Wojtyla. Y se tomaron fotos. En una de ellas late una ternura devastadora. En un recinto monástico, casi vacío salvo por dos sillas, dos plantas verdes y aburridas y el perfil de un mueble biblioteca, presidido todo por un crucifijo enorme, se ve a un hombre y a una mujer ya viejos, castigados sin piedad por una edad irrespetuosa y cruel; el Papa se apoya en un bastón, alba su sotana y su solideo. Anna-Teresa viste de negro, perdida ya la esbeltez de sus años jóvenes, aunque no toda la belleza que lució entonces; calza anteojos, se inclina hacia la cabeza de Su Santidad; Juan Pablo ha echado su mano derecha por detrás de la cabeza de la mujer para abarcar su cuello, y la atrae hacia él. Ambos ensayan un beso. Quien quiere ver un beso en la mejilla, puede hacerlo. Quien, en cambio, quiera ver en esa imagen el intento de un beso en la boca, también puede hacerlo.
Por fin, nada es lo que parece. La escena encierra una historia que no fue contada por entero. Y eso es todo. Razón llevaba el periodista Stourton: “Eran algo más que amigos, pero menos que amantes”. Eso pasó. Y nada más.
Y si algo más pasó, sólo Dios lo sabe.
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