Algunos países viven atrapados en una paradoja política: los ciudadanos exigen soluciones de Estado, pero continúan premiando liderazgos que gobiernan como si fueran islas. Esta tensión entre expectativas colectivas y prácticas individualistas explica buena parte de los fracasos: gobiernos que prometen transformación pero terminan extraviados en sus propios laberintos; partidos que compiten entre sí incluso cuando necesitan coordinarse; y una ciudadanía que exige eficacia, pero sospecha de todo acuerdo.
Una contradicción así no es sostenible. Cuando un país enfrenta desafíos que rebasan la capacidad de cualquier actor aislado: desigualdad creciente, polarización corrosiva, violencia criminal, transición energética, crisis climática, tensiones federales, caída de la confianza institucional, la pregunta es ¿por qué sigue resistiéndose a la colaboración?
Escribí el libro “Silos, celos y círculos íntimos” porque estoy convencido de que las transformaciones no son producto de una figura providencial ni de un partido hegemónico disfrazado de pluralismo. Vienen de la capacidad de tejer coaliciones amplias, honestas, estratégicas y éticamente sólidas. No se trata sólo de ganar elecciones, sino gobernar con visión y propósito. Las coaliciones exitosas no se forman para frenar a alguien, sino para construir algo.
La política ha tenido una relación incómoda con la colaboración. A diferencia de los sistemas parlamentarios, donde las coaliciones son parte del ADN institucional, aquí solemos asociar el acuerdo con claudicación, el consenso con transacción, el diálogo con traición. Son herencias de un presidencialismo arraigado, sí, pero también de una cultura política que sobrevalora la épica individual y subestima la inteligencia colectiva.
Sin embargo, la realidad global apunta en otra dirección: ningún proyecto de nación funciona sin acuerdos, sin coaliciones. Ningún gobernante exitoso lo es en la soledad. La colaboración no es un favor. Es una condición de eficacia. Y en tiempos de crisis, es un acto de responsabilidad republicana.
Los gobiernos fracasan no por falta de recursos, sino por incapacidad de colaborar. La “siloitis” es una enfermedad dañina: destruye valor público, rompe cadenas de decisión, duplica esfuerzos, genera conflictos inútiles y deteriora la confianza ciudadana.
Los silos no sólo aparecen dentro del Ejecutivo; también entre poderes, entre niveles de gobierno, entre partidos, entre instituciones autónomas, entre estados y municipios, incluso dentro del mismo partido gobernante. La lógica de silos produce incomunicación, improvisación, sobrecarga y vacío de responsabilidad.
La solución, como enseñaba Donella Meadows, no está en sustituir personas, sino en rediseñar sistemas. Y en política, el diseño más poderoso —y más subutilizado en México— es la coalición.
Hoy más que nunca, conviene hacer una distinción que rara vez aparece en el debate público: Una alianza es un acuerdo electoral: se construye para ganar. Una coalición es un acuerdo de gobierno: se construye para gobernar.
Son dos formas de cooperación con objetivos distintos. Una alianza electoral suele formarse antes de las elecciones, cuando dos o más partidos deciden unir fuerzas para competir en conjunto y maximizar su posibilidad de ganar —compartiendo estructura de campaña, votos, listas, recursos y estrategia, pero conservando su identidad partidista individual.
Por el contrario, una coalición política adquiere carácter después de la elección —es decir, cuando ningún partido obtiene mayoría suficiente para gobernar por sí solo–. Entonces los partidos negociarán para formar un gobierno conjunto, compartir el poder, distribuir cargos, acordar políticas públicas, y actuar como bloque parlamentario o ejecutivo.
La coalición implica un grado de integración institucional más profundo, una responsabilidad compartida frente al gobierno y la ciudadanía, y un compromiso colectivo de gobernabilidad. Mientras que la alianza persigue un objetivo puntual —ganar elecciones—, la coalición responde a la necesidad de gobernar con estabilidad y refleja la complejidad de equilibrar diversas identidades e intereses en una sola administración.
Nos sobra urgencia electoral y nos falta arquitectura institucional. Las alianzas mexicanas se deshacen porque se construyen con prisas, motivadas más por el adversario común que por el propósito compartido. Carecen de narrativa, de reglas, de vocerías, de mecanismos de resolución de conflictos, de visión programática. Se vuelven reactivas, no propositivas.
Una alianza electoral sin coalición de gobierno es un edificio sin cimientos. Puede levantarse rápido, pero se derrumba en cuanto sopla el primer viento.
A lo largo de mi experiencia pública y académica he identificado 18 elementos esenciales para una alianza funcional y un paso más: una coalición gobernante. No son reglas teóricas, sino aprendizajes de campo —en México, en negociaciones legislativas, en procesos estatales, en experiencias comparadas–.
Pueden encontrar la lista completa en mi libro “Silos, celos y círculos íntimos”. El principio fundamental es que la coalición es una arquitectura, no un gesto. Se diseña, se prepara, se negocia, se formaliza, se comunica y se sostiene.
Uno de los mayores errores es que se piense que las coaliciones fallan por falta de ideología. En realidad fallan por falta de método.
El episodio de la Alianza Federalista durante la pandemia fue una muestra del potencial —y de la fragilidad— de las coaliciones estatales. Por un momento, diez estados lograron elevar el debate nacional, cuestionar un modelo de centralización ineficaz y articular una narrativa federalista contemporánea.
Pero la alianza reveló algo más profundo: sin estructura, sin propósito común sostenible, sin mecanismos de decisión, estos ejercicios se diluyen. Una coalición subnacional exitosa necesita un proyecto de nación desde lo local; una estructura organizativa profesional; participación real de la sociedad civil y actores privados; metas medibles y un calendario de acción.
Los estados mexicanos tienen poder, capacidad técnica y fuerza política. Lo que les falta es coordinación estratégica. La fragmentación territorial limita cualquier posibilidad de construir política pública a escala nacional.
En teoría —y ya sabemos lo que pasa con la teoría— el Congreso debería ser el principal constructor de coaliciones. Es el espacio natural para alinear poderes, negociar reformas, equilibrar el presupuesto, escuchar a la ciudadanía, integrar a expertos, revisar modelos de desarrollo. Pero en la práctica, el Legislativo se reduce a ser una extensión del Ejecutivo, un foro de confrontación partidista o un espacio atrapado en la lógica de cuotas.
Si el Congreso recuperara su papel como corazón de la negociación democrática, México sería otro país. Podría articular coaliciones legislativas, coaliciones territoriales, coaliciones sectoriales. Podría convertirse en el gran puente entre poderes. Pero para lograrlo necesita tres transformaciones: a) Capacidad técnica al nivel de los congresos de países de la OCDE. b) Cultura de negociación profesional, no de protagonismos. c) Legitimidad social, basada en transparencia y apertura.
Las coaliciones no triunfan por juntar logos. Triunfan cuando producen un relato compartido, una agenda concreta y una visión de largo plazo. Cuando le ofrecen a la ciudadanía algo más que un “no al adversario”: una propuesta de país.
Por eso, las coaliciones son también un acto ético: La ética de la cooperación. La ética de la corresponsabilidad. La ética del reconocimiento mutuo.
Formar coaliciones es aceptar que el éxito de otro no me debilita: al contrario, me fortalece. Que gobernar es un esfuerzo de colaboración. Que un país fragmentado necesita unir esfuerzos, no multiplicar pleitos.
México vive un punto de inflexión histórico. La próxima década definirá si logramos convertir nuestras crisis en oportunidades o si seguimos atrapados en un ciclo de polarización improductiva. El país necesita reformas profundas: electoral, fiscal, energética, educativa, de seguridad, de justicia. Ninguna se logrará sin coaliciones. Ninguna avanzará sin acuerdos amplios. Ninguna funcionará con la lógica de “uno gana, todos pierden”.
La política del siglo XXI no se ejerce con órdenes, sino con coaliciones. No se sostiene con imposición, sino con legitimidad compartida. No se construye desde la soledad, sino desde la inteligencia colectiva.
Es momento de que las nuevas generaciones de líderes abandonen la épica solitaria y abracen la política de colaboración. Que entiendan la coalición no como una rendición, sino como una evolución. No como un mal necesario, sino como un acto de construcción nacional.
Las sociedades pagan un costo muy alto por gobernar en silos, con celos, y en círculos íntimos. Pierden valor público, estabilidad y tiempo.
La reconstrucción de un país no es obra de un líder. Es obra de una coalición de liderazgos, distribuidos en instituciones, estados, partidos, organizaciones y ciudadanía. Los países no necesitan más héroes. Necesitan puentes. Y los puentes se construyen.
Puedes encontrar mi libro “Silos, celos y círculos íntimos: México necesita líderes como tú” en https://a.co/d/4rZhWnI
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