
Dick van Dyke tenía 38 años cuando interpretó a un anciano decrépito en Mary Poppins. El banquero Mr. Dawes era calvo, caminaba encorvado y con bastón, siempre llevaba un chal sobre los hombros para combatir un frío que parecía acecharlo por dentro. En los créditos apareció como “Navckid Keyd” —su papel principal era el de Bert—, y casi nadie reconoció el anagrama.
En pocos días, el 13 de diciembre, Van Dyke cumplirá cien años. Semanas atrás publicó un libro que le da una vuelta a Mr. Dawes: 100 Rules for Living to 100 (100 reglas para vivir hasta los 100). El primer capítulo abre con la escena de la película y su mirada desde hoy: “Lo superficial, la decadencia física, es lo único que comparto con los viejos que interpreté antes. Gracias a Dios, por dentro soy tan diferente de ellos como podría serlo”.
Gabriela Cerruti escribió en su columna para Infobae que no envejecemos solo por el paso del tiempo. “Envejecemos por las frases que aceptamos, por las miradas que nos reducen, por los prejuicios que nos dictan el límite”. Van Dyke dice algo muy parecido en sus 100 reglas, que no son 100 ni estrictamente reglas: “Nadie es un viejo gruñón en esencia. Nadie es genéticamente desgraciado”.
Es probable que los interesados en leer sobre un libro que habla de envejecer bien ya sepan quién es Dick van Dyke. Pero la vida de este actor y comediante estadounidense ha sido tan extraordinaria que amerita un relato breve también para jóvenes. En sus siete décadas de carrera, ganó un Tony, cinco Emmys, un Grammy y el SAG a la trayectoria. En 2021 recibió el premio de honor del Centro Kennedy. Además del inventor chiflado en Chitty Chitty Bang Bang, probablemente su papel más reconocido sea el que hizo en The Dick Van Dyke Show entre 1961 y 1966, una sitcom que definió el género. Realizó también Diagnosis: Murder durante ocho temporadas y en 2018 —a los 93 años— volvió a saltar sobre un escritorio en Mary Poppins Returns.

A pesar del título, el texto no ofrece fórmulas ni indicaciones médicas. Está compuesto por setenta capítulos breves, cada uno con un título que funciona como consejo, con una anécdota que lo sostiene. La estructura es simple: una historia de su vida, una lección. No van en orden cronológico: el hilo es temático. Van Dyke pasa de la infancia a los noventa años, del set de filmación a la sala de rehabilitación, del divorcio al nuevo amor —a los 93 años— volvió a saltar sobre un escritorio en Mary Poppins Returns.
Van Dyke hizo un arte de saber caer: la comedia física fue su especialidad y las caídas —calculadas, ensayadas— le dieron una carrera. Curiosamente, de chico no sabía caer: no tenía el reflejo de poner las manos y se golpeaba la cara contra el pisoa. “Tuve que aprender conscientemente esa técnica simple de autoprotección”, escribe. “Es un músculo que tuve que construir.”
Los sábados iba al cine con sus amigos a ver westerns y películas de policías y ladrones en las que estudiaba los modos en que un herido se desploma al recibir un balazo, y después ensayaba las caídas en el patio de su casa. Años más tarde, el cómico Buster Keaton lo invitó a comer a su casa y le enseñó el secreto de sus caídas hacia adelante: no golpear el piso de plano, sino encogerse y rodar.Ahora, a punto de superar sus noventas, el problema dejó de ser artístico.
“Mis propios desafíos de equilibrio son reales ahora, no actuados”, reconoce en el libro. Su asistente Jimmy, cuarenta años menor y experto en artes marciales, le enseñó técnicas de caída segura.

Pero el libro también está lleno de otro tipo de caídas. Un truco de magia que salió mal en la adolescencia y lo empujó a la comedia. Un acento cockney en Mary Poppins que todavía le reprochan. Un segundo matrimonio que fracasó. El alcohol, que lo llevó a rehabilitación tres veces.
“Me costó muchas versiones —lo que dije en mi propia rehabilitación, al grupo de veteranos, a la periodista, a Dick Cavett, a mi familia y a mi terapeuta— lograr ser cada vez más honesto conmigo mismo. Admitir mis recaídas, ver con claridad cómo mi hábito afectó mis relaciones y mi sentido de identidad, comprender realmente el alcoholismo como una enfermedad. Mucho más que el acto de dejar de beber en sí, fue ese proceso sostenido de profundizar mi relato lo que realmente me curó”.
No todos los fracasos enseñan algo, admite Van Dyke. “Era como si no hubiera aprendido nada de mi paso en falso de la adolescencia”, analizó en 100 reglas para vivir hasta los 100. “En vez de asumir el fracaso con grandeza, intenté salir de ello a la fuerza.” Y eso también podría ser una regla: la edad permite admitir que algunos errores son, simplemente, errores.
En 1961, Van Dyke ganó un Tony por la obra de teatro Bye Bye Birdie, que protagonizó junto a Chita Rivera. Una noche, cerca del final de una canción, las hebillas de sus cinturones se engancharon. Quedaron enganchados, vieron el pánico en los ojos del otro: se venía un papelón.

“Al principio intentamos separarnos con delicadeza, todavía cantando”, recuerda en el libro. “Entonces nos dimos cuenta: estábamos en ese momento, en vivo, juntos. Había que seguirlo. Comenzamos a girar y a tirar más dramáticamente, de un lado a otro. Dejamos que nuestra dificultad se nos viera en la expresión. Y el público, allí con nosotros, se rió a carcajadas. Un error en vivo en el escenario: eso es lo que la audiencia busca”.
El episodio ilustra algo que Van Dyke repite a lo largo del libro: la importancia de tener cómplices, gente que mire el mundo como uno, que entienda los mismos chistes, sufra por las mismas injusticias y comparta los códigos.
“En ciertos momentos afortunados de mi vida, me he topado con un grupo de desconocidos que se sentían como almas gemelas”, resume. “Nuestras partes formaron un todo misteriosamente mucho mayor”. Esa afinidad es una cara del amor: “Adoré a esas almas con locura, porque nunca antes me había sentido tan feliz ni reconocido en mi vida”.
Y para la felicidad y ese sentimiento de complicidad, de saber que no se está solo, no hay edad.

Carl Reiner, el creador de The Dick Van Dyke Show, fue una de esas personas. “Defendió a nuestros guionistas y actores y nos protegió como un padre”, lo describe Cuando Reiner murió, en 2020, Van Dyke perdió también un ritual: se llamaban por teléfono para ver juntos los viejos episodios de la serie. “Nos partíamos de risa con los mejores momentos. Revivíamos, como espectadores, la alegría pura de nuestra colaboración, sin decir una palabra”.
Hace 25 años Van Dyke encontró otra tribu: los Vantastix, un grupo vocal a cappella. “La magia de cantar sin acompañamiento es cuando cuatro voces, cada una haciendo algo muy distinto, se unen para armonizar, y lo sientes en todo el cuerpo”, describe. En un ensayo reciente, a los 99 años, logró mantener la afinación en el momento más difícil de “Supercalifragilisticexpialidocious”, la famosa canción de la niñera voladora: “El lugar entero vibraba”.
La lección que Van Dyke extrae es práctica: “Todos hemos encontrado y perdido a nuestros compañeros perfectos de juego, probablemente más de una vez. Podemos lamentarlos y extrañarlos. Pero nos dejaron las herramientas para encontrar nuevos compañeros, por un momento o para siempre, donde sea y cuando sea”.
Hace poco el comediante descubrió que había perdido 10 centímetros de estatura: “Solía medir un metro ochenta y cinco y ahora apenas uno setenta y cinco. ¿Dónde se fueron?" De manera similar, Van Dyke escribe sin eufemismos sobre la degeneración macular que le impide leer y le permite apenas visiones borrosas que lo frustran y enojan. “No puedo describir lo impactante y horrible que ha sido esto”, resumió.

También cuenta el momento en que se vio obligado a dejar de manejar. “Mis ojos, para ese entonces, estaban oficialmente acabados.” Y a continuación presenta una lista —se diría la única del libro que funciona como tal— de las diez ventajas de ser pasajero. Incluye: “Puedo mirar a Arlene todo lo que quiera” y “Todavía me tengo a mí mismo, completamente intacto”.
Arlene es su esposa, 46 años menor, con quien se casó en 2012. En el libro ocupa el lugar de una roca sobre la que sentirse seguro. Ella recuerda lo que él olvida. Ella pone música en el auto cuando él siente dolor en los riñones. Ella organizó su cumpleaños número noventa en Disneyland (y negoció directamente con la oficina de Bob Iger).
“Arlene no solo me recuerda lo que he olvidado: me obliga a trabajar para recuperarlo”, le agradece en 100 reglas para llegar a los 100. “Me hace preguntas de guía hasta que activo la memoria y completo la historia por mí mismo. Es una técnica increíble: me ayuda a retener el relato cuando emerge, y suma otros recuerdos asociados”.
El capítulo final del libro se titula “Encuentra tu Arlene”. Van Dyke sabe que no todo el mundo tiene una pareja feliz, pero insiste en la idea de que alguien —un par, un hijo, un amigo, un cuidador— puede cumplir esa función. Que tiene una importancia capital: “Cuando me preocupo por la muerte, ella me dice que soy vida”.

Van Dyke no esquiva el tema de la muerte. Su nieta Jessica murió a los trece años; su hija Stacy, en 2017. Escribe sobre eso con la misma claridad que dedica a los recuerdos de trabajo.
“Lamento no poder hablar demasiado de la experiencia de perder a Stacy”, dice, por ejemplo, cuando choca con lo inefable: la experiencia de enterrar a un hijo, contra el orden natural. “Ocho años después, el dolor sigue siendo muy fuerte. Era mi primera hija y ocupaba un lugar muy especial en mi corazón.” Pero agrega: “En mis sueños, Stacy está ahí. Conmigo. Me calma de un modo que parece magia. Me dice que, pase lo que pase, todo va a estar bien, y su calidez me llena por dentro donde antes había miedo. Nos encontramos de nuevo, y estamos juntos.”
Van Dyke se casó tres veces. Con Margie, su primera esposa, tuvo cuatro hijos; estuvieron juntos desde 1948 hasta el divorcio en 1984. Después vivió muchos años con Michelle, su pareja, quien murió de cáncer en 2008; también Margie había muerto poco antes y el dolor se le hizo insoportable: “Quedé deshecho. Vagaba por la casa envuelto en una nube de duelo, casi no salía, me olvidaba de ducharme, de comprar comida, de pagar las cuentas”, recuerda. “Nunca había estado tan solo en mi vida.”
Pero una cosa es el duelo por los otros y otra, pensar en la propia muerte. “Lo que me golpea es la precariedad de todo. Puede pasar cualquier cosa y, en un segundo, ya no estoy. En algún nivel lo sé, y estoy en paz. No tengo miedo a morir.” Su preocupación es otra: el duelo de quienes lo aman y lo van a sobrevivir. “Sé que lo que viene después, para los que quedan, será terrible”, repite. “Pienso en que le pase a Arlene, y desearía más que nada poder ahorrarle ese dolor.”
El duelo, sin embargo, no es el final, subraya. Y da un ejemplo de otros mamíferos para ilustración, y gusto, de los sapiens: cuando Michelle murió, su perro Rocky cayó en una depresión junto con él; él conoció a Arlene y salió adelante, pero Rocky envejeció triste. Años después, ya viejo y con las patas traseras paralizadas, Arlene rescató a cuatro gatitos y se los acercó, sin más trámite. El perro los aceptó y, pronto, los vigilaba mientras comían, los acicalaba, los arreaba si se alejaban. “Esos gatitos le devolvieron la vida a Rocky”, escribe. “Qué cosa hermosa, el acto simple de cuidar a otro ser. Dar y recibir amor, un placer completamente mutuo.”

Pensar en la propia muerte es pensar sobre el legado que uno deja. Van Dyke parece tener una posición práctica, sin preocupaciones por la posteridad: qué ha transmitido a sus hijos. “Mi mayor arrepentimiento es esa sensación persistente de haber estado distante”, escribe sobre su dedicación al trabajo. “Pero créanme, mis cuatro hijos han sido mucho mejores padres de lo que yo fui. Están presentes de verdad. Eso suaviza mi pesar. Me enorgullece.”
El libro termina con una instrucción: “Cuando la oscuridad asoma, enciende la magia.” Van Dyke se la atribuye a Arlene, pero también la reivindica como su programa de vida. A los cien años sigue yendo al gimnasio, y todavía se toca la punta de los pies. Sigue cantando con los Vantastix. Sigue, según cuenta, bailando en público para desconcierto de los que lo reconocen:
“Aunque no sepan que es Dick Van Dyke, igual van a mirar al viejo simpático que baila y canta. ¿Quién no lo haría?”
Cerruti escribió que la desobediencia puede ser la estrategia más saludable de la vejez: desobedecer al mandato de dejar de hacer cosas, al prejuicio de que el deseo tiene fecha de vencimiento, a los numerosos estereotipos. Van Dyke no usa esas palabras, pero las practica. Y también desobedece las reglas de la promoción de libros: cuando los entrevistadores le dicen que va a cumplir 100 años con un optimismo admirable, como se nota en 100 reglas para vivir hasta 100, responde siempre una humorada: “Bueno, a ver si llego”.
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