A sus 17 años, Rafael ya calcula haber matado a unas 200 personas en los estados de Chihuahua, Sinaloa y Zacatecas. Apenas tenía 13 años cuando él mismo se acercó con los integrantes de un grupo delictivo de Ciudad Juárez para pedirles trabajo, y lo convirtieron en sicario.
Atraídos por las drogas, Darey y Hugo ingresaron a la misma edad al Cártel de Juárez, pero a brazos armados distintos, en los que primero los hicieron narcomenudistas y después fueron enviados a “levantar” y a matar gente. Pero ninguno de los dos soportó la violencia y hoy, a sus 15 y 17 años, ambos luchan por reconstruir sus vidas.
Rafael, Darey y Hugo nacieron entre 2008 y 2010, los años más sangrientos de Ciudad Juárez, crecieron en zonas de extrema vulnerabilidad, en familias desintegradas, comenzaron en el mundo de las drogas entre los 10 y 13 años y rápidamente escalaron a los delitos de alto impacto.
“Yo dejé la escuela para dedicarme al sicariato”, suelta de golpe Rafael, al explicar por qué estuvo cuatro años lejos de las aulas, a las cuales regresó hace unos meses porque quiere convertirse en profesionista.
Rafael no es su nombre real y en su escuela su rostro se confunde con el de cualquier estudiante. Ninguno de sus amigos sabe que forma parte de un grupo criminal, por lo que entre ellos es un compañero más de clases que estudia y participa en las actividades extraescolares; sin embargo, él siempre está alerta creyendo que en cualquier momento alguien podría llegar a matarlo.
Dice que tiene ganas de enamorarse y estudiar, pero también confiesa que es difícil dejar de delinquir porque cree que esa es la manera más fácil de obtener dinero. A diferencia de Darey y Hugo, él no quiere “dejar ese pedo”.
Rafael nació en 2008, cuando la violencia en Ciudad Juárez comenzó a incrementar debido a la llamada “guerra contra los cárteles de las drogas”, y hace cuatro años se convirtió en uno de los 4 mil 188 estudiantes de secundaria que según datos de Servicios Educativos del Estado de Chihuahua (SEECH), difundidos por Plan Estratégico de Juárez a través del Informe Así Estamos Juárez, abandonaron sus estudios de secundaria durante el ciclo escolar 2021-2022, equivalentes al 5.28 por ciento de los 79 mil 333 estudiantes que había en ese nivel en las aulas.
“Dejé de estudiar para meterme a trabajar en la delincuencia”. “Mataba gente, más que nada, era sicario, duré como tres años, pero me salí; bueno, no me salí, todavía sigo, pero de bajo perfil porque pues está cabrón ahorita, pero es que necesito feria”, confiesa el adolescente quien creció muy lejos de su padre y muy cerca de la violencia.
“Empecé a sicariar desde los 13. Sí, desde los 13, yo sólo busqué el trabajo, me acerqué y me dieron trabajo, es que me gustan las armas, también aprendí a usarlas en la calle”, continúa relatando.
“Tengo mamá y papá, pero mi papá no sabe, nomás mi ‘amá… me dice que me cuide. A mi papá hace mucho que no lo miro y no lo quiero ver porque pues me lo voy a llevar. Mi mamá supo (que mataría gente) porque le dijeron, le dijeron mis mismos patrones, le dijeron que me iban a ocupar, que si les daba permiso y les dijo que sí… porque si no les da permiso pues, como quien dice (era a la fuerza)”, explica.
Sus hermanos le piden que se aleje de la violencia, que según datos de la Fiscalía General del Estado (FGE) de Chihuahua desde 2021 ha dejado más de 5 mil 139 homicidios y feminicidios en Ciudad Juárez, pero él no quiere, por lo que sólo le piden que se cuide.
Recuerda que la primera vez que fue enviado a matar sintió miedo, “pero ya después el miedo se va, porque de miedo no vives”, argumenta mientras evita hablar más de la primera persona a la que le quitó la vida.
Aunque habla abiertamente sobre su “trabajo”, Rafael advierte que no va a decir cuál es el sueldo que recibe por “sicariar”, así como el cártel y el grupo delictivo a los que pertenece, pero asegura que siempre sabe a quién mata, que recibe un pago por cada víctima que priva de la vida y que siempre lo hace con su propia arma de fuego.
“Yo tengo mi cuete, yo voy solo”… “sí sé a quién mato y sé por qué lo voy a hacer… son personas que hacen cosas que no deberían de hacer y lo hacen, o (integrantes) de otros bandos que nos los tenemos que quebrar y así… si miran también me los llevo, porque por un mirón siempre sale perdiendo uno, ya me ha tocado perder a mí, ya me han agarrado también por matar, nada más que salí”, confiesa después de haber sido detenido por el homicidio de dos personas en Ciudad Juárez.
A su corta edad, Rafael calcula que ya ha hecho “como unos 200” trabajos, la gran mayoría en Ciudad Juárez, pero también en otras ciudades del norte del país.
“Si quiero seguir haciendo dinero sigo ahí, porque pagan bien… he matado hasta a comandantes de las Policías, los he matado porque hacen cosas que no deberían de haber hecho, se rebelan en el grupo y pues son ellos o somos nosotros y pues somos nosotros… (he matado) de la Estatal y uno de la Municipal”, asegura con un tono de orgullo en su voz.
Confiesa que también le ha quitado la vida a mujeres y niños: “Ahí sí la pienso. Pero es toda la familia y hasta el perro a veces. Si va usted con su niña o su niño pues, ¿pa’ qué se meten ahí donde no deben?, los papás ya saben”.
Dice que todos los días consume mariguana, pero, aunque le han propuesto vender droga, para él “está más chido matar gente”, lo cual afirma que siempre hace consciente, como asegura estar en la escuela y mientras narra su historia delictiva.
“(A matar) siempre voy consciente, porque nunca sabes. Si vas distraído, si vas drogado, pues puede que te agarren. (Yo) no huyo, a veces hasta me espero a que llegue la Policía pa’ qué digan cómo fue… a los que matan a veces llegan y les roban todo los policías, por eso nunca traen nada. Yo nada más los mato, si traen dinero o no traen, si traen carro o no traen, lo que traigan a mí no me importa, a mí me importa matarlo y si lo mato chida, si no pues me va mal a mí en el jale”, asegura sin dar más detalles, de las consecuencias que tiene cuando falla en su intento de matar.
Como si el narrar su vida calmara un poco su mente, sigue narrando: “Me dicen: hoy es el día. Me mandan un mensaje y yo voy, ya sé a quién voy a matar, ellos me dicen pues a quién”.
Pese a su corta edad, el adolescente asegura una y otra vez que no siente ningún remordimiento al disparar su arma, sólo la adrenalina de matar e inclusive luego ve las noticias de la muerte de sus víctimas.
Sin embargo, confiesa que siempre se mantiene alerta, porque tiene la sensación de que en cualquier momento pueden llegar a cazarlo, en donde quiera que esté.
“Siento que van a caer ahorita por mí aquí, pero no sé”, dice mientras voltea constantemente de un lado a otro, y siempre está atento a la puerta.
Rafael no cree en Dios, pero sí en la ‘Santa Muerte’, en quien se encomienda para realizar los trabajos que le piden sus jefes, aunque sabe que un día podría volver a ser detenido o morir.
“La ‘Santa Muerte’ es la que me guía siempre, le pido, le pido que me ayude y que no me atrapen, y si me trampan pues que me ayude a salir. Y si un día me toca (morir), pues que me toque bien y cómo debería de ser. Si me detienen pues ya ni pedo, pero de todos modos no van a saber nada (sobre las personas para quienes trabaja). Si me va a pasar, me va a pasar y ya, miedo a morir no hay, y pa’ nadie tampoco hay, puede ser el mismo presidente que venga y que me lleve, no hay pedo”, externa.
Este año decidió regresar a las aulas porque quiere ser un profesionista, y en ellas ha conocido nuevos amigos y una amiga quien le gustaría que fuera su novia; sin embargo, no sabe cuánto tiempo más seguirá trabajando para el grupo delictivo del que forma parte.
“Pues ahora estudio porque necesito los certificados para dejar eso; o, para salir adelante. Porque necesito mis certificados para dejar eso, para dejarlo poquito allá en el olvido… me gustaría ser profesionista”, comparte.
‘Cuando me iba a dormir nomás pensaba y pensaba y pensaba’
Darey tiene 15 años, vive con su mamá, va a misa con su abuela, recibe apoyo psicológico y también regresó a la escuela. Busca reconstruir su vida después de cinco años sumergido en la violencia.
Darey tampoco es su nombre real, fue uno que él mismo eligió por motivos de seguridad. Él creció con su abuela paterna y su papá, a quien vio consumir mariguana desde que recuerda, por lo que esa fue la primera droga que probó de niño, sólo por curiosidad e imitación, por hacer lo que todos los días hacía su padre, recuerda.
A los 10 años ya consumía cristal. A los 13 ya lo vendía y pertenecía a un grupo delictivo sin siquiera tener conciencia de ello, y pronto comenzó a hacer “trabajos” que le pedían sus jefes.
“Probé el cristal y me hice adicto, ya cuando pensé que no estaba metido ya estaba bien hundidote, ya estaba bien acabado”, dice al recordar que fueron sus “amigos” de entre 20 y 30 años quienes lo introdujeron al mundo de las drogas duras, un mundo del que ahora está consciente que no lo hubiera metido un verdadero amigo.
El cristal “es bien adictivo”, consumía “por andar en la loquera y el cotorreo. Y poco a poco me fue gustando por sentirme bien, porque me sentía bien a la vez y a la vez no me sentía bien, porque me dolían todos los huesos cuando no consumía, me dolían los huesos, me dolía la cabeza, no soportaba a nadie. Hubo veces que me agarré a golpes con mi papá, cuando me daba la loquera, ya cuando duraba días sin dormir, que duraba dos semanas, una semana, pues lo miraba de otra forma, me ondeaba y estaba con camaradas y me decían: eh, es tu jefe, wey, y pues ya agarraba el rollo”.
Recuerda que duraba días sin comer, a veces se “echaba un taco” y otras sólo tomaba refresco o una bebida energética. Después, duraba hasta dos días seguidos durmiendo y luego, “otra vez me despertaba, dormía y agarraba la loquera. Vendía e iba y entregaba el dinero y a veces que no tenía dinero me regalaban, pues sí me regalaban… o mis camaradas iban y sacaban la loquera”, detalla.
“Ya cuando lo pensé ya estaba bien metidote ahí”, lamenta al explicar que consumir cristal “se siente bien raro, te sientes estresado, a algunos les da pa’rriba y a otros pa’bajo. (Yo) me ponía bien activo”.
Sentado frente a uno de sus nuevos “compas”, uno que lo felicita por tener “huevos” y ser capaz de haber dejado las metanfetaminas, Darey dice que actualmente pesa 54 kilos, pero que hace unos meses llegó a pesar hasta 41.
“Estaba bien flaco, se me miraban todos los huesos”, asevera el juarense mientras pasa los largos dedos de su mano izquierda por su antebrazo derecho de piel morena.
Luego continúa narrando: “Cuando cumplí los 14 me agarraron, era un punto (de venta), duré tres días detenido y me hablaron que ya había venido mi mamá por mí, le hablaron a mi mamá, salí y volví a consumir una semana, pero pasó una semana y yo presentía que algo iba a pasar y pues ya dejé de consumir”, dice quien ahora recibe apoyo profesional.
Darey confiesa que antes de poder alejarse de las drogas llegó a vender metanfetaminas, a robar y a matar, enviado por el grupo criminal que primero lo hizo adicto y luego lo hizo escalar en el mundo delictivo.
“Sí (estuve en el sicariato), pues estaba en un cártelcillo, y pues ahí fue cuando me empezaron a soltar cristal y mariguana (para vender) y ya pues sí hubo veces que sí me tocó ir a levantar ‘weyes’ pa’ desmadrarlos, que debían dinero, y pues sí fuimos acá (a matarlos)… pero no me gustó porque me atormentaba, y ya pues ya no me gustó y pues ya lo dejé”, narra tratando de no recordar mucho lo que fue enviado a hacer a cambio de las drogas que consumía.
“Cuando hacía eso decía: ya pasó. (Pero), ya cuando me iba a dormir nomás pensaba y pensaba y pensaba en lo que hacía”, cuenta al recordar que pese a la ingesta de sustancias ilícitas la primera vez que lo enviaron a matar a alguien sintió mucha adrenalina.
“Luego, ya después, ya no me gustaba lo que hacía… miraba toda la sangre”, rememora el adolescente nacido en 2010, el año de mayor violencia homicida en la historia reciente de Ciudad Juárez, la misma violencia de la que él se convirtió en hijo al crecer junto a su padre.
“Sí me tocó variedad”, dice al negarse a dar una cifra o estimar cuántas fueron sus víctimas y después de un breve silencio, agrega: “hubo una vez que pues me debían dinero (por la venta de drogas) y pues también voy acá y lo golpeé, iba con mi papá”.
Darey recuerda su pasado como un mal sueño que todos los días lucha por olvidar. Ahora, aferrado a sus nuevos sueños, en los que, con apoyo de su mamá, su abuela, y un equipo de profesionales está conociendo una vida nueva, se siente arrepentido de no haber vivido su niñez como cualquier niño.
“Desperdicié muchos años de mi vida consumiendo, mis amistades jóvenes, amigas, amigos que yo los quería y pues ya los miro de otra forma. Yo viví mi vida de adulto siendo un niño”, lamenta.
Lejos del círculo de violencia en el que fue introducido siendo un niño, ahora lamenta que su infancia haya sido robada por el narco y que a su corta edad su vida se convirtió por años en consumir drogas y venderlas para consumir más.
“Cuando consumía, mi ganancia yo me la consumía, y mientras que les estaba generando dinero pues bien pa’ ellos. Y pues hubo un tiempo que dejé de vender y pues me fueron a buscar: ¿qué wey, qué rollo contigo? Y me llevaron y de volada me dieron droga. Hasta que mataron a dos amigos, a uno lo agarraron y lo destazaron y me asusté que me fueran a hacer eso a mí también, a otro también lo balacearon”, relata.
Dice que su mamá está contenta porque ahora vive con ella y desde hace casi medio año se ha mantenido alejado de las drogas y la violencia.
“A Dios, primero lo tengo, aquí, aquí (dice al tocarse el corazón dos veces con la palma de su mano derecha); lo tengo en mi corazón siempre y por lo que veo sí me ha ayudado. Me pongo a platicar a veces con él en la noche, que me ayude más de lo que yo (hago), que le eche ganas. A veces voy a la iglesia con mi abuela, y pues sí, sí me ha ayudado mucho”, asegura el adolescente quien busca salir de un mundo al que fue sometido de niño.
‘Me mandaban a levantarlos, pero no me gustaba’
Hugo tiene 17 años y a los 13 se convirtió también en víctima de la violencia, cuando se sentaba en la calle mientras sus amigos mayores se drogaban y pronto formó parte del grupo de ellos.
A esa misma edad comenzó a consumir mariguana, pero a diferencia de Darey, a quien su propio grupo le daba el cristal para que lo consumiera y lo vendiera, a él no lo dejaban ingerir otra droga que no fuera mariguana; sin embargo, sí lo utilizaban para vender cocaína y dos veces fue enviado a matar personas.
“Uno anda en la vagancia, uno la ve fácil, es joven, la ve fácil, pero no sabe las consecuencias.
“Pa’ qué le voy a mentir, yo sí andaba ahí (en el sicariato), pero no me gustó… mejor seguí mi camino”, afirma el estudiante de preparatoria, cuyo nombre también fue cambiado por seguridad.
Él recuerda que la primera vez que fue enviado a cometer un homicidio doloso sintió “la adrenalina acá, a todo”. Esa vez no iba drogado: “no, normal, es que nos regañan, como es otro grupo u otros grupos te dicen: hay un jale, lo vas a hacer bien. Y no puedes consumir otras drogas además de la mariguana, pero no cuando vas a matar a alguien. Mariguana nomás, porque ya lo demás es pa’ vender”.
Mientras que Rafael sintió miedo matar por primera vez, Hugo coincide con Darey en la sensación de adrenalina, la cual él sintió todavía por algún tiempo después de haber privado de la vida a esa primera persona, hasta que se sintió “normal” nuevamente. Pero cuando lo mandaron a hacer su segundo trabajo ya no le gustó.
La adrenalina “ya se quita, con el tiempo ya se quita, uno se siente normal, como normal; pero pasa el tiempo y ya no lo ve normal, como que ya no le gusta. Bueno, pues a mí ya no, al segundo trabajo no me gustó ya. (Hice) nomás dos, porque no me gustó. Es que hay mucha gente y llegas y los tienen que golpear y no, no me gusta, no me gustan las pistolas”, asegura.
Ahora sabe que también fue parte de la carne de cañón del grupo delictivo para el que trabajaba, cuyos jefes, al igual que los de todos los grupos delictivos de la ciudad, sólo utilizan a adolescentes en extrema vulnerabilidad y de familias rotas “nomás pa’ quemarlos”.
“Cuando entras ahí te dicen que no quieren a los cricosos (a quienes consumen cristal), me mandaban a levantarlos. Y te dicen: vas a hacer esto y esto, nomás no vayas a decir pa’ quién camellas”, relata quien lejos de esa vida que busca dejar atrás sigue guardando en el silencio a quienes eran sus jefes.
Con el apoyo de un psicólogo, de sus maestros, su madre y de Dios, Hugo busca dejar su pasado atrás y no volver a repetirlo, ya que sin haber llegado todavía a la mayoría de edad ya vio a amigos perderse en el consumo del cristal y la violencia.
“El cristal se apega a uno más y no se suelta, no comes, no duermes, andas ahí pa’ca, nomás haciendo cosas que luego no se acuerda uno, no se acuerda uno ni de su nombre. Yo tenía amigos locos, que les dio la loquera por la sobredosis”, advierte.
Por eso, a diferencia de ellos, él busca otro camino arropado por una red de familiares, amigos y profesionistas. Un día Hugo le aseguró a su madre que cambiaría, y aferrado a su fuerza de voluntad sigue tomando clases, convencido de que fuera de la violencia existen muchas oportunidades.
“Es fuerza de voluntad, tenemos que tener terapia. Hay muchas oportunidades acá afuera, la verdad. Quienes están en eso que le echen ganas y que estudien, que luchen por sus sueños. Las drogas no dejan nada bueno, la verdad, sólo traen consecuencias… pero ya voy a hacer las cosas bien”, asegura el adolescente arrepentido al saber que nació y creció en una ciudad marcada por la violencia, pero también por la resiliencia.
Violencia, deserción y niñez
De acuerdo con el Sistema de Indicadores de Calidad de Vida Así Estamos Juárez, basado en datos de la Subsecretaría de Educación y Deporte Zona Norte, en 2023 los principales problemas socioemocionales que presentaron los estudiantes de primaria y secundaria fueron ansiedad, tristeza, violencia, baja autoestima, apatía, desinterés, abandono, problemas para socializar, desintegración familiar y drogadicción.
Aunque no existen cifras oficiales sobre los consumidores en la ciudad, a finales de 2024, Programa Compañeros informó que mientras que en 2022 registró aproximadamente mil 600 usuarios de heroína y cristal, en 2023 sumaron 2 mil 600 los usuarios a los que apoyó, entre los que se encontraron adolescentes de entre 14 y 16 años quienes comenzaron directamente con el consumo de drogas duras.
El incremento, se atribuyó a la alta disponibilidad y el abaratamiento de dichas drogas en las calles en Ciudad Juárez, con costos de entre 40 y 100 pesos por dosis.
Según la estadística nacional de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del Gobierno federal, en 2024 se registraron en México 5 mil 310 adolescentes con medidas cautelares, con medidas de sanción privativas y no privativas de la libertad y suspensión condicional del proceso; 438 de ellos en el estado de Chihuahua.
En 2025, de acuerdo con la Secretaría de Seguridad Pública Estatal (SSPE), hasta junio permanecían 92 adolescentes privados de la libertad en los Centros de Reinserción Social para Adolescentes Infractores (Cersai) del estado de Chihuahua, 72 de ellos en Ciudad Juárez, acusados principalmente de los delitos de robo, homicidio doloso y portación de arma de uso exclusivo del Ejército.
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