
La inscripción psíquica del bebé comienza antes del parto: en la voz que escucha, en los latidos que reconoce, en la continuidad sensorial que lo rodea. Desde el primer instante, el mundo se vuelve habitable si hay una presencia que sostiene.
Piera Aulagnier, psicoanalista y psiquiatra italiana, trabajó de manera magistral la distinción entre el deseo de maternidad y el deseo de hijo.
El primero puede orientarse al cumplimiento de un rol social, una fantasía personal o un mandato cultural. A veces, asegura, se trata de satisfacer un anhelo narcisista: ser madre, ser padre. Pero ese deseo no implica necesariamente reconocer al hijo como sujeto.
El deseo de hijo, en cambio, implica aceptar la alteridad del niño: no como prolongación, reparación o posesión, sino como alguien distinto, con existencia y derechos propios. Aulagnier advierte que, si este deseo está ausente, el niño corre el riesgo de quedar atrapado en una función simbólica impuesta por el deseo parental, sin posibilidad de construir su propia subjetividad.

Esta diferencia es fundante: cuando hay deseo de hijo, hay reconocimiento del otro. Por eso, la existencia de una transacción contradice esa condición subjetiva. Allí donde hay pago, hay una forma de apropiación; y donde hay apropiación, desaparece la alteridad. El niño deja de ser alguien para convertirse en algo que se obtiene.
¿Qué sucede cuando ese lazo entre madre e hijo se corta de forma programada? ¿Qué efecto deja en la subjetividad de un niño el haber sido separado, apenas nacido, de quien lo gestó durante nueve meses? Aunque reciba luego amor y cuidados, su origen está atravesado por una ausencia forzada, por una historia interrumpida. Y aunque más tarde se le cuente cómo y de dónde vino, lo que se rompe en ese instante inaugural es insondable.
Esto no significa biologizar la crianza o negar la potencia del lazo amoroso, pero sí preguntarnos cómo se articula psíquicamente el hecho de haber sido producto de una transacción.

Algo similar relatan las personas que fueron separadas de sus familias de origen biológico: por más que hayan sido luego cuidadas, algo en el origen quedó fracturado. La violencia en los casos de apropiación durante el terrorismo de Estado es clara y ha sido condenada socialmente. Sin embargo, otras formas de apropiación ocurridas en democracia —conocidas como entregas directas—, donde mujeres en contextos de pobreza eran convencidas o presionadas para entregar a sus bebés al nacer, también constituyen crímenes.
Estas prácticas fueron expresamente prohibidas por la reforma del Código Civil y Comercial argentino en 2015. Aun así, persiste cierta condescendencia social basada en la idea de que bastaría con “tener amor para dar”. Sin embargo, ese consentimiento —el de las mujeres que subrogan sus vientres— muchas veces está viciado por la necesidad económica, la desigualdad estructural o la falta de opciones reales.
Los que no pueden dar consentimiento son los nacidos por vientres subrogados, como tampoco los niños apropiados. Señalarlo puede parecer ingenuo o ridículo si se piensa desde un paradigma adultocéntrico, pero es crucial si verdaderamente se quiere poner a la infancia en el centro.
Hace pocas semanas, Chimamanda Ngozi Adichie —referente del feminismo interseccional y crítica de las desigualdades globales— reveló públicamente que tuvo a sus gemelos a través de gestación subrogada. Dijo con claridad: “Nacieron a través de una madre de alquiler. De lo contrario, habría sido absolutamente imposible.” Se refería a que era imposible terminar su nueva obra literaria y gestar al mismo tiempo.

Su testimonio evidenció una verdad que incomoda: en esta industria, lo que define quién gesta y quién accede a la maternidad o paternidad no es el género ni la raza, sino la clase.
El problema no es solo el deseo de tener un hijo, sino cómo ese deseo se canaliza en una sociedad que ha naturalizado que todo puede comprarse. La industria de la gestación subrogada no existiría sin un sistema legal y cultural que habilita a los más poderosos —económica, social o simbólicamente— a disponer de los cuerpos de otros, incluso para crear vida. En esta ecuación, el niño queda reducido a un objeto del deseo adulto. No por maldad, sino por una estructura que premia la realización personal y la adquisición de bienes a cualquier costo, incluso cuando ese costo es otro ser humano.
En este caso que hizo posible su maternidad fue su capacidad económica para contratar el cuerpo de otra. Y esta escena, en apariencia privada, revela una lógica más amplia: la de una maternidad atravesada por la desigualdad estructural y legitimada por una industria que convierte los vínculos en servicios disponibles para quien pueda pagarlos.
Este análisis no pretende juzgar ni señalar a las mujeres que gestan en estos acuerdos. Muchas lo hacen empujadas por la necesidad económica, la falta de alternativas y en poquísimos casos el deseo de ayudar. La crítica no es a ellas, ni tampoco a quienes desean profundamente formar una familia, incluyendo personas solas, parejas del mismo sexo o identidades trans.

El deseo de maternar o paternar es legítimo y valioso. Pero ese deseo no puede realizarse a expensas del niño que nacerá. La crítica se dirige al sistema que transforma un deseo íntimo en una transacción comercial, borrando la subjetividad de quien gesta y la del niño. Y en ese esquema, ¿qué lugar ocupa el niño que nace?
La psiquiatra perinatal Ibone Olza ha advertido con fuerza que la gestación subrogada implica separar deliberadamente al recién nacido de su madre gestante —la única figura que ha conocido durante todo su desarrollo intrauterino— y que esta ruptura temprana puede dejar huellas profundas en la salud mental del bebé. Sabemos que el comienzo de la vida es una trama de presencias, voces, olores y cuidados emocionales que permiten al bebé calmarse, sentirse seguro y acompañado. Winnicott lo dijo sin rodeos: no hay bebé sin un entorno.
René Spitz documentó las consecuencias devastadoras de la privación vincular temprana, incluso cuando había alimento y abrigo. Y en la gestación por encargo, ese entorno se rompe por mandato contractual, no por una urgencia médica, ni por el interés del niño.

El bebé se piensa como una tabula rasa: se lo retira del útero y se lo transporta a otra casa, otros brazos, otros aromas, otros ritmos. Como si todo fuera intercambiable, como si el cuerpo y el lazo no dejaran marcas.
No es que esto no suceda en otros casos con bebés, donde es necesario proteger o restituir sus derechos y muchas veces se los separa de su entorno por razones de fuerza mayor: negligencia, enfermedades o exposición a sustancias tóxicas. Por ejemplo, los hospitales públicos de la ciudad de Neuquén informan que cada mes nacen alrededor de 10 bebés con cocaína u otras sustancias en sangre. Detrás de estas cifras hay contextos de extrema vulnerabilidad: familias jóvenes, en situación de hacinamiento, con escasa red de apoyo, atravesadas por la precariedad y las adicciones. En esos casos, la separación busca proteger al niño y evitar daños mayores.
Pero aquí la separación es deliberada. Y salvo en algunos casos verdaderamente altruistas, muchas veces se concreta bajo la lógica de un intercambio económico entre adultos, que deja por fuera la voz y el bienestar psíquico de quien va a nacer.
Durante la pandemia, vimos cómo esta lógica se volvió insoportable: más de cien bebés nacidos por subrogación en Ucrania quedaron varados en hoteles y clínicas, sin rumbo, porque sus padres contratantes no podían viajar a recogerlos. Las imágenes de cunas alineadas como mercancía en salas improvisadas mostraron el corazón comercial del sistema. Un verdadero supermercado de bebés.

También se han documentado casos de niños con discapacidad o malformaciones que fueron rechazados tanto por la gestante como por los padres que los encargaron. En un mercado donde todo puede ser comprado, también puede ser devuelto, si no es perfecto.
Y los niños, que deberían ser sujetos de cuidado y derechos, quedan atrapados en una lógica de consumo que los desecha si no se ajustan al deseo adulto.
Quiero dejar en claro que esta reflexión no nace de un prejuicio ni se alinea con discursos transfóbicos ni restrictivos, porque muchas veces esta línea se empareja con discursos antiderechos. No rechazo el deseo de formar una familia, sea cual sea la identidad de quienes lo anhelan. Al contrario: creo en el derecho a los cuidados, a los vínculos y a la ternura. Pero también creo que esos derechos no pueden ejercerse vulnerando los de los más indefensos. La crítica no apunta a las identidades, sino a una práctica industrial que convierte la vida en mercancía. Y en todo este debate falta la infancia.
Se habla del deseo adulto, de la libertad reproductiva, de los avances biomédicos. Pero pocas veces se habla de los niños que ya nacieron: aquellos a quienes se les negó el derecho a mantener contacto con quien los gestó, a tener una historia vinculada con su origen, a no ser tratados como “el resultado de un acuerdo”.

La Convención sobre los Derechos del Niño es clara: toda niña y niño tiene derecho a conocer sus orígenes, a no ser separado arbitrariamente de quien lo gestó, a tener una familia y a no ser objeto de venta o tráfico. Sin embargo, en muchos países lo que sería considerado trata o compraventa, se vuelve lícito si hay un contrato de por medio.
España acaba de tomar una decisión crucial: prohibió en abril de 2025 la inscripción automática de niños nacidos por gestación subrogada en el extranjero, salvo que exista vínculo biológico o adopción legal. La medida, respaldada por el Tribunal Supremo, reconoce que los niños no son encargos, ni productos, ni regalos: son personas con derechos.
En nombre del deseo se ha legitimado la idea de que tener hijos es un derecho individual. Pero cuando el deseo se desliga del límite simbólico, puede devenir en goce irrefrenable: la satisfacción absoluta, incluso a costa del otro. Y ese otro, en el caso de la gestación subrogada, es un niño. porque la mujer gestante es solo el transporte de permite la operación.
El goce no reconoce barreras éticas, transforma al otro en objeto de uso, en medio para la propia completud. No existe un derecho a tener un hijo. El Estado no está obligado a proveer un niño a quien lo solicite; por eso lo hacen empresas privadas.
Lo que sí existe es el derecho de los niños a tener una familia, y no al revés.

La lógica que sostiene la subrogación está distorsionada por una mirada adultocéntrica, clasista y patriarcal. Se presenta como un derecho de los adultos, cuando en realidad implica intervenir la vida de un niño antes incluso de su nacimiento. Pero el deseo de ser madre o padre —por legítimo que sea— no puede estar por encima del derecho del niño a ser considerado un sujeto desde su nacimiento. La infancia no puede ser colonizada por el anhelo de completud adulta ni tratada como terreno de realización personal.
Poner a la infancia en agenda es atrevernos a mirar donde incomoda, donde el deseo adulto choca con los límites éticos. Es preguntarnos si todo lo que puede hacerse debe hacerse. Y es también construir una ética del deseo que no olvide que cada niño es alguien, no algo. No un proyecto, no una reparación simbólica, no un bien adquirido. Es un niño dueño de su propia historia y con derecho a esa historia.
Por cierto, a quienes ya han formado una familia a través de la gestación subrogada, esta columna no busca condenar sino invitar a una mirada profunda y responsable de los vínculos. Si aparecen signos de malestar, no duden en consultar con profesionales especializados en apego, trauma y salud mental infantil. Amar también es poder reparar y reconstruir y sobre todo respetar la identidad de origen y la historia personal.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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