Del barrio para México, ‘El Mijis’ lucha por los derechos humanos. Noticias en tiempo real 17 de Julio, 2018 10:04

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Al pecho lo cubre una extensa ave fénix coronada con una leyenda: “Hecho en San Luis”.
Los tatuajes del brazo izquierdo homenajean a su madre: “Becerra”, su apellido, se lee en el antebrazo. “Un grito”, dice de un lado del brazo, “De existencia”, completa el otro. Pedro Carrizales ha decido decorar su cuerpo con los capítulos más relevantes de su vida y, apenas se le propone, muestra el torso. No hay nada que ocultar.
Pedro apareció hace un momento en la recepción del modesto hotel de la Doctores, vestido con una playera negra de manga larga y pantalones de mezclilla. Parecía tímido, no muy conversador. Pero era apariencia. Venía de la calle –“fui a comer unos tlacoyos”, dijo–, acompañado de su pareja, una mujer de pelo teñido de rubio intenso, y tres amigos de vestimenta relajada: playeras deportivas y jeans holgados.
Tras pensarlo unos segundos, estrechó la mano y pidió una disculpa por la demora. “No creas que no quería contestar, carnal. Recibo varias llamadas, no paran, y son entrevistas en vivo”, dijo con voz tenue-cordial. 
El Mijis, de 39 años, vino a la capital porque este miércoles 11 de junio, diez días después de la elección que lo convirtió en el diputado electo del octavo distrito de San Luis, se reunirá junto con el resto de los alcaldes y legisladores locales electos del país con el próximo presidente, Andrés Manuel López Obrador.
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Tras despojarse de la playera, posando para la cámara, Pedro pasa de un tema a otro. Recuerda las riñas de principios de la otra década en las que casi lo matan. “Tengo un rozón en el hígado porque sí me pegaron machín”. El primer día de campaña lo golpearon, comenzaron las amenazas. “La diabetes me pegó más chido, me quiero checar porque me siento raro”. Hay una investigación en curso. “Se entregó dinero para proteger mi integridad. A lo largo de la lucha que llevo, adquieres enemigos. Este cargo son muchos intereses, es presupuesto”.
El teléfono no ha parado de timbrar desde que se viralizó [y criticó] una fotografía de hace dos años donde Pedro aparece delante de un camarógrafo, en medio de otros cholos, con los brazos descubiertos y los tatuajes a la vista. Ese hombre “tatuado”, “moreno”, “seguramente delincuente”, se convertiría en diputado de su estado. La mitad de los usuarios de las redes estaba indignada.
“Ya me salieron amigos de todas partes”, bromea cuando muestra cicatrices en los puños y otras dos, más extensas y circulares, en la cabeza. El rastro de dos machetazos de hace tiempo. “Yo les llamo los cráteres de la Luna”.
 
El barrio
El recuerdo más viejo es una imagen de su mamá cocinando con leña en una casa de adobe. Pedro César Carrizales Becerra nació en el barrio Las Piedras, en la ciudad de San Luis Potosí. Es el cuarto de seis hermanos, hijo de Pedro Carrizales, albañil de toda la vida de 63 años, y María del Rosario Becerra, fallecida hace 14 años, a los 42.
“No quiero tocar cosas que me duelen, pero te explico por partes, carnal. Desde chicos hemos estado vagando, del tingo al tango, porque mis papás se separaban”. La primera vez, Pedro tenía cinco años. María escapaba de un esposo violento y alcohólico, se iba con sus hijos lo más lejos que podía, una vez al barrio el Pedregal, Monterrey. Allá estuvieron un tiempo, hasta que Pedro padre la encontró, la golpeó y la arrastró de nuevo a San Luis.
No toco mucho el tema porque está canijo. Íbamos y veníamos”, dice Pedro hijo, como si hubiera sido ayer. “Mi mamá aguantó mucho por nosotros. Cuando se separaban, trabajaba de cocinera. Nada faltaba con ella. Pobres pero felices”. En San Luis, a veces vivían en el barrio Santiago, otras en Las Piedras. Cuando se fueron a la vecindad donde vivía la mamá de María, nunca más nadie la obligó a regresar con el hombre de quien huía desde años atrás.
Pedro estudió en la primaria Club de Leones 2 y después pasó a la secundaria, en la Ricardo B. Anaya. Como veían que su mamá la pasaba mal, él y un hermano se iban a malabarear a los semáforos, a cantar en los camiones. “Una vez llegamos con monedas y mi mamá nos dio una chinga, dijo que se rompía el lomo para darnos estudios, que no le saliéramos con eso. Seguimos, pero inventamos que trabajábamos en una taquería”.
Al concluir la primaria comenzó a tomar malas decisiones, dice. En la secundaria, su mamá no tenía para útiles y a él se le hacía fácil robar las libretas de los compañeros. “Los grandes ofrecían mariguana y en la secu la probé por primera vez”. La familia se mudó a Villa Alborada, una colonia conflictiva. “Ahí empezó mi vida de chavo banda”.
Pedro quería estudiar actuación. Su actor favorito era Juan Ferrara e intentaba imitarlo. Los chicos banda del barrio no soportaban al “pinche niño fresa” y lo golpeaban. Pedro se defendía, hasta que el líder, El Rana, lo dejó en el suelo. “No lo delaté con mi mamá y eso les agradó. Me hice su amigo”. Tenía 11 años.

Se llamaban Los Chondos, su segunda familia, porque la banda, dice Pedro, te protege, te cuida. “Esa fue la única, siempre fui chondo”.
El tiempo pasó. La pandilla rival eran Los Narcos. La aleada, Los Black Demons, “más viejos, maleados”. También estaban los Spik Masters, los Chicos Mix y varias más. En un barrio hay varias bandas. “Llegas con problemas y la pandilla, en vez de darte un consejo, te da una caguama y mota. Empezamos con eso. Le tenía miedo a la mariguana, pero se lo perdí”. Ahí inició su historial en el barrio.
Las riñas eran cada vez más intensas, más violentas. Defender el territorio acarrea enemigos y lesionados. A Pedro le gustó la fama, que le dijeran El Bebé, porque era “un mamón”. Lo “fresa” se había esfumado. Se vestía con camisas negras y usaba cola en el cabello, pantalones guangos con tirantes, Convers, sombrero.
Cerca del barrio había una central de abasto y Los Chondos, unos 25 vatos de entre 13 y 16 años, iban a limpiar carros. Los Narcos, al contrario, se dedicaban robar, a quien fuera, lo que fuera. Los ministeriales acusaban a Los Chondos y la banda se defendía a golpes. El conflicto creía. Las acusaciones sin sustento, dice Pedro, manchó su historial policiaco. “Mi primer delito fue golpear a la banda contraria. Nunca robé. Más bien eran botines de guerra. Si una banda me vence a golpes, me quita lo que traigo: gorra, cinturones, chamarras. La neta, éramos unos peleoneros”.
 
La guerra
La joven muda se resistía, pero el trio de cabrones no paraba de manosearla en la camioneta. Al percatarse del abuso a su amiga, Pedro gritó que la dejaran. Estaban en un lugar en Las Piedras donde vendían cerveza toda la noche y al que acudían todas las bandas, unas 30 de todo el barrio. Ahí siempre había riña, pero Pedro, de 18 años, se sentía un chingón y no le importó encontrarse a sus enemigos. No esperaba presenciar una violación.
“¡Déjenla ir!”, gritó de nuevo y la joven escapó. Uno de los vatos bajó y soltó el primer golpe, pero El Mijis le puso una chinga, desde chico había sido bueno para pelear. Tumbó al enemigo, pero al segundo llegó su banda, la segunda sorpresa de la noche. Quiso correr, pero unos 15 canijos le dieron palazos en la cabeza y al menos tres fierrazos en la espalda. “Me picaron el hígado y el pulmón”, recuerda Pedro en el hotel de la Doctores, sorprendido de haber sido el protagonista de esa escena.
"Perdí mucha sangre, pero salió mi banda a hacerme el paro. Fue la guerra total. Pensaron que me habían matado y se prendieron. Hubo escopetazos, machetazos, petardos”. En la ambulancia, lo acompañaba uno de sus enemigos y, aunque también viajaba moribundo, aún visualiza la carne molida batida en sangre por lo machetazos recibidos. “No sé quién estaba peor, yo iba muriendo”.
Estuvo semana y media en el hospital, se recobró un mes después. De esa y otras decenas de madrizas –“Tan sólo con un chavo me aventé 50 tiros”, recuerda–, surgieron los cráteres de la luna, como llama a las ásperas cicatrices en su cabeza.
Cuando lo picaron, tenía pareja y un hijo, Pedro Luis. Tras la recuperación, se escapó con la banda a un baile sonidero que concluyó con otro altercado. Recién operado, lo golpearon en la panza. “Cómo no quiero sentirme un poco mal ahorita, ¿verdad?”, dice Pedro y lanza una corta risotada. A los dos días el dolor lo tumbó y lo trasladaron al hospital. Otra operación. “Tenía desacomodado el intestino, las tripas”.

Pedro se rehabilitó y continuó la defensa del barrió de otras pandillas. “Fue un tiempo de guerra, violencia”. Como su abuelo y su papá, se dedicaba a la albañilería. Los sábados eran para convivir con la banda, beber cerveza y jalar cocaína.
Llegaron otro niño y una niña. La economía se complicó y Pedro se mudó al fraccionamiento La Libertad, a casa de sus suegros. Eso no impidió hacer banda. “Seguía peleando. Me machetearon la cabeza otra vez. La policía me quería agarrar, pero cuando vieron que traía la mitad de la cabeza casi colgando, me dejaron ir”.
Pedro cuenta que los vatos grandes lo enseñaron a no correr. Los Relojeros, cuyos miembros rondaban los 25 años, amenazaba a los chicos con golpearlos ellos mismos si se rajaban en los tiros.
“En un baile, alguien me retó. La gente nos ató una mano y nos dio un cuchillo en la otra. Me picaron la mano, la espalda, casi me matan cuando me dieron en la sien. Yo creo que tengo unas diez heridas”, indica y muestra otra vez las cicatrices en los puños. “Me empezó a gustar mucho darme un tiro de caballeros, entre dos, y me gustó la fama, el respeto de la gente. Defender el barrio era todo y entonces sentía que era lo correcto”.
 
La muerte y el milagro
Su primer tatuaje, a los 16 años, cerca del chamarro, fue un corazón con una espada atravesada y cuatro letras: “Bebé”. Pedro lo muestra y presume que a ese se sumaron 12 más. El que más le gusta es el que dedicó a su madre, en el brazo izquierdo: “Perdóname, madre mía”, se lee. “Me lo hice cuando falleció de insuficiencia renal”.
Fue el remordimiento, el dolor de saber que no podía cambiar el pasado. Su madre estuvo enferma cinco años. Un día Pedro pisteaba con la banda y su hermana fue a decirle que María estaba grave. Acostumbrado a verla en mal estado, prefirió la cerveza. Horas después su hermana regresó. María había muerto. Pedro tenía 25 años. 
"Me quise suicidar cinco veces. Drogado, borracho, me aventaba a los carros. Sentía remordimiento de conciencia. Dos meses así”. Sus hermanos lo reprendieron. Déjala descansar en paz, decían. A eso se le sumó que a su hijo le balacearon el pie cuando se topó en las calles a dos bandas que reñían. Otro día lo navajearon tras salir de la secundaria.
"Un cristiano me dio trabajo en una empresa de seguridad. Un día, ayudé a una viejita a cargar sus cosas. Ella me bendijo y esa bendición me ha durado hasta hoy. Pensé y sentí que hacer cosas buenas era lo mío”.
Pedro Carrizales no quiso heredar sus conflictos a sus hijos. Hace 14 años, la fama provocaba que se le culpara de cualquier cosa. Como nunca se rajaba en los tiros, se había convertido en el líder de Los Chondos, todos lo seguían, y era responsable de cualquier cosa que hicieran ellos, aunque ese día no hubiera estado ahí.
“Cuando quieres enderezar tu camino es muy difícil reinserte a la vida social. Eso te persigue toda la vida. A mí me sigue persiguiendo”.
Lo que siguió después –su ingreso a la política–, “fue un milagro”. Y sí, casi. Tiempo después de la muerte de su mamá, encontró trabajo como ayudante en las remodelaciones del Centro Histórico de San Luis, cuando el gobernador Marcelo de los Santos, concluía su mandato. Era 2009. A Pedro le preguntaron si podía convocar a más gente para la chamba. Líder de decenas, para él era fácil llevar a las personas que quisiera.

El trabajo concluyó, pero la paga no llegó. “Era el último informe de Marcelo, por eso remodelaban. Como no nos pagaron, nos manifestamos con pancartas. Éramos muchos. De inmediato llamamos la atención de la prensa”. El Mijis, el alborotador, cobró más fama.
Los partidos, de todos colores, se interesaron en ese chavo banda con tanto poder de convocatoria y movilización. “Primero me fui con el PRD. Vieron que jalaba gente, me pedían llevar a las marchas y me ayudaban con cosas: balones o pintura para las fachadas de las casas de la banda. Por eso lo veo como un milagro. Un diputado me invitó a afiliar gente y comencé a gestionar, se podía hacer más por la pandilla”.
Si solicitaban votos para las elecciones, Pedro requería viviendas para los suyos. Dando y dando. “Utilizaba a los partidos para beneficio de la banda de Las Piedras y otros barrios, pues ellos nomás nos utilizan para la foto en tiempos electorales. Al entonces Convergencia les afilié a 14 mil personas y me volví su delegado nacional. Así subsistí”. La carrera política tomó vuelo.
 
El movimiento
Se llama Movimiento Juvenil Popular y su génesis se remonta a principios de 2009, cuando iba a celebrarse un baile sonidero masivo, como no se había visto. Las bandas, incluido Los Chondos, se sumaron a una tregua de no violencia para evitar toda pelea en esos días de fiesta. Al menos unas 100 pandillas se sumaron al acuerdo.
Pasado el festejo, Pedro y otros cuates se percataron de que era posible vivir en paz, y comenzaron a llevar esa bandera a otros barrios. “Le pusimos La caravana de la paz. Era necesario seguir trabajando por la banda”.
Ahí surgió su segundo apodo. En vez de “mijos”, les decía “mijis” a los chavos. “Ahí viene El Mijis”, decían después.
En esos andares, Pedro, ya alejado de la coca tras la partida de María, conoció al fotoperiodista francés Jean Félix Fayolle, quien retrataba la cotidianidad y realidad de los barrios. Fayolle propuso el proyecto fotográfico de los chavos banda en Francia, ganó y el trabajo se expuso en Nantes, cuya alcaldía fue la patrocinadora. Pero ahí no paró. Pedro continuó la relación laboral y se logró un intercambio cultural: la gente del barrio visitó el país galo y El Mijis conoció la torre Eiffel a los 31 años, en 2010. Fayolle creó también el documental Del barrio a Francia.

Pedro se sentía motivado y, tras iniciar su carrera política, comenzó a buscar apoyos en dependencias municipales y estatales de San Luis. Continuó su trabajo con los chavos banda y el 2013 su movimiento se constituyó como asociación civil. Ese mismo año el municipio de Soledad de Graciano Sánchez los reconoció como cultura urbana, con el aval de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de San Luis, a cuya dirigencia Pedro fue propuesto, tras ser reconocido su trabajo.
"Las metas eran las mismas. Vivienda para familias de escasos recursos, a través del movimiento y también con los partidos, si me ofrecían un cargo. También diversos programas de deporte, empleo temporal y fijo en empresas, pactos de civilidad, gestión de becas”.
En 2015 Pedro planteó a Fayolle un nuevo proyecto: viajar en bicicleta por las carreteras en México para exigir derechos y protestar por la escasez de políticas públicas en San Luis y el país. Ese recorrido se llamó Un grupo de existencia –nombre que se tatuó en los brazos– y consistió en dar testimonio de que los cambios no son invento, que el consumo excesivo de droga puede ser un episodio.
En dos meses, siete chavos banda, entre ellos Pedro, partieron de San Luis y pisaron Saltillo, Monterrey, León, Aguascalientes, Querétaro, Toluca y, finalmente, la capital del país, y en cada ciudad entregaron pliegos petitorios de políticas públicas, campañas de no discriminación y la creación de la casa del chavo banda en cada estado.
“Presentamos las propuestas en Presidencia, en las cámaras del Congreso. El movimiento creció, sí. Se lograron cosas. Trabajamos con la policía municipal en Saltillo, se crearon comités de seguridad, la misma banda cuidaba su barrio de robos y asaltos. Llevamos proyectos de autoempleo, porque los municipios siempre hacen como que la Virgen les habla. Hubo eco en Monterrey, en León. Aunque creo que el mayor eco es ahorita”.
 
La candidatura
La gente organizada y en multitud provoca la atención de los políticos y Pedro recibió apoyo a sus proyectos, hasta lo invitaron a ser director de Cultura y Deporte en la delegación La Pila.
“Trabajé con chavos banda, pero las autoridades querían que pensara como ellos y yo quería seguir peleando por los derechos”. Le pedían intervenir para que los pleitos entre bandas disminuyeran, pero al otro día efectuaban un operativo antipandillas. Se acordaba prevención y se ejecutaba represión.
La policía balaceó a uno de sus amigos, integrante del movimiento, y afirmó que había sido consecuencia de una riña de pandillas. Pedro pintó su raya con la autoridad y se acercó a empresas nacionales como Comex.
"Se crearon murales y con una pequeña cooperación se pintaban 500 casas, se dividía la basura. Cada cosa buena, fue motivación para mi espíritu. Quería ser un ejemplo para los chavos de barrio, en dejar las drogas y la violencia, en cumplir sueños. No paré en proyectos. Ya había ayudado a más de 4 mil jóvenes con empleo temporal, a gente en situación de calle, cosa que ni municipio ni estado habían logrado”.
El movimiento también se dedica a dar testimonio en secundarias y prepas conflictivas, donde hay deserción escolar y riña, sobre eso que los chavos banda conocen bien. “Contar la tragedia, pero también las buenas decisiones, se necesita motivación”, expone Pedro en el hotel de la Doctores, el mismo en el que se hospedó hace nueve meses, cuando a la Ciudad de México la rasgó un sismo de 7.1, y él y ocho amigos –chavos banda como él– llegaron desde San Luis Potosí a repartir víveres, ayudar a rescatar personas y dar una mano a quien fuera, lo mismo en Morelos y Puebla.
Esa vez, cuenta, a cinco chavos banda les gustó ser brigadistas y decidieron quedarse a capacitación. “Eso fue tan chingón, neta, que pensé que podía hacer más por la banda”.
La elección de este año era buena oportunidad para dejar un precedente de ese cambio, no sólo como una frase de campaña presidencial. A Pedro no le interesó aliarse con ningún partido y pese al engorroso trámite de la autoridad electoral, cumplió los requisitos y obtuvo la candidatura independiente. Comprobada su capacidad de movilización, al instante le llovieron las invitaciones partidistas.
“Le dije que sí a la coalición de Morena, siempre y cuando me dejaran seguir mis ideales, proyectos. Ser autónomo. Dijeron que sí y aquí estoy”.

 
El diputado electo
Banda, cumbia, baladas, Coldplay, La tropa colombiana, Los Ángeles Azules. “De tutti frutii, soy universal”, dice Pedro y comparte que se avienta una hora al día de oración. “Al Creador, el bueno. Yo leo la Biblia. Nací católico, pero me he acercado a Dios con lo cristiano”.
Y un buen cristiano, añade, tiene propuestas. “Quiero una iniciativa con visión de derechos humanos, no discriminación, no solo hacia el chavo banda, a todos”.
Quiere que las empresas no pongan peros a personas con tatuajes o si vienen de una colonia conflictiva. Eso, señala, pasa mucho en San Luis. No te aceptan. Otros de sus retos son desaparecer la violencia, rescatar espacios públicos, capacitar a la policía para mediar conflictos entre pandillas, que los recursos no se apliquen de forma asistencialista, sino basados en las necesidades de las comunidades.
También impulsará una iniciativa para borrar antecedentes penales cuando sean delitos menores: “Gente en San Luis está encerrada por robar un mandado, sale y deja de ser ciudadano, ya no puede acceder a empelo y eso incrementa la violencia, la delincuencia. Cuando llegue al Congreso, el 14 de septiembre, llevaré un paquete de iniciativas bien planteadas. Hay que andar a pie, porque de ahí salen, no ante el escritorio”.
Pedro regresa un poco atrás. Cuando comenzó la contienda electoral, dice, llegaron las amenazas de muerte, la extorsión, golpes de policías, quienes también evitaron un mitin. Secuestraron a su hermano para obligarlo a bajarse de la contienda. Como la investigación sigue, no puede abundar.
Dos escoltas del gobierno lo resguardan, qué curioso, posiblemente del mismo gobierno. Eso sugiere Pedro: “Como movimiento somos amenaza, porque han visto el cambio en el barrio. Imagínate que un chavo banda llega y muestra a los políticos de siempre, a la gente preparada, con estudios de doctorado, cómo se hacen las cosas. Yo tengo la preparatoria y me voy a seguir preparando”.

Luego del 1 de julio, algunos periódicos de San Luis afirmaron que había renunciado al cargo. “Sí, me quieren perjudicar”. El Mijis también recuerda los días posteriores a la elección. La foto viral y los comentarios ofensivos. “Fue un boom, han sido días difíciles, de información falsa. Yo no balaceé a nadie, no tengo antecedentes penales”. También está el lado amable: “Hay emoción por las muestras de cariño, llueven invitaciones para que cuente mi testimonio, de todo México. Quiero que de cada parte salga un Mijis. Muchos no saben lo que pasé por esta lucha. Toda mi vida he vivido abuso de autoridad”.
Su petición es que no sea juzgado por su vestimenta, poder sentarse en un restaurante y no sentir esa violencia cuando va con su familia. También jura que es posible mover a una clase política podrida.
“Sueño con que nos dejen hacer nuestro proyecto, que es por una cultura de paz, porque, te digo una cosa, trabajando con los chavos banda la beneficiada será la sociedad. Esa gente que juzga, que vea lo que hemos logrado con nuestro movimiento. Me voy a poner a estudiar para ser motivo de orgullo de hasta los que no creen en mí. Que vean que tienen un digno representante”.
 
Toda una vida
El 11 de junio El Mijis visitó un centro de readaptación social. Sí, lo buscan de todas partes. Su vida, le dicen, es ejemplo. Él no se resiste. Si es para testimoniar, adelante. “Aunque me retiré de la pandilla, uno nunca deja de ser chavo banda”, concluye en la recepción del hotel de la Doctores.
Hoy 11 de junio, diez días luego del triunfo, cuenta unas cien entrevistas. “Y en esta contigo creo que ya narré el 75 por ciento de mi vida. No falta mucho. Ya con eso, porque si sigo voy a comenzar a cantinflear”.
Su pareja, sus amigos y la fotógrafa ríen, al tiempo que Pedro se pone de nuevo la playera de manga larga y los tatuajes desaparecen.
 
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